Yo no quito el crucifijo

viernes, 25 de febrero de 2011

La sociedad perdida



“El secreto de una buena vejez, no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”
Gabriel García Márquez
Escritor colombiano, Premio Nobel de Literatura



En el Palacio de Congresos de Torremolinos, se ha elegido recientemente, por vez primera en nuestro país, la Abuela de España. No se trataba de un concurso de mises de edad más o menos madura. El objetivo de esta muestra, en la que han participado diecisiete abuelas españolas —una por cada comunidad autónoma— era exaltar y rendir homenaje a la entrañable figura de la abuela. La abuela de hoy, la de nuestros días. La abuela de España 2011, además de tener nietos y de reunir todos los atributos propios de la abuela tradicional, debía ser una abuela simpática, elegante, dinámica… Es decir: una abuela moderna y con carisma.

El conocimiento de esta iniciativa, me produjo una gran satisfacción. Por fin alguien se acordaba de los mayores. De esos mayores, con frecuencia tan olvidados. Tan olvidados, que no sabemos ni cómo hemos de llamarles. ¿Tercera edad? ¿Personas mayores? ¿Viejos? ¿Abuelos? ¿Ancianos? O algo tan cursi y relamido como ¿Edad dorada?... Cada denominación tiene sus condicionamientos y la disyuntiva no es trivial. En el fondo, el no saber como se les debe denominar, revela la perplejidad y desorientación ante el papel que debe estar llamada a desempeñar en la vida cotidiana la figura de nuestros mayores. ¿Dónde se les coloca? ¿Cómo se les valora? ¿Cómo se les ha de tratar? ¿Qué hacer para que no se automarginen, para que intervengan en el devenir de la sociedad?

Es una triste realidad comprobar como nuestra sociedad, esa sociedad que sobre todo valora la apariencia externa de la juventud, excluye a sus mayores y ellos mismos, resignados, parecen en muchos casos dispuestos a arrinconarse en el furgón de cola; el del farolillo rojo que anuncia el final.

Es como si la juventud hubiese de perdurar indefinidamente. Cada arruga es una repulsiva cicatriz que debemos ocultar, en lugar de experimentar la feliz constatación de que seguimos viviendo, disfrutando del enriquecimiento como seres humanos que siempre proporciona el paso del tiempo, gozando de otros placeres anteriormente desconocidos o insuficientemente valorados.

Creo sinceramente que nuestra sociedad está perdida, desorientada. Pienso que no encuentra el lugar adecuado para cada uno de nosotros. Sí, porque resulta un contrasentido absoluto el que cuando el hombre a descubierto el camino que ha de seguir para vivir más años y el número de mayores aumente y sea más numeroso, al mismo tiempo se le rechace y cada vez, a más temprana edad. Ese mismo hombre que ha empleado sus mejores recursos para lograr la prolongación de la vida, al mismo tiempo se afana en marginar a sus semejantes cuando llegan precisamente a la edad en que comienza el alargamiento de su existencia. A partir de determinada edad, se es rechazado y arrojado del tejido de la vida activa. Esta realidad, quien la constata con mayor amargura, es aquel que se queda en paro a los cincuenta años y —por más que llame— no encuentra ya lugar en el que le abran la puerta.

Para que la sociedad nos acepte, hemos de ser eternos triunfadores, brillar, ofrecer siempre una imagen impoluta, irreprochablemente atractiva. En una sociedad que ha dado la espalda a los valores de sus mayores, basada en lo puramente material y alimentada por la insaciable voracidad de la pugna competitiva, constituye un descrédito no ganar más cada día para poder ostentar las marcas de mayor prestigio; hemos reemplazado los valores por los productos de consumo de lujo.

Vivimos inmersos en el deseo, en el anhelo imaginado de atrapar y retener para siempre la juventud, un empeño tan estéril e irreal como la imagen que nos devuelve el espejo. Nos encontramos inmersos en una situación que me recuerda a Dorian Grey, el personaje de la célebre novela de Oscar Wilde, que vendió su alma al diablo a cambio de la eterna juventud. Él se mantenía joven y seductor, mientras en su alma se iba almacenando la putrefacción de una vida basada únicamente en los placeres materiales. Hoy día, donde quiera que nos encontremos, nos encontraremos con Dorian Grey.

Nuestra sociedad, parece haber reducido el ciclo de la existencia a una sola de sus fases: la del joven adulto, que después de largos años de estudio y trabajo, quiere gozar largo tiempo de sus bienes materiales y de los privilegios adquiridos. No nos damos cuenta de que los cuarenta son la vejez de la juventud y los cincuenta, la juventud de la vejez.

Es la nuestra, una sociedad en la que sus mayores, de alguna manera, se sienten “extraños” en un mundo del cual ya no comparten, ni los valores, ni las acciones. ¿Para qué hemos prolongado el ciclo de la vida, si hemos configurado una existencia en la que vivir más, se ha convertido en un problema?

Contrariamente al criterio que esa sociedad mantiene sobre los mayores, la madurez no es simplemente una etapa de quebrantos y declive; es un período de plenitud; es la edad del dar. En la niñez, la necesidad esencial es recibir, porque se está construyendo el edificio de la personalidad; la edad adulta, requiere compartir; es la etapa de los proyectos y las consecuciones; la madurez es la edad de dar y darnos a los que han de sucedernos. De entregar el relevo de la sabiduría. De devolver todo aquello que de la vida hemos recibido. El longevo está lleno de vida interior, experiencia y conocimiento, y la necesidad que tiene, es la de vaciarse, la de entregar todo aquello que ha recibido en el transcurso de su existencia, la de darse por entero a los demás.

Pero, ¡No! En vez de acoger a nuestros mayores para que sean un miembro más de todos nosotros, marcamos distancias hablando a espaldas de ellos; nos alejamos cuando hablamos por teléfono con nuestras amistades, porque no forman parte del núcleo de las mismas; les diferenciamos cuando comemos a distintas horas que ellos; les hacemos daño cuando no les contamos lo que nos pasa, sea bueno o malo. Les ignoramos al no contar con ellos para nada. Sí, están ahí, pero arrinconados como si fuesen un mueble viejo e inútil al que un día se llevará el camión de lo inservible. No nos preocupa que ellos necesiten sentirse un miembro más de la familia.

Están acompañados sí, pero nuestra actitud relegadora, les hace sentir en lo más profundo de su ser, como les cubre la gélida sombra de la soledad, viendo como se extingue el mundo para ellos, como se repliega y se desvanece.

¿Que sociedad es la nuestra que adora la vida, pero permite que se maten a los indefensos en el vientre de su madre? ¿Que sociedad es la nuestra que ha hecho de la juventud el valor supremo, pero le niega los medios para construir su futuro? ¿Que sociedad es la nuestra, que cada día reclama más derechos sociales, pero le vuelve la espalda a sus mayores?

César Valdeolmillos Alonso

jueves, 17 de febrero de 2011

La esclavitud del Siglo XXI




«No podemos pedir a los jóvenes ilusión y motivación si la sociedad no es capaz de ofrecerles las condiciones necesarias para que puedan planificar y desarrollar sus vidas y su trabajo con confianza y seguridad en el futuro.»
Felipe de Borbón y Grecia
Príncipe de Astúrias y de Gerona





De la inmensa floresta que a diario nos ofrece la actualidad, aun a riesgo de reiterarme en el tema, he vuelto a elegir quizá el más lacerante para cualquier ser humano en edad laboral. El paro.

¿Cuántas veces se nos ha hablado de los brotes verdes? ¿Cuántas veces se nos ha dicho que la crisis estaba tocando fondo? ¿Cuántas veces hemos oído decir que empezábamos a remontar? ¿Cuántas veces se nos han hecho concebir falsas esperanzas? Y lo que es peor. ¿Cuántas veces hemos creído todo esto porque España no se merecía un gobierno que le mintiera?

Pero no hay nada más inapelable que la realidad. Y la realidad es que una vez más, el paro en España ha seguido creciendo, alcanzando las cifras más altas de su historia. En el pasado mes de enero, 130.930 trabajadores se fueron a sus casas con el drama dándoles dentelladas en el alma. Nos estamos acercando a los cinco millones de parados.

Podría enredarme en el laberinto de las cifras, hacer múltiples interpretaciones, argumentar lo que no es argumentable, pero no quiero perderme en la frialdad de los números o porcentajes. Es mucho más trascendente ahondar en la significación moral de los hechos, porque el parado es un ser humano, no un guarismo más perdido en el marasmo de las estadísticas; el parado tiene nombre y apellidos; es una persona con necesidades perentorias inexcusables, con proyectos de vida que ahora se ven truncados, en muchos casos para siempre; cada renglón relleno en las listas de desempleados, es una vida con ilusiones, con aspiraciones que no tienen que ser solamente económicas. Cada línea escrita en ese libro maldito que nunca se debió escribir, es una tragedia, un hogar hundido, una existencia mutilada, con frecuencia multiplicada por dos o por tres, porque cuando el miembro de una familia se ve sumido en está terrible situación, no solo le afecta a él. Todos los integrantes de su hogar se ven afligidos por la desgracia, e incluso algunos, como los hijos en edad de formación, pueden ver amputados sus anhelos para toda la vida.

Nos lamentamos de los botellones; de la indiferencia que por los problemas sociales muestra una importante mayoría de nuestra juventud; de su alejamiento e incredulidad ante la política y los políticos; de su falta de ideales; de su pasividad ante la realidad general en la que están insertos. Ante un horizonte que vislumbran bastante más que incierto; ante los diarios ejemplos que una significativa parte de cínicos políticos que a diario solo les ofrecen engaños, ocultamientos, falsos proyectos y mentiras, ¿Nos puede extrañar que nuestra juventud, en medio del desánimo que les invade, dé la espalda a aquello que sus mayores les estamos dejando como herencia?

Afirma don Felipe de Borbón y Grecia, Príncipe de Asturias, que «No podemos pedir a los jóvenes ilusión y motivación si la sociedad no es capaz de ofrecerles las condiciones necesarias para que puedan planificar y desarrollar sus vidas y su trabajo con confianza y seguridad en el futuro.»

La juventud ama la vida y lo que tenemos que ofrecerle es la oportunidad de desarrollar sus aptitudes, de dar forma a su propio futuro, independizarse y madurar como personas. Al contrario de lo que por naturaleza ellos esperan, quienes rigen nuestros destinos se dedican a cerrarles todas las puertas. Un cuarenta por ciento de esos casi cinco millones de parados son jóvenes a los que se les ha hipotecado su futuro. El pacto de la reforma de pensiones supone la inviabilidad del mañana de la juventud española.

En vez buscar soluciones a los problemas que la evolución social nos está demandando claramente, los altos dirigentes se dedican a parchear en función de sus intereses personales y políticos consolidando el sistema y las desigualdades, haciéndolas aún más poderosas y estables. Los cuenta cuentos de turno, nos consideran analfabetos y utilizan grandilocuentes conceptos como el de "cohesionar a la sociedad", que no es mas que un encubierto intento de embaucarnos para lograr la aceptación de sus consignas.

Quienes ejercen el poder, demuestran cada día su absoluto desprecio por cualquier otra forma de pensar que no sea la suya.

Como en tantas otras cosas, estamos a la cola de los estados occidentales en el rendimiento escolar, a causa de unos planes educativos fracasados hace muchos años en otros países. Planes que al prescindir de materias vitales en la formación total de la persona; al ignorar las bases y fundamentos de nuestra cultura, impiden el desarrollo integral del intelecto, convirtiéndonos en elementos aptos para conducirnos dócilmente a través de su propaganda falaz.

Como consecuencia de este proceder, nuestra juventud está pagando un impuesto muy alto, más doloroso y duro que la de las naciones más adelantadas. Un impuesto de soledad y pesimismo, que descorazona no solo a quienes la soportan y padecen, sino a los que con afecto nos miramos en ella, porque mañana habrá de ser la llamada a dirigirnos y protegernos.

El pensamiento y palabras de Josep Pla, mantienen hoy toda su vigencia, y aplicándolas a la situación actual bien podríamos afirmar que como consecuencia de la sectaria ambición de los políticos, nuestra juventud ha estudiado menos de lo que le era preciso para su perfeccionamiento. Y como está absolutamente demostrado que las cosas no se improvisan, que la formación del ser humano es el resultado del aprendizaje, de la dedicación, del estímulo y el esfuerzo; que no hay genios ignorados, ni milagros humanos detrás de las esquinas, ahora nos enfrentamos con una inmadurez cultural, cuyo costo habremos de pagar durante generaciones.

El más preciado patrimonio que puede atesorar un pueblo, es una culta juventud. Lo contrario le conducirá irremisiblemente a la carencia de recursos frente al progreso, situación que provocará —como ya se está demostrando— el éxodo de los más preparados. Todo ello conllevará la falta de puestos de trabajo y consecuentemente, indigencia, miseria y pobreza que nos situará a merced de los países más desarrollados. Una situación que asegura y perpetúa el estado de privilegio de una élite política que no conducirá a ciudadanos, pero sí tendrá a su merced a un sumiso rebaño de súbditos. Esta es la esclavitud del Siglo XXI. Y es que como decía el senador demócrata Robert Kennedy: “El futuro no es un regalo, es una conquista”.



César Valdeolmillos Alonso

viernes, 28 de enero de 2011

Esperpento Nacional



“Si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje
también puede corromper el pensamiento”
            George Orwell
Escritor y periodista británico



Cuando el escritor argentino Jorge Luis Borges decidió llevar a su compañera María Kodama a que conociera Granada, ciudad de la que era un enamorado, al llegar al mirador del jardín de los Adarves, María se detuvo inquieta y angustiada al leer la placa de cerámica en el lugar colocada y cuyo texto reza así: “Dale limosna mujer, que no hay en la vida nada, como la pena de ser ciego en Granada”. Borges, que la había leído en su juventud, percibió inmediatamente su temor y con una inmensa ternura y refiriéndose a la ascendencia japonesa de María, cogiéndole la mano, le dijo: “No te sientas mal. Tú me la enseñarás con los ojos de otro Oriente". El escritor ciego, había captado el mudo mensaje de su acompañante.
Este pasaje de la vida de Borges, nos demuestra que no puede entenderse la existencia del ser humano como una  isla solitaria en medio del océano. El “yo”, no tendría sentido sin la presencia del “tú”. Pero tampoco tendría sentido contemplar al “yo” y al “tú” de forma aislada y sin conexión alguna, por lo que el contexto existente nos lleva forzosamente a considerar como una única realidad, el “nosotros”. Esta es la esencia que nos confiere una dimensión social que nos induce a relacionarnos. No sería posible el funcionamiento de las sociedades humanas sin la existencia de la comunicación.
Comunicar, significa transmitir ideas y pensamientos con el objetivo de ponerlos "en común" con otras personas. Cuando transmitimos un mensaje, lo hacemos con la intención y el deseo de que pueda ser entendido por aquel a quien va dirigido. Procuramos hacerlo en la forma y el modo en que el mismo pueda ser comprendido más claramente.
Para ello, los humanos hemos concebido una serie de mecanismos a los que hemos denominado como “lenguaje”, medio del que disponemos para desarrollar esa relación, por medio de la cual, nos transmitimos pensamientos, ideas, valores, educación, sensaciones y sentimientos.
El lenguaje no solo se circunscribe a una serie de sonidos emitidos o signos escritos. Nuestra capacidad para la relación social, nos permite expresarnos a través de muy diferentes vías, como puede ser el gesto, la mirada, el contacto corporal, la actitud y hasta por los silencios, como queda demostrado en el pasaje que hemos reproducido del escritor Jorge Luis Borges.
La lengua es la base de la comunicación entre los seres humanos. El vocablo comunicación emana del latín "comunis", que significa "común". El ser humano, nace, se desarrolla y crece en comunidad. Todo lo que llamamos “vida” o “existencia”, nos llega a través de otros: los cuidados de la infancia, el aprender a hablar, la formación como sujeto, la amistad, los afectos. No podemos definirnos sin contar con los seres con los que nos relacionamos.  Es innegable por tanto, que la calidad de la existencia, depende directamente de la calidad de las relaciones que establecemos.  De hecho, eso que llamamos “calidad de vida”, fundamentalmente, es una consecuencia de la “calidad de relaciones”.
En suma: comunicarse es  superar dificultades, eliminar obstáculos y allanar el camino que conduce del “yo” al “tú”.
Si en algún lugar deben aplicarse en profundidad, con rigor y sensatez estos principios, es en las instituciones públicas y especialmente en el Parlamento, lugar que la democracia ideó para parlamentar —de ahí procede su nombre—, para hablar, para intercambiar ideas. Las cámaras legislativas, son la sede de la intercomunicación de pensamientos, teorías, y proyectos, y con la aportación de sus miembros, lograr su perfeccionamiento para la aplicación de los mismos. Pero este objetivo difícilmente puede lograrse si el exponente no logra transmitir a sus interlocutores, por todos los medios que facilita la comunicación, la evidencia y seguridad en lo que se dice y de quién se expresa.
Pero claro, en un mundo en el que la globalización es un hecho incuestionable e inevitable, España sigue siendo diferente. Inexplicablemente y contra lo que dicta el más mínimo sentido común, aplicando el criterio más mezquino y miope de todo aquello que facilita el desarrollo y progreso de un
país, nadamos contra corriente y así nos va.
Con independencia de las diferencias ideológicas, aquí en vez de tender puentes, levantamos murallas, obstaculizamos el entendimiento y torpedeamos la comunicación, adoptando medidas tan patéticas y esperpénticas, como la de utilizar intérpretes para traducir idiomas —que solo son cooficiales en las comunidades autónomas en donde se utilizan por unas minorías— cuando la totalidad de los españoles, hablamos y nos entendemos en un idioma común que es utilizado por seiscientos millones de seres humanos en todo el mundo: el Español.
Y ello, con el evidente menoscabo que siempre comporta la mediación de un intérprete, que según su cultura y profundidad en el conocimiento del idioma, amén de mudar a veces el verdadero y exacto sentido de una frase, de un vocablo, de un concepto, su participación, inevitablemente resta frescura, espontaneidad, nervio y viveza al debate. Es decir: convierte el mismo en una farsa mal escrita, peor representada y difícilmente entendida.
Nuestros políticos, por causa de los espurios intereses de partido, dan la espalda a la lógica e ignoran interesadamente que la lengua es el medio natural de unión y conocimiento entre personas y no un elemento de separación, que al final no da otro fruto que el aislamiento y con él, el empobrecimiento  cultural y económico de un pueblo.
Pero hay una élite minoritaria, alimentadora de falsos nacionalismos, que para seguir usufructuando sus arraigados privilegios personales, siguen buscando en las lenguas un pretexto que los difieran del resto.
En el transcurso de los tiempos, la lengua nunca ha sido fundamento homogeneizador que de origen a una nacionalidad, ni identidad étnica alguna. El ejemplo lo tenemos en el inglés y el español que lo hablan cientos de millones de seres humanos y por esa causa no se sienten miembros de una unidad étnica, ni en la necesidad de considerarse miembros de una sola nación. Por tanto, este argumento no puede servir de sustento para aplicar ningún tipo de discriminación. Por el contrario, los anales de cualquier población, son consecuencia y demostración activa de una permanente mezcla entre pueblos y como consecuencia, de la diversidad enriquecedora en todas sus expresiones: racial, lingüística, tradición, legal y en no  menor grado, idiosincrasia. Como apéndice de estas reflexiones, incluimos numerosos ejemplos de países que como en Suiza, coexisten en perfecta concordia distintos idiomas sin que exista una lengua específicamente nacional, lo que no conlleva el más mínimo peligro para su desintegración. ¿Le vamos a negar por ello el concepto de nación?
Peter Moser, el que durante largo tiempo fuera presidente de las Cámaras alemanas, declaró a este respecto que un prusiano es totalmente diferente a un bávaro, lo que no es obstáculo para que ambos se sientan profundamente alemanes. Del mismo modo, hay catalanes muy flamencos como Peret y andaluces muy insípidos y anodinos, a cuyos prototipos, por cortesía, renuncio mencionar.
Creo suficientemente demostrado que la lengua no es un fundamento válido en el que  basarse para reivindicar privilegios diferenciadores y excluyentes entre hijos de un mismo estado.
Pero no nos engañemos. El esperpéntico espectáculo que España está dando ante el desconcierto de todo el mundo, con la instauración de traductores en el Senado —Cámara que por cierto no sirve para nada— para políticos de medio pelo que se entienden en un idioma común, que es el español, se debe a una demostración de fuerza y poder por parte de los partidos nacionalistas, gracias a una Ley Electoral que hace muchos años que debiera haberse modificado y que si no se ha hecho, ha sido a causa del complejo y los mezquinos intereses electoralistas de los dos grandes partidos ¿nacionales?.
Quizá el ciego escritor argentino, Jorge Luis Borges, para no ver hechos tan grotescos como estos, eligió Suiza para descansar. Y es que cuando él estudió en dicho país, quedó marcado para siempre por el respeto que presidía el comportamiento de su sociedad y el acto de fe y de inteligencia que demostraron sus habitantes, al fundar un país en el que conviven en paz, distintas religiones y diferentes lenguas.

César Valdeolmillos Alonso
Apéndice
1. Un número considerable de los países del mundo tienen una o más lenguas oficiales definidas. Algunos tienen un único idioma oficial, como en los casos de Albania, Alemania o Francia (aún cuando existen en el interior de su territorio otras lenguas nacionales).
2. Algunos estados tienen más de una lengua oficial en la totalidad o en parte del territorio, como es el caso de Afganistán, Bélgica, Bolivia, Canadá, España, Finlandia, Italia, Perú, Sudáfrica y Suiza, entre otros.
3. Algunos, como los Estados Unidos, no tienen una lengua oficial explícitamente declarada, pero sí está definida en algunas regiones. En el caso de Estados Unidos se impone el inglés como la lengua de uso cotidiano y de instrumento en la enseñanza.
4. Otros como México tienen multitud de lenguas oficiales con la misma validez legal en todo el territorio, generalmente la lengua que más se hable se consideraría oficial de facto para los extranjeros.
5. Finalmente hay algunos países como Eritrea, Luxemburgo, Reino Unido o Tuvalu que no tienen definida una lengua oficial.
Como consecuencia del colonialismo o del neocolonialismo en algunos países de África y en las Filipinas las lenguas oficiales y de la enseñanza (francés o inglés) no son las lenguas nacionales habladas por la mayoría de la población. Se pueden dar algunos casos como resultado del nacionalismo, como en la República de Irlanda donde la lengua oficial (el irlandés) es hablado sólo por una pequeña porción de la población, mientras que la lengua secundaria que goza de un estatus legal inferior, el inglés, es la lengua de la mayoría de la población, u al revés, como en Filipinas donde una de las lenguas oficiales (el inglés) es hablado sólo por una pequeña porción de la población, mientras una lengua no oficial que goza de un estatus legal inferior, el español, es la lengua de la mayoría de la población, junto con el Filipino.

domingo, 16 de enero de 2011

Castración de la esperanza


"A menudo se echa en cara ante la juventud el creer que el mundo comienza con ella. Cierto.
Pero la vejez cree aún más a menudo que el mundo acaba con ella. ¿Qué es peor?"
Christian Friedrich Hebbel
Poeta y dramaturgo alemán


A mi nieta Irene


Nos encontramos en los albores de un nuevo año. Un libro con las páginas en blanco y que nosotros, solo nosotros, seremos los encargados de escribir con nuestras palabras —verdaderas o falsas— y con nuestros actos. Tenemos frente a nosotros un lienzo inmaculadamente blanco en el que imaginamos imágenes maravillosas que nosotros deberemos pintar. Que más da que sea un lienzo o un libro; en definitiva es una ventana abierta a la esperanza. Fuera de esa ventana aún no hay nada, pero tenemos la ilusión de hallar ese paraíso ideal que todos anhelamos y al que llamamos futuro. Un futuro que habremos de hacer realidad entre todos y cuyo motor principal generador de energía —como siempre ha sido en la historia de la humanidad— debería encontrar su origen en nuestra juventud.

Recientemente, mi nieta de veinte años que cursa su segundo año de estudios universitarios, me mostraba gozosa un trabajo realizado conjuntamente con un grupo de compañeros. El mismo se me reveló como un hermoso fruto, del que se desprendía la fresca fragancia que emana siempre de la juventud; era la enriquecedora cosecha producida por la aportación de cada uno de los miembros del equipo; la obra que proyectaba la ilusionante alegría y multicolor luminosidad con que la mocedad contempla siempre el futuro; era la suma de una conjunción de esfuerzos y voluntades de la que se desprendía la incontenible pujanza y vivacidad propias de los espíritus con vocación de conquistar el infinito, de tenerlo a su alcance.

Sentí alegría y admiración por tantos y tantos grupos de jóvenes, que como este, se aplican con decisión y entusiasmo a construir su futuro adquiriendo esos conocimientos que mañana les serán necesarios, no solo para consolidar su medio de vida sino para ser útiles a la sociedad, y al mismo tiempo, pensé en el oscuro y dudoso futuro que tienen en el horizonte.

Los jóvenes son conscientes de esta situación. De hecho, un 62% declaró en una reciente encuesta que «la crisis económica actual tendrá un impacto muy negativo en su futuro profesional y personal». Un 46,3 por ciento de la generación comprendida entre los 15 y los 24 años, declaró su falta de confianza en un futuro prometedor y más de uno de cada tres, considera que: «por muchos esfuerzos que hagan en la vida, nunca se conseguirán lo que se desean», a lo que añaden su falta de confianza en un futuro prometedor, independientemente de la crisis.

Para la casi totalidad de los jóvenes —el 92%—, el ocio es bastante o muy importante, porcentaje similar a la significación que dan a las amistades, los estudios e incluso a la formación y competencia profesional, amén del proyecto vital indispensable sobre el que construir su vida, que es la emancipación. Con respecto a los problemas que amenazan su futuro, se encuentran en primer lugar el paro, seguido de otros aspectos como son: la droga, la vivienda, la inseguridad ciudadana y en general, la falta de un horizonte claro y definido.

Muy oscuros nubarrones son los que amenazan a nuestros jóvenes que pueden ver agostados sus sueños antes de que aparezca la flor sus frutos. ¿Pero quienes les han conducido a esta desalentadora situación? No recurramos a ese concepto etéreo e intangible—tan socorrido cuando no queremos enfrentarnos con la auténtica verdad—al que denominamos sociedad. Eso sería ponernos de perfil y mirar hacia otro lado. Los responsables de que hayamos llegado a la actual situación —unos en mayor medida que otros— son los partidos políticos y todos los gobiernos habidos desde la transición hasta ahora.

Antes que de solventar los problemas que nos agobian y nos asfixian —salvo escasas y honrosas excepciones— los políticos solo se han preocupado por el dinero y la situación de privilegio que les proporciona el poder; creen ser algo sin serlo; no solamente ignoran las dificultades por las que atraviesa la población, sino que con sus visionarias e interesadas ideologías, van cercenando progresivamente nuestras libertades individuales, nos hunden en situaciones insostenibles que estrangulan nuestro futuro y nos sumergen por décadas en la sima del atraso y el subdesarrollo.

Uno de los temas más alarmantes para cualquier ciudadano preocupado por el futuro, es sin duda la formación de nuestro país, paladín del fracaso escolar, líder del desempleo, número uno en falta de preparación técnica a cualquier nivel, campeón en desconocimiento de otros idiomas y triunfal sostenedor de la desmotivación de nuestra juventud. Buen palmarés el de nuestros políticos que se creen seres superiores sin ser dignos de nada.

Pero ¿Dónde está hoy la rebeldía natural de la juventud? ¿Dónde esta la nobleza en la que anida el deseo de justicia, el afán de la superación, el espíritu de renovación, la curiosidad por lo nuevo?

El hecho de que cerca del 80% de los jóvenes españoles consideren como su máxima aspiración el ser funcionario, deja ya claro que en nuestro país está fracasando la libertad, la capacidad creativa, la iniciativa personal, el espíritu de superación y en definitiva, el deseo de conquistar un porvenir más prometedor que la realidad actual que nos rodea.

Al parecer, por los tiempos que corren, la desesperanza se ha adueñado de una juventud que en el siglo XXI, es depositaria de un legado saturado de decepciones. Ser joven ahora, es padecer a consciencia el desengaño, el fracaso, la frustración, la falta de sueños, de héroes, el dejamiento que produce el miedo a la equivocación, la amargura y la vacilación, la retracción ante el problema y el ansia de la seguridad existencial que el consumo y la uniformidad ofertan; ser joven no es una cuestión de edad. Ser joven, es conservar viva la ilusión en el alma y despierta la capacidad en el espíritu para soñar; es vivir con intensidad y lleno de fe el corazón.

Pero estos son otros tiempos; la juventud se malogra apenas aparece en ese momento en que la actividad y la sana búsqueda de sí mismo se desata. Nos han implantado un sistema de regulación que ordena y mitiga toda búsqueda de autenticidad, hay una desorientación frontal de los jóvenes del no saber qué hacer con su innato brío vital. La juventud anda desorientada en un mundo virtual y ficticio sin coordenadas propias, desbordante de leyes impositivas y disciplinarias, que bajo la apariencia de falsas libertades, no son otra cosa que patológicos e inviables afanes de igualitarismo, bridas contra la originalidad, la crítica y la resistencia.

Nuestra juventud es acosada por un estilo de vida impuesto desde el poder, sumida en el anonimato de las estadísticas, inmersa en la erotización de una sociedad cuyo valor preferente es el del ocio, dominada por el desencanto de la realidad cotidiana, urgida por la premura de la tenencia y angustiada por la incertidumbre del porvenir. Todo ello produce como fruto un avejentamiento prematuro de su espíritu. ¿La causa? La monótona responsabilidad periódica de cumplir con la abrupta tarea de encontrar su lugar en la sociedad. Son estas y no otras las causas que llevan a nuestra mocedad a olvidar los nobles ideales que siempre fueron su bandera.

En las actuales circunstancias, nuestra juventud está condenada a vivir en el “ahora”, algo tan efímero que reduce la realidad existencial, porque cuando desaparece el horizonte para extender la acción y su creación, la vida se acorta. Un ahora sin pasado y sin porvenir, es sólo un instante, un suceso fracturado en el tiempo.

Vivir solamente el ahora, supone la ruptura histórica de ignorar al pasado; permanecer en la perspectiva de la inmediatez, no perseguir sueño alguno por la falta de proyecto, por lo que se espera ser y por lo que se debería esforzar cada cual y todos en comunidad.

Deberíamos meditar muy seriamente sobre la posible recomposición, reintegración o reordenación de la vida, pero ello únicamente en función de que nuestra propia existencia vuelva la cara hacia las bondades de la juventud y hacia la responsabilidad y acciones basadas en la prudencia que requiere madurez para comprender —no lo que sobreviene o lo previsible— sino lo que humanamente es posible hacer, es decir, el porvenir. Un porvenir que sólo es viable si está cimentado en una vocación racional conjunta, esforzada, desinteresada y esperanzada de la juventud que es la llamada a sostener el empeño y la indiscutible alegría de ser y hacer, de crear y creer constantemente en la generosidad de los días, en el cultivo de la amistad, en la cercanía de los seres amados, en el empeño por un mejor vivir, en la eroticidad misma de la existencia que lucha y protesta contra un régimen de vida sometido por las forzosidades impuestas. Y un joven sin alegría y sin esperanza, no es un joven auténtico, sino un hombre envejecido antes de tiempo. Por ello cuando la juventud pierde entusiasmo, el mundo entero se estremece. Por ello, como quiera que en los últimos años hemos dilapidado el inconmensurable activo que constituyen dos generaciones, deberemos de ser nosotros, las generaciones maduras quienes les estimulemos a volar aunque no tengan alas, porque ni los músculos doloridos, ni los huesos cansados por la edad, son capaces de quitarle la frescura a unos corazones enamorados de la juventud.

Tal vez algún día dejemos a los jóvenes inventar su propia juventud.

César Valdeolmillos Alonso.

jueves, 6 de enero de 2011

¿Y por qué no?



“La ilusión es la hermana menor del desengaño”
Oliver Wendell Holmes
Médico y escritor estadounidense


Hago referencia a esta cita, porque estamos en época de celebrar la festividad que simboliza a un tiempo la mayor de las ilusiones y el primero de los grandes desengaños de la cultura occidental: La conmemoración de los Reyes Magos.

Para un niño, no hay noche que encierre mayor ilusión que esa en la que ha de acostarse temprano, dejar los zapatos bien lustrados con un dulce en su interior y una copita para refrigerio de Sus Majestades, sin olvidar algo para los sufridos camellos, que en sus alforjas, portan los sueños de todos los niños del universo.

Pero ¿Quiénes fueron esos reyes si es que fueron? Y si fueron ¿Cuántos fueron? Por los presentes que nos dicen las escrituras evangélicas que ofrecieron al recién nacido, cabría deducir que pudieron ser tres, en el supuesto de que cada uno portase una ofrenda y las mismas no fueran una dádiva conjunta. ¿Eran reyes, sabios, magos, astrólogos? ¿Eran todo a un tiempo o nada? ¿Si eran reyes, cuales eran y en que lugar del universo se asentaban sus reinos? No eran adivinos, pues de haberlo sido, no hubieran tenido necesidad de preguntarle a Herodes, con las graves consecuencias que para los inocentes, tuvo su visita al tetrarca. Pero puede que fueran tan sabios, tan sabios, que ellos, y solo ellos, supieron ver al Hijo del Altísimo, donde los demás no vieron más que a unos parias dentro de un establo, con un recién parido entre dos bestias: el burro, el animal más humilde del mundo, que simbolizaba la servidumbre con que hacia la humanidad se acercaba el mismo Dios hecho hombre y el sufrido buey, que con su aliento, le daba el calor que le habían negado los hombres.

Son pocas las referencias que de vosotros, queridos Reyes Magos tenemos, pero en cualquier caso, lo que sí se puede afirmar, es que constituís todo un símbolo. Todo en vosotros constituye una mítica alegoría. Es un símbolo el oro que ofrendasteis al recién nacido, metal que para los alquimistas representaba la luz del sol y por tanto fuente de energía y de toda vida; es un símbolo el incienso con que le homenajeasteis, sustancia que se usaba en las ofrendas religiosas orientales en el momento de la meditación o de la plegaria, ya que el fuego purificador, elevaba el humo hasta el cielo, donde los dioses podían escuchar con mayor atención las peticiones que se les hacían; es un símbolo la mirra que le ofrecisteis y con la que le deseabais fortuna espiritual y eterno amor en la emblemática boda que en ese momento establecía el Sumo Hacedor con su propia obra; vuestras distintas razas y procedencias, constituyen el símbolo de la universalidad del recién nacido y hasta vuestras diferentes edades, configuran el símbolo que abarca la eternidad de los tiempos inherente al Creador y su obra.

Por todo ello, quienes bebimos en la fuente de la cultura Occidental, en este tiempo, elevamos nuestras manos hacia ese mundo mágico y desconocido que nos permite acariciar una ilusión.

¿Quién, cuando era niño, no ha tenido la ilusión de hacer un débil castillo de naipes y ha sufrido el desencanto de ver como se le venía abajo? Sin embargo, a pesar de todas las decepciones que sufrimos en el transcurso de nuestra vida, acaso porque el presente no exista y solo sea un punto entre la ilusión y la añoranza, es por lo que aun siendo adultos, necesitamos seguir sintiéndonos niños y no ver las cosas como son. El progreso hacia el camino de la perfección, no sería posible si viendo cosas que aún no son, no nos dijéramos ¿Y por qué no? Porque como decía el dramaturgo Víctor Hugo, “El alma tiene ilusiones como el pájaro tiene alas; y esas ilusiones son las que la sostienen”.
César Valdeolmillos Alonso