Yo no quito el crucifijo

miércoles, 19 de agosto de 2009

La máscara de la temeridad


La democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de los que nos merecemos.

George Bernard Shaw

Preguntado por la opinión que le merecía la afirmación de la Ministra de Igualdad, Bibiana Aído, de que un embrión no es un ser humano, el vicepresidente del Colegio Oficial de Médicos de Madrid dijo textualmente: “…allá la ministra con sus deficiencias intelectuales”.

Cuando esta misma ministra utilizó los conceptos de miembros y miembras en el Congreso de los Diputados y en vez reconocer el barbarismo lingüístico cometido, tuvo la temeridad de plantear su inclusión en el diccionario, el reputado dialectólogo y lexicógrafo, Gregorio Salvador, miembro de la Real Academia de la Lengua (RAE), aconsejó a la ministra que se dejara de "bromas de mal gusto", añadiendo que tal inclusión era imposible. Y agregó: "Eso solo se le puede ocurrir a una persona carente de conocimientos gramaticales, lingüísticos y de todo tipo”.

Nos estamos acostumbrando a considerar salidas de este corte, como bufonadas caricaturescas propias de personas incultas, ignorantes y desde luego en absoluto preparadas para el cargo. Y a lo peor, hasta es posible que tan renombradas eminencias, sean elegidas expresamente para representarse así mismas, precisamente porque responden a ese perfil de temerario desconocimiento, y asentados en su propio analfabetismo, cumplirán fielmente, repitiendo como papagayos las consignas que en cada momento dicta la jerarquía.

En realidad no es asunto que me preocupe si es así o si por el contrario están simplemente representando un papel que forma parte de la ingeniería política —por cierto muy efectista— diseñada por los ideólogos de la izquierda.

Lo que sí resulta verdaderamente preocupante, es que políticos, profesionales y analistas de reconocida solvencia y preparación, dediquen gran parte del tiempo de sus respectivas reflexiones a comentar el color de la eventual fachada del edificio —color que con frecuencia cambia de la noche a la mañana— sin analizar en profundidad el proyecto al que responde la obra, que es lo verdaderamente trascendente.

En mi artículo “La oculta filosofía de la laicidad”, en el que tomaba como punto de referencia el mal llamado bautizo laico que Zerolo, representante socialista en el Ayuntamiento de Madrid, protagonizó con el hijo de Cayetana Guillén Cuervo, escribía: “No nos tomemos este episodio como una mera extravagancia más de un personaje pintoresco, porque, en lo que simplemente pudiera parecer una mera peripecia grotesca y esperpéntica, según las propias palabras del actuante, subyace la filosofía de una izquierda española que ha demostrado sobradamente, que en vez de fijar sus objetivos en un futuro en el que reine la armonía, la paz, la prosperidad y la colaboración entre todos los españoles, nostálgicamente sigue anclada en la noche oscura del pasado y sus prejuicios”.

Cuando el PSOE ganó las elecciones de 1982, el entonces todopoderoso Alfonso Guerra pronunció muchas frases, de entre las cuales aún resuenan especialmente dos en los oídos de todos los españoles. La primera de ellas: “vamos a dejar a España que no la va a conocer ni la madre que la parió”. Aquella ni era una sentencia premonitoria, ni una sórdida provocación hecha de cara a su electorado. La misma revelaba la existencia de un complejo y minucioso diseño, cuyo último objetivo no era el, "Tó p´al pueblo" que pronunciara cuando se expropió Rumasa, sino la ocupación permanente del poder —a semejanza del PRI (Partido Revolucionario Institucional)— que gobernó Méjico durante setenta años consecutivos y cuyas similares consecuencias en el país hermanos, bien podrían ser equivalentes a los resultados del análisis del enmarañado y corrupto entramado político, económico y social de Andalucía, que siendo una de las autonomías con mayor potencial de riqueza, después de treinta años ininterrumpidos gobernada por el PSOE, se encuentra en el furgón de cola de todas las instituciones europeas.

Pero ese propósito era imposible de lograr, sin antes “matar” a Montesquieu y así poder someter al poder político, a los órganos e instituciones encargados de administrar la legalidad, lo que se logró con la aprobación de la Ley Orgánica del Poder Judicial en 1985, a decir verdad, casi por unanimidad de la Cámara, por lo que, de la situación actual de la Administración de Justicia, es responsable prácticamente la totalidad de la clase política española. Fue entonces cuando Alfonso Guerra pronunció su lapidaria frase: “Montesquieu ha muerto”.

Este fue el paso fundamental que permitiría poner en marcha un proceso de la envergadura y calado del que para nuestro país ha tenido siempre la izquierda, cuyo ultimo fin es perpetuarse en el poder a través del intervencionismo absoluto de la sociedad civil; del control y fiscalización de los medios de comunicación; eliminación de cualquier tipo valores que representen al humanismo cristiano; confrontación y amordazamiento de la Iglesia; debilitación nuestros ejércitos hasta convertirlos en una ONG; entrega a los nacionalismos con el consecuente desmembramiento del Estado, que de facto, se encuentra ya inmerso en el federalismo asimétrico que impulsara Pascual Maragall; eliminación progresiva de los símbolos de nuestra identidad nacional —recordemos las frases del Sr. Rodríguez: "Mi patria no es España, sino la libertad" o la que dijo en el Senado: “Nación es un concepto discutido y discutible”— el empobrecimiento cultural de las nuevas generaciones, para así presentarles sin que se produzca objeción alguna, el falseamiento descarado de la realidad histórica y la creación a medida de un maquiavélico espejismo virtual, en el que la imagen reflejada será un hedonismo sin rumbo, la ausencia de cualquier tipo de estímulo y esfuerzo, bajo el envenenado envoltorio de unos presuntos derechos, que a la larga les harán esclavos permanentes del Estado.

Cuando un proyecto de esta naturaleza toma cuerpo y adquiere vida propia como es el caso del que estamos soportando, es difícil controlarlo en todas sus vertientes y hasta se le puede escapar de las manos a quien lo puso en marcha. No son pocos los históricos del PSOE que contemplan con preocupación el rumbo que ha tomado la nave capitaneada por el actual presidente del ejecutivo. Alfonso Guerra —el paladín de los descamisados que fletó un avión oficial, concretamente un Mystère, para ir a Sevilla a los toros— que se caracterizó siempre por su sarcástica locuacidad contra todo aquello y aquellos que no se identificasen con los tópicos demagógicos de la izquierda —“No descansaré hasta conseguir que el médico lleve alpargatas", dicho en un mitin en 1982 en Jerez de la Frontera— me temo que ya empezaba a albergar dudas sobre del rumbo que estaban tomando las cosas, cuando el 12 de junio del pasado año declaraba en Tele Madrid: "Una mujer que es maltratada por el marido es un drama terrible, y al marido hay que condenarlo con todas las de la ley, pero pasar de ahí a que una mujer que diga "yo soy maltratada", y ya todo el mundo de rodillas, oiga, pues no" —prefiero no imaginar las exquisitas ingeniosidades que debieron dedicarle privadamente las feministas— o la muy sensata advertencia que el ocho de septiembre del mismo año hizo a raíz de las tensiones que se produjeron con el Presidente de la Generalidad Catalana, como consecuencia de la insaciable voracidad presupuestaria de esta comunidad autónoma. Guerra advirtió de las consecuencias de que en alguna comunidad autónoma, en clara alusión a Cataluña, se unieran todos los partidos contra el Gobierno, ya que se podría derribar al Ejecutivo nacional, a lo que José Montilla se apresuró a responder, que el diputado del PSOE Alfonso Guerra "no es una voz representativa del socialismo".

Estos breves apuntes demuestran claramente que estamos inmersos en un proceso de maquiavélica ingeniería política, que solo responde al oportunismo electoral del voto para mantenerse en el poder, pero que mucho nos tememos que desemboque en procelosos mares en los que la nave termine a la deriva en mitad de la galerna.

Por eso me asombra y me preocupa extraordinariamente que con tanta frecuencia, dejemos distraer nuestra atención con lo puramente anecdótico, porque dándole la vuelta a una frase del historiador, político y teórico italiano Nicolás Maquiavelo, “Todos ven lo que aparentamos, pero pocos ven lo que somos”.

César Valdeolmillos Alonso.

La máscara de la temeridad

La democracia es el proceso que garantiza
que no seamos gobernados mejor de los que nos merecemos
George Bernard Shaw
Preguntado por la opinión que le merecía la afirmación de la Ministra de Igualdad, Bibiana Aído, de que un embrión no es un ser humano, el vicepresidente del Colegio Oficial de Médicos de Madrid dijo textualmente: “…allá la ministra con sus deficiencias intelectuales”.
Cuando esta misma ministra utilizó los conceptos de miembros y miembras en el Congreso de los Diputados y en vez reconocer el barbarismo lingüístico cometido, tuvo la temeridad de plantear su inclusión en el diccionario, el reputado dialectólogo y lexicógrafo, Gregorio Salvador, miembro de la Real Academia de la Lengua (RAE), aconsejó a la ministra que se dejara de "bromas de mal gusto", añadiendo que tal inclusión era imposible. Y agregó: "Eso solo se le puede ocurrir a una persona carente de conocimientos gramaticales, lingüísticos y de todo tipo”.
Nos estamos acostumbrando a considerar salidas de este corte, como bufonadas caricaturescas propias de personas incultas, ignorantes y desde luego en absoluto preparadas para el cargo. Y a lo peor, hasta es posible que tan renombradas eminencias, sean elegidas expresamente para representarse así mismas, precisamente porque responden a ese perfil de temerario desconocimiento, y asentados en su propio analfabetismo, cumplirán fielmente, repitiendo como papagayos las consignas que en cada momento dicta la jerarquía.
En realidad no es asunto que me preocupe si es así o si por el contrario están simplemente representando un papel que forma parte de la ingeniería política —por cierto muy efectista— diseñada por los ideólogos de la izquierda.
Lo que sí resulta verdaderamente preocupante, es que políticos, profesionales y analistas de reconocida solvencia y preparación, dediquen gran parte del tiempo de sus respectivas reflexiones a comentar el color de la eventual fachada del edificio —color que con frecuencia cambia de la noche a la mañana— sin analizar en profundidad el proyecto al que responde la obra, que es lo verdaderamente trascendente.
En mi artículo “La oculta filosofía de la laicidad”, en el que tomaba como punto de referencia el mal llamado bautizo laico que Zerolo, representante socialista en el Ayuntamiento de Madrid, protagonizó con el hijo de Cayetana Guillén Cuervo, escribía: “No nos tomemos este episodio como una mera extravagancia más de un personaje pintoresco, porque, en lo que simplemente pudiera parecer una mera peripecia grotesca y esperpéntica, según las propias palabras del actuante, subyace la filosofía de una izquierda española que ha demostrado sobradamente, que en vez de fijar sus objetivos en un futuro en el que reine la armonía, la paz, la prosperidad y la colaboración entre todos los españoles, nostálgicamente sigue anclada en la noche oscura del pasado y sus prejuicios”.
Cuando el PSOE ganó las elecciones de 1982, el entonces todopoderoso Alfonso Guerra pronunció muchas frases, de entre las cuales aún resuenan especialmente dos en los oídos de todos los españoles. La primera de ellas: “vamos a dejar a España que no la va a conocer ni la madre que la parió”. Aquella ni era una sentencia premonitoria, ni una sórdida provocación hecha de cara a su electorado. La misma revelaba la existencia de un complejo y minucioso diseño, cuyo último objetivo no era el, "Tó p´al pueblo" que pronunciara cuando se expropió Rumasa, sino la ocupación permanente del poder —a semejanza del PRI (Partido Revolucionario Institucional)— que gobernó Méjico durante setenta años consecutivos y cuyas similares consecuencias en el país hermanos, bien podrían ser equivalentes a los resultados del análisis del enmarañado y corrupto entramado político, económico y social de Andalucía, que siendo una de las autonomías con mayor potencial de riqueza, después de treinta años ininterrumpidos gobernada por el PSOE, se encuentra en el furgón de cola de todas las instituciones europeas.
Pero ese propósito era imposible de lograr, sin antes “matar” a Montesquieu y así poder someter al poder político, a los órganos e instituciones encargados de administrar la legalidad, lo que se logró con la aprobación de la Ley Orgánica del Poder Judicial en 1985, a decir verdad, casi por unanimidad de la Cámara, por lo que, de la situación actual de la Administración de Justicia, es responsable prácticamente la totalidad de la clase política española. Fue entonces cuando Alfonso Guerra pronunció su lapidaria frase: “Montesquieu ha muerto”.
Este fue el paso fundamental que permitiría poner en marcha un proceso de la envergadura y calado del que para nuestro país ha tenido siempre la izquierda, cuyo ultimo fin es perpetuarse en el poder a través del intervencionismo absoluto de la sociedad civil; del control y fiscalización de los medios de comunicación; eliminación de cualquier tipo valores que representen al humanismo cristiano; confrontación y amordazamiento de la Iglesia; debilitación nuestros ejércitos hasta convertirlos en una ONG; entrega a los nacionalismos con el consecuente desmembramiento del Estado, que de facto, se encuentra ya inmerso en el federalismo asimétrico que impulsara Pascual Maragall; eliminación progresiva de los símbolos de nuestra identidad nacional —recordemos las frases del Sr. Rodríguez: "Mi patria no es España, sino la libertad" o la que dijo en el Senado: “Nación es un concepto discutido y discutible”— el empobrecimiento cultural de las nuevas generaciones, para así presentarles sin que se produzca objeción alguna, el falseamiento descarado de la realidad histórica y la creación a medida de un maquiavélico espejismo virtual, en el que la imagen reflejada será un hedonismo sin rumbo, la ausencia de cualquier tipo de estímulo y esfuerzo, bajo el envenenado envoltorio de unos presuntos derechos, que a la larga les harán esclavos permanentes del Estado.
Cuando un proyecto de esta naturaleza toma cuerpo y adquiere vida propia como es el caso del que estamos soportando, es difícil controlarlo en todas sus vertientes y hasta se le puede escapar de las manos a quien lo puso en marcha. No son pocos los históricos del PSOE que contemplan con preocupación el rumbo que ha tomado la nave capitaneada por el actual presidente del ejecutivo. Alfonso Guerra —el paladín de los descamisados que fletó un avión oficial, concretamente un Mystère, para ir a Sevilla a los toros— que se caracterizó siempre por su sarcástica locuacidad contra todo aquello y aquellos que no se identificasen con los tópicos demagógicos de la izquierda —“No descansaré hasta conseguir que el médico lleve alpargatas", dicho en un mitin en 1982 en Jerez de la Frontera— me temo que ya empezaba a albergar dudas sobre del rumbo que estaban tomando las cosas, cuando el 12 de junio del pasado año declaraba en Tele Madrid: "Una mujer que es maltratada por el marido es un drama terrible, y al marido hay que condenarlo con todas las de la ley, pero pasar de ahí a que una mujer que diga "yo soy maltratada", y ya todo el mundo de rodillas, oiga, pues no" —prefiero no imaginar las exquisitas ingeniosidades que debieron dedicarle privadamente las feministas— o la muy sensata advertencia que el ocho de septiembre del mismo año hizo a raíz de las tensiones que se produjeron con el Presidente de la Generalidad Catalana, como consecuencia de la insaciable voracidad presupuestaria de esta comunidad autónoma. Guerra advirtió de las consecuencias de que en alguna comunidad autónoma, en clara alusión a Cataluña, se unieran todos los partidos contra el Gobierno, ya que se podría derribar al Ejecutivo nacional, a lo que José Montilla se apresuró a responder, que el diputado del PSOE Alfonso Guerra "no es una voz representativa del socialismo".
Estos breves apuntes demuestran claramente que estamos inmersos en un proceso de maquiavélica ingeniería política, que solo responde al oportunismo electoral del voto para mantenerse en el poder, pero que mucho nos tememos que desemboque en procelosos mares en los que la nave termine a la deriva en mitad de la galerna.
Por eso me asombra y me preocupa extraordinariamente que con tanta frecuencia, dejemos distraer nuestra atención con lo puramente anecdótico, porque dándole la vuelta a una frase del historiador, político y teórico italiano Nicolás Maquiavelo, “Todos ven lo que aparentamos, pero pocos ven lo que somos”.

César Valdeolmillos Alonso.

jueves, 30 de julio de 2009

La razón de la sinrazón


"En tiempos de injusticia, es peligroso tener razón"
Anónimo

Mi artículo “La oculta filosofía de la laicidad”, ha suscitado una airada reacción por parte de algunos lectores a los que de antemano agradezco muy sinceramente el tiempo y atención que han dedicado a mis modestas ideas.

Cuando escribo, solo pretendo expresar lo que pienso sobre un tema determinado, sin pretender en ningún momento estar en posesión de la verdad. Posiblemente, como humano y consciente de lo muchísimo que aún me queda por aprender, mis pensamientos estarán llenos de imperfecciones y carencias, de ahí que con frecuencia trate de apoyarme en la rigurosidad textual de las afirmaciones de aquellas personas a quienes pueda referirme y en los siempre inapelables, perseverantes e intransigentes datos de la historia.

Por cuanto es necesaria y beneficiosa para quien la reciba, bienvenida sea por tanto la crítica, siempre y cuando esté sustentada en el rigor intelectual, en el conocimiento, en el ejercicio de la razón y no en la afirmación y descalificación gratuita, porque estas son la razón de la sinrazón.

Pero antes de entrar en las discrepancias puntuales que mi artículo haya podido producir, dejemos constancia de una realidad jurídica insoslayable, porque es a partir de esa realidad —nos guste o no— de donde tenemos que partir para analizar primero y poder enjuiciar después, las acciones de los políticos que dicen representarnos.

EL artículo 16,3 de la Constitución Española, establece el principio de la aconfesionalidad del Estado al declarar que:

«Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones».

Así de claro, la Carta Magna española, excluye la posibilidad de un estado laico o independiente de cualquier organización o confesión religiosa.

Según nuestra Ley de leyes, el Estado español, no puede ser indiferente ante el hecho religioso y está obligado a cooperar con las distintas confesiones y muy en particular con la Iglesia católica. Por el contrario; en este aspecto, demanda imperativamente de los poderes públicos no hacer caso omiso —“tendrán en cuenta” y “mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación”— de las creencias religiosas de los ciudadanos. Nos guste o no, la Constitución no dice que España sea un Estado laico, sino todo lo contrario.

Lo que la Constitución dice es que: “ninguna confesión tendrá carácter estatal”, frase a la que la izquierda española se acoge hoy y con la que intenta confundir a la opinión pública española haciéndola creer que la misma puede asimilarse a una interpretación laicista, para así, a su amparo, imponer sus tesis ideológicas, cuyos lamentables resultados prácticos, bien se pudieron comprobar con la aprobación de la Constitución de 1931, que de facto, impuso un Estado laico, en función de lo dispuesto fundamentalmente, en sus artículos 25, 26 y 27 y en su artículo 48, en el que se decía: “La enseñanza será laica, hará del trabajo el eje de su actividad metodológica y se inspirará en ideales de solidaridad humana.”.

Corriendo el riesgo de ser reiterativo y para aquellos que aún no tuvieren suficientemente clara la diferencia existente entre la aconfesionalidad y laicismo, conviene aclarar que el Estado aconfesional es el que sin declararse oficialmente seguidor de ningún credo religioso, sí los respeta a todos y, por supuesto, garantiza la libertad religiosa y de culto de los ciudadanos, con todas las consecuencias, en contraposición con el estado laicista , que ignora deliberadamente las creencias religiosas de sus ciudadanos, y cuyo único mandato a sus gobernantes respecto de la religión, es precisamente no tener en cuenta las creencias religiosas de nadie y actuar independientemente de ellas, imponiendo por tanto su propia ideología.

Habiendo por tanto, dejado bien claro que España no es un Estado laico sino aconfesional y siendo la Constitución la Ley Española de mayor rango, a la que han de adecuarse todas las demás leyes y la actuación de los poderes públicos, parece que una consecuencia justa es que las leyes y la actuación del Gobierno deben, no como quien hace un favor sino como quien cumple un mandato del pueblo, tener en cuenta y respetar las creencias religiosas de la gente y mantener relaciones de cooperación con las confesiones religiosas. Les copio lo que dice el diccionario de la Real Academia Española que es cooperar: “Obrar, colaborar con otro u otros para un mismo fin”.

A tenor de la lógica aplicación de la Ley, tanto Zerolo —perdón pero sigo sin poder despejar la ecuación del artículo gramatical que debo anteponerle— como munícipes de otros ayuntamientos de izquierdas, hace tiempo que vienen haciendo mofa de este mandato constitucional, efectuando ceremonias no previstas en ningún tipo de legislación vigente, porque no tienen ningún tipo de trascendencia en las leyes civiles, pero equiparándolas al bautizo religioso, lo que no puede dejar de considerarse por los católicos como una auténtica provocación, ya que la frivolización de estos actos, solo pretende sembrar en la opinión pública una intencionada tergiversación, a través de la cual, llegar a sustituir el sagrado ritual de un sacramento, por una pretenciosa y politizada ceremonia. Y todo ello con el silencio cómplice y complaciente de las instancias superiores del Estado, porque al ignorar este mandato constitucional con un hecho aparentemente banal, se abre la puerta a un acto de muchísimo mayor calado en la configuración del pensamiento de las futuras generaciones, como es la vulneración de la libertad de enseñanza, en su aspecto de garantía del derecho de los padres a elegir la formación religiosa para sus hijos, prevista en el artículo 27 de la misma Constitución. Especialmente importante en este momento es recordar que la Constitución atribuye a los padres, y no al Estado, la elección de la orientación religiosa de la educación de sus hijos.

Las palabras son bastante claras. Y el Gobierno lo sabe. Y el Partido Socialista también. No obstante, ambos han dado a entender y claras muestras están dando, de que la situación no es de su agrado y buscan redirigirlo mediante la reforma de distintas leyes —les da igual que sean constitucionales o no— para no tener que abordar el complejo y dilatado mecanismo que supone modificar el marco constitucional, para lo cual precisarían inicialmente, el voto favorable de los 3/5 de cada una de las cámaras, cifra que no alcanzan ni por aproximación.

En definitiva, están modificando la Constitución por la puerta de atrás, a través de leyes claramente inconstitucionales, que aunque sean impugnadas por la oposición, el defensor del pueblo o la sociedad civil, al ritmo que en estos aspectos funciona el Tribunal Constitucional —obsérvese el desarrollo de la impugnación del Estatuto de Cataluña— el Gobierno, al igual que hizo el Burlador de Sevilla en la obra de Tirso de Molina, bien puede poner sus brazos en jarras, prorrumpir una sonora carcajada, y responder: “!largo me lo fiáis! ...”, porque entre si se resuelve o no la impugnación, dichas leyes se ponen en marcha, pasan los años, la sociedad se va a habituando a ellas como un mal irremediable y al cabo de los años, vaya usted a saber cual puede ser el fallo del citado tribunal.

En definitiva, que por la vía de los hechos consumados, se va construyendo un nuevo tejido social —analícese el resultado del odio a España sembrado en las nuevas generaciones por los partidos nacionalistas en sus respectivos territorios— en el que los valores del humanismo cristiano, en los que durante mas de dos mil años hemos venido asentando toda nuestra estructura jurídica, política y social, están siendo sistemáticamente sustituidos por nuevos ídolos materializados por el poder, el dinero, la popularidad, el hedonismo, el sexo y las ideologías, deshumanizándonos, apoderándose de nosotros, destruyendo el que hasta ahora ha sido el núcleo vital del concepto de la familia, eje y soporte de nuestra estructura social y hasta la propia esencia del individúo como ser humano. A este paso, dentro de unos años, como decía Alfonso Guerra, a España y a los españoles, no nos va a conocer ni la madre que nos parió y aquí todos tan contentos. Cada uno a lo suyo y pasando.

Pero no creamos que nuestra pasividad e indiferencia, va a eludir el pago por nuestra parte y quizá el de las generaciones que nos sucedan, de una muy costosa factura.

En estas tristes circunstancias, quizá fuera oportuno recordar la célebre frase del pastor protestante alemán Martin Niemoeller, aunque falsamente atribuida a Bertolt Brecht, que con motivo de la progresiva persecución efectuada por los nazis en Alemania, dice: “Primero vinieron a por los comunistas, pero yo no era comunista, no alcé la voz. Luego vinieron a por los socialistas y los sindicalistas, pero, como yo no era ninguna de las dos cosas, tampoco alcé la voz. Después vinieron a por los judíos, y como yo no soy judío, tampoco alcé la voz. Y cuando vinieron a por mí, ya no quedaba nadie que alzara la voz para defenderme”

Con una naturalidad verdaderamente inquietante, hemos aceptado casi como su fuera el Evangelio, el que por parte de la izquierda española de formar expresa y arrojadiza y por parte de la derecha de forma callada y vergonzante, permanentemente se siga acudiendo como causa de todos nuestros males, al tópico de Franco y al alzamiento militar de 1936, después de 34 años de su muerte y de 73 de haberse producido este triste episodio de nuestra historia. Resulta el recurso infalible para culparle de todos aquellos males acaecidos en España, los que estamos viviendo y los que nos hayan de sobrevenir dentro de cien años. Burda y demagógica táctica esta para ocultar la propia incapacidad de quienes nos dirigen, que aún sigue surtiendo su efecto en los sectores más iletrados de espíritu sencillo y simple, gracias a la amplificación que estas consignas encuentran, en la mayoría de medios de comunicación sumisos o afectos al poder y generosamente tratados por este. Pero resulta una ofensa para la inteligencia admitir simple y llanamente esta excusa tan tosca y grosera, cuando después de casi 31 años de democracia, la izquierda ha estado 20 de ellos ostentando las responsabilidades del gobierno de la nación y en algunas autonomías como Andalucía y Extremadura —precisamente las más pobres y atrasadas— siempre. Yo me pregunto: ¿Cuánto tiempo necesita la izquierda para corregir, perfeccionar, hacer o deshacer la obra de Franco? Profundizar con rigor y veracidad en estos temas, con seguridad nos conduciría a resultados sorprendentes —para muchas generaciones desconocidos— que pondrían al descubierto las demagógicas falacias de la izquierda española. Una izquierda que se quedó sin discurso con el fracaso de la revolución cultural de Mao —esa pesadilla de fanatismo y destrucción que costó más de diez millones de muertos— y el colapso del bloque socialista europeo que fue el resultado de la desaparición de la que fuera una de las mas grandes potencias de la historia, la Unión Soviética, que se desplomó como castillo de naipes, produciendo su desintegración y el ocaso del muro del Berlín. Una izquierda española que, perdida y desorientada, ahora, con la sectaria Ley de la Memoria Histórica, pretende ganar en España una guerra que perdió hace 70 años y de la que no resulta políticamente correcto analizar cual fue la semilla, ni quien la sembró, que produjo ese horrendo fruto.

Pero ya se sabe: “Jalisco nunca pierde y cuando pierde arrebata”, que en el argot mexicano significa “ganar como sea”. ¿Recuerdan ustedes aquella frase que captó un micrófono indiscreto y en la que el actual jefe del ejecutivo español Sr. Rodríguez, dirigió en la Cumbre Euromediterránea de Barcelona en el año 2005 a su director del área internacional, Carles Casajuana, cuando las negociaciones estaban a punto de fracasar?: "cerrar" un texto "como sea". '¡Hay que cerrar un texto como sea, vamos!'.

Podría aquí añadir alguna frase llena de ironía y mordacidad sobre la intencionalidad de lograr los objetivos perseguidos "como sea". Pero dada la gravedad del hecho, prefiero recordar la frase de Jacinto Benavente: "La ironía es una tristeza que no puede llorar y sonríe".

Hoy nos asombramos a diario de las actitudes, gestos y decisiones del actual jefe del Ejecutivo socialista. Pero quizá las comprendiésemos mejor si hiciésemos algo de historia, en la mayor parte de las ocasiones, no demasiado difundida.

En 1910, Pablo Iglesias —fundador del PSOE— ya aplicaba el principio del "como sea", pronunciando en el Parlamento estas palabras: “El PSOE viene a buscar aquí (al Parlamento), a este cuerpo de carácter eminentemente burgués, lo que de utilidad pueda hallar, pero la totalidad de su ideal no está aquí. La totalidad ha de ser obtenida de otro modo. Mi partido está en la legalidad mientras ésta le permita adquirir lo que necesita; fuera cuando ella no le permita alcanzar sus aspiraciones”. Es decir: “como sea”.

Tras haber sentado en el banquillo de los acusados en 1966 a un Delegado Provincial de Sindicatos y Jefe Provincial del Movimiento —por aquella época virrey de la provincia— con el consiguiente riesgo de haber dado con mis pobres huesos en la cárcel, creo que nadie tendrá la osadía de tildarme de fascista, franquista, facha o cualquiera otro de los respetuosos epítetos que la izquierda española utiliza contra quienes no estamos de acuerdo con sus postulados.

Pido perdón a los lectores por haberme tomado esta licencia personal, pero creo que la misma me proporciona la fuerza moral y política necesaria para afirmar seguidamente que la proclamación de la II República Española, fue un acto de fuerza ilegal , basado en la filosofía anteriormente expuesta de Pablo Iglesias.

El 13 de abril de 1931 tuvieron lugar unas elecciones municipales, ni siquiera Legislativas y por supuesto no Constituyentes. De ellas solamente se podía derivar, legalmente, la constitución y composición de todos los ayuntamientos de España y solamente de los ayuntamientos. Según Tuñón de Lara, que no parece sospechoso de parcialidad monárquica, salieron elegidos 22.150 concejales monárquicos y 5.775 republicanos. Las cifras oficiales no fueron publicadas nunca, y con variaciones en las cantidades, pero no significativas en la proporcionalidad, el triunfo de las candidaturas monárquicas ha sido admitido por la totalidad de los historiadores de este período. Dice el historiador Ricardo de la Cierva que la ocupación del poder por el Comité revolucionario el 14 de abril de 1931, fue un golpe de Estado.

El mismo día en que tuvieron lugar dichas elecciones, Alcalá Zamora —en esa fecha Presidente del improvisado Gobierno Provisional de la República— exige, ilegalmente, la marcha del rey antes de la puesta del sol del siguiente día 14. Las masas furiosamente vociferantes se concentran ante las puertas del palacio real. Para evitar el menor derramamiento de sangre, Alfonso XIII sale por la puerta del Campo del Moro, ya que había sido advertido del peligro existente para su seguridad física. El Rey se traslada en automóvil a Cartagena desde donde parte hacia el exilio.

De los doce miembros del Gobierno Provisional que se forma, según Ricardo de la Cierva, seis eran afiliados a la Masonería. Pequeño detalle que podría explicar, en parte, que ya en los días 11, 12 y 13 de mayo de 1931 ardieran 107 iglesias y conventos en 10 capitales distintas: Madrid, Zaragoza, Valencia, Alicante, Murcia, Málaga, Córdoba, Sevilla, Cádiz y Huelva. Consta que ardieron bastantes más que no han sido contabilizadas. Miguel Maura, ministro de la Gobernación, pidió permiso al Consejo de Ministros para que las Fuerzas de Seguridad evitasen esos desmanes. El Consejo negó por votación ese permiso. Quedaba introducido por tanto, el todo vale o como sea, contra cualquiera que pensase distinto.

De este modo quedaban frustradas las esperanzas de hombres como Ortega y Gasset, protagonistas del cambio de régimen y que fue el momento en el que alzó su voz con su universal y famoso “¡No es esto, no es esto!”.

Los comentarios que Ángel Maestro hace al libro de R. de la Cierva, “El 18 de julio no fue un golpe militar fascista”, Ed. Fénix, Madrid, 1999, ponen de relieve la similitud de actitudes por parte del PSOE de 1931, con el actual.

“El autor retrata a Azaña —posterior presidente del Gobierno de la República— como un jacobino, afiliado a la masonería, anticatólico y antimilitarista, inclinado a la prepotencia y la arbitrariedad. La negativa a aceptar el resultado derechista de las elecciones de 1934 demostró que Azaña no era demócrata. Tampoco actuó como un liberal, pues cercenó las libertades religiosa y de enseñanza, así como la de expresión con frecuente recurso a la previa censura gubernativa, e ignoró a la oposición. Era “intolerante e intransigente y despreciaba a sus adversarios, además de impedirles el ejercicio de sus libertades”. Y no hizo reforma positiva alguna, ni siquiera la agraria o la bancaria. “No gobernó con la razón, sino con la sinrazón, no para todos los españoles, sino para media España en contra de otra media.” No sé si esta actitud de hace más de tres cuartos de siglo, traerá a la mente alguna semejanza con la actual que estamos sufriendo.

Los dos hombres clave de la II República fueron los Presidentes de Gobierno, Manuel Azaña y Francisco Largo Caballero. Sin su eficaz cooperación no se hubiera podido llegar hasta las dos tristes guerras civiles que sufrimos.

El 30 de agosto de 1934, el demócrata Manuel Azaña afirma: "si la CEDA —equivalente al PP actual— ganadora de las democráticas elecciones de 1933, (realizadas con normas dadas y regidas por el propio gobierno republicano de Azaña), reclama el poder que le corresponde, la izquierda se lo impedirá, incluso mediante la revolución violenta". Obsérvese la constante de la izquierda en la ocupación del poder como sea.

De Largo Caballero dice Salvador de Madariaga: "No ocultó jamás su intención. Siempre fue su propósito llevar a España a una dictadura del proletariado". Dos guerras civiles llevan el sello de Largo Caballero en sus intentos por encontrar una vía rápida a su proyecto.

La primera surge tras las elecciones de noviembre de 1933 que fueron perdidas por el PSOE, pero no acatadas y comenzó a preparar la rebelión armada con el fin de conquistar por la fuerza de las armas lo que le habían negado las urnas. El 11 de septiembre de 1934 la guardia civil descubre que un gran alijo de armas transportado por el navío Turquesa, estaba siendo desembarcado bajo la inspección personal de Indalecio Prieto como ministro de Obras Públicas, a camiones de la Diputación de Asturias regida por los socialistas. Se preparaba la insurrección.

Pero la prueba definitiva contra la legitimidad de la II República, fue la revolución de octubre de 1934, organizada por los socialistas y sus aliados de la izquierda. Cita el famoso texto de S. de Madariaga: “Con la rebelión de 1934, la izquierda española perdió toda sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936”. Y cita también los documentos exhumados por Pío Moa sobre las directas y principales responsabilidades del PSOE en la cruenta revolución de octubre de 1934. Los documentos socialistas que transcribe el autor son verdaderamente abrumadores por su crueldad, ya que incitan al secuestro y asesinato, así como al robo. La progresiva degradación de la II República está someramente descrita en el Dictamen de Burgos (1938), que es reproducido parcialmente. Pero el autor va más lejos: «Las elecciones de febrero de 1936 fueron antidemocráticas». Y cita la opinión de J. M. Gil-Robles: la mayoría frentepopulista se logró en 1936 en segunda vuelta mediante la inicua anulación de actas derechistas. Para remate se destituyó ilegalmente a Alcalá Zamora como presidente de la República, por oponerse al frentepopulismo revolucionario. Finalmente, el asesinato del jefe de la oposición, Calvo Sotelo, por guardias de asalto. Así fue el supuesto paraíso democrático destruido por unos curas y militares «fascistas».

Por tanto queda claro que la segunda guerra va a ser la consecuencia de las elecciones del 16 de febrero de 1936. Portela Valladares —Presidente del Consejo de Ministros— abandonó el poder sin haberse hecho público los resultados y sin esperar a la segunda vuelta. El Frente Popular se hizo cargo del gobierno ilegalmente y manipuló las actas con toda clase de pucherazos y trampas, hasta que resultó ganador ya en esta primera vuelta, según demuestran las últimas investigaciones de los historiadores.

Gil Robles, como jefe de la oposición, informa a las cortes reunidas el 15 de junio de 1936 que desde el 16 de febrero a ese día habían sido destruidas totalmente 196 iglesias, se habían perpetrado 334 asesinatos, 78 centros políticos fueron destruidos, hubo 192 huelgas generales y 10 periódicos deshechos. Había un peligro cierto de aniquilación sobre esa "media España que no se resignaba a morir".

Tenemos probadas las funestas consecuencias de nuestras dos repúblicas. Hoy la acción del Presidente del ejecutivo español, nos está aproximando peligrosamente, a lo que fueron nuestras repúblicas, con

• Rompiendo todos los pactos de Estado que había suscritos entre PP y PSOE, algunos firmado por el propio Sr., Rodríguez, como el Pacto Antiterrorista.

• Ignorando absolutamente a la oposición, que representa a media España.

• Tratando de eliminarla del panorama político organizando el cordón sanitario que supuso el Pacto del Tinell.

• Ignorar a las víctimas del terrorismo negociando con lo asesinos y calificándolos de hombres de paz.

• Haciendo de la mentira la base permanente de su discurso.

• Pretendiendo amordazar a los legítimos representantes de la Iglesia Católica, reconocida en nuestra Constitución con el mandato imperativo de mantener con ella una política de cooperación.

• Propugnando la ampliación de leyes sanguinarias como la del aborto que va a hacer de España el paraíso de la muerte, a la que sobrevendrá la Ley de la Eutanasia.

• Permitiendo que una menor aborte sin el consentimiento de sus padres, socavando con ello la Patria Potestad de los mismos y sustituyéndola por la del Estado.

• Promoviendo la Ley de la memoria histórica, tratando de santificar la República y poco menos que beatificar a todos aquellos que se dedicaron a incendiar Iglesias y asesinar indiscriminadamente a sacerdotes, monjas, ancianos, mujeres y niños, por el simple hecho de ser creyentes.

• Promulgando la Ley de Educación para la Ciudadanía, a semejanza de los Principios Fundamentales del Movimiento del franquismo, e impregnando en las mentes de nuestros niños y adolescentes toda una ingeniería ideológica moral y afectiva que está fuera de sus atribuciones y competencias.

• Hundiendo a España en la depresión mas grande que ha conocido en mas de medio siglo.

• Diciendo que el concepto de Nación, es un concepto discutido y discutible.

• A partir de esas manifestaciones, ha permitido que se haga mofa y rechazo público de las enseñas nacionales, tanto dentro como fuera de España, incluso en presencia de la más alta magistratura del Estado.

• Recientemente en la mesa de negociación por el Pacto Social ¿Qué ha hecho? En vez de agotar las vías de negociación intentando acercar a las partes, demonizar a los empresarios, que son los únicos que crean los puestos de trabajo, que representan la riqueza de cualquier país. El no quería ni ningún pacto, quería un culpable para presentarse como el ángel salvador de los trabajadores.

• Y esto no es más que una pequeña muestra de la larga serie de medidas que ha adoptado en clave electoral y populista, a base de reabrir las heridas de las dos Españas que habían quedado cerradas con la aprobación de nuestra Carta Magna en 1978.

Hacer esto con un pueblo por el simple hecho de mantenerse en el poder, no es deleznable, es simplemente diabólico, perverso, infame, y su proceder oportunista basado en la mentira constante con la mirada puesta siempre en el voto, propio de un vil trilero. Por tanto, examinando los antecedentes históricos de la izquierda y comparándolos con su proceder de hoy, dije entonces y me ratifico ahora, en que la izquierda española ha demostrado sobradamente, que en vez de fijar sus objetivos en un futuro en el que reine la armonía, la paz, la prosperidad y la colaboración entre todos los españoles, nostálgicamente sigue anclada en la noche oscura del pasado y sus prejuicios, haciendo suyas las prácticas antidemocráticas, sanguinarias y cristianofóbicas, de las que todos los españoles venimos siendo sufridores testigos.

Y la Jefatura del Estado, no parece ser, precisamente, un talismán que esté dispuesto a corregir el mal rumbo que llevamos.

César Valdeolmillos Alonso.

_________________________________________________

[1] Según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua el vocablo “aconfesional” significa: “Que no pertenece a ninguna confesión religiosa”.

[2] Según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua el vocablo “laicidad” significa: “Cualidad de la sociedad, el Estado o las instituciones que actúan y funcionan de manera independiente de la influencia de la religión y de la Iglesia”

[3] “La segunda República” de Ricardo de la Cierva.

[4] “El 18 de julio no fue un golpe militar fascista” de Ricardo de la Cierva. Ed. Fénix, Madrid, 1999

viernes, 26 de junio de 2009

La magia del Festival de Granada

“¡Oh, habitantes de Al-Ándalus, que felicidad la vuestra al tener agua, sombras, ríos y árboles! El jardín de la eterna felicidad, no está fuera de vosotros, sino en vuestra tierra; si yo pudiera elegir, este es el lugar que escogería. No creáis que mañana entraréis en el Infierno. ¡No se entra en el infierno después de haber estado en el Paraíso!”
Ibn Jafaya (ss.XI-XII)

Cada año, en los primeros días del verano, cuando cae la tarde y en el mirador de San Nicolás, en pleno corazón del Albaicín, el aire se llena de un suave aroma a jazmín, mientras los últimos rayos de sol arrancan destellos dorados a la Alhambra, la sultana que se perfila vigilante y majestuosa sobre Sierra Nevada, nada hace suponer que tras sus sobrias y poderosas murallas, donde se oculta una de las huellas más fascinantes del arte musulmán, esté a punto de producirse una de las manifestaciones más bellas y hermosas que puede experimentar un ser humano, al hacer germinar en su interior una eclosión se sentimientos, sensaciones y vivencias únicas e irrepetibles: El Festival Internacional de Música y Danza de Granada, que este año celebra su LVIII edición consecutiva.

Un festival concebido como exaltación de la grandeza de la música y la danza, como imagen básica, bien podríamos entenderlo como el conjunto de una serie de espectáculos que se celebra en un tiempo concreto. Las obras maestras de los grandes genios de la música, siempre tendremos oportunidad de poder escucharlas o verlas interpretadas por excepcionales formaciones, en modernísimos auditorios dotados de una acústica perfecta en cualquier parte del mundo. Festivales de este tipo, hay muchos en Europa y en el mundo. Pero en España hay tres concretamente, que son inigualables, irrepetibles; todo un regalo para el espíritu. Dos de teatro clásico: el de Almagro y el de Mérida; y el de música y danza de Granada. Los tres constituyen experiencias excepcionales por su legendario y evocador entorno, por sus escenarios históricos que hacen que el espectador se instale emocionalmente en un mundo, hoy ya imaginario, pero que nos permite experimentar un gozo íntimo irrepetible, que una vez vivido, nuestra sensibilidad lo tornará en una pequeña eternidad.

El 20 de junio de 1959, hice mi primera entrevista para el Festival de Granada, cuando este cumplía su VIII edición. El personaje elegido fue el genial director de orquesta ucraniano Igor Markevitch, que actuaba como director invitado de la Orquesta Nacional de España y quien seis años más tarde crearía la Orquesta Sinfónica de RTVE. Desde aquel momento, no he dejado ni una sola edición de ejercer mi labor periodística como critico, entrevistador y cronista del Festival de Granada. Por tanto, este año cumplo mis bodas de oro con tan sobresaliente manifestación artística y haciendo memoria de las gloriosas jornadas que he tenido la fortuna de vivir en el transcurso de este medio siglo, creo estar en condiciones de asegurar, que tras las muy diferentes etapas por las que esta excepcional manifestación artística, social y cultural ha atravesado, alcanzar la cota de 58 ediciones consecutivas, se debe no solo a las legendarias figuras de la música y de la danza que año tras año, han ido dejando la huella de su genio en las páginas de su historia, sino fundamentalmente, a la grandeza de sus históricos escenarios, evocadores de un pasado en el que funde la realidad con la leyenda.

Asistir a cualquiera de las veladas del Festival de Granada, constituye la celebración de toda una liturgia. Cuando la tarde se va deslizando lentamente y la Alhambra majestuosa se adorna con los dorados resplandores del atardecer granadino, bien sea subiendo por el Campo del Príncipe aspirando la fragancia de las azucenas o accediendo por Plaza Nueva, con la ensoñación romántica al fondo del misterio de una calle tan singular como la Carrera del Darro, que serpeando junto al río, nos permite divisar las ruinas del puente del Cadí, que fuera unión de la Alhambra y el Albaicín y bastión defensivo de esta parte de la ciudad medieval, el hechizo del paisaje se torna cual evocador espejuelo que te induce a evocar esa inmortal “Iberia”, de Albéniz, “Los cuentos de la Alhambra” que en las habitaciones de la épica fortaleza escribiera Washington Irving o en la poesía y música de las tres culturas, arábigo-andaluza y sefardí de Al-Andalus.

Impregnado el espíritu de tan profundas sensaciones, culminarlas en los suntuosos escenarios que nos muestran el esplendor y refinamiento de la dinastía nazarí, recreando el espíritu con la exquisitez francesa de Debussy y Ravel o con la riqueza rítmica del Pájaro de Fuego de Stravinski, interpretada por The London Symphony Orchestra; recuperar al Barenboim pianista, sobre todo si es con una de esas obras que han quedado unidas a su nombre de forma imperecedera, como el caso del Concierto núm. 3 de Beethoven, la interpretación de una obra muy poco programada de Félix Mendelsohn, como la obertura de la música que escribió en 1839 para la representación del Ruy Blas, de Víctor Hugo o el Adagio de la incompleta 10ª Sinfonía de Mahler, que se escuchará por primera vez en el Festival, es tanto como experimentar la sensación de que bajo el cielo de Granada, nace el amor, estalla el gozo en el corazón, fluye el agua y mueren las lágrimas.

Cuando hablamos de los jardines de Al Ándalus, surge la imagen de un lugar evocador que invita al recogimiento y la contemplación, semejante al Paraíso persa del Avesta, el Edén bíblico del Génesis o el Paraíso o Cielo evangélico, conformando todos ellos el concepto de Jardín Espiritual.

Desde la ladera del Cerro del Sol en la que se asienta El Generalife —“El trono de la Alhambra”, como le llamó Ibn Zamrak, el gran poeta de la Granada de Mohamed V— lugar idílico y rebosante de paz, repleto de flores, plantas aromáticas, árboles, surtidores, fuentes, albercas y acequias en el que el agua refleja la arquitectura y la luz se funde con la vegetación transformándola con el paso de las horas y las estaciones. en donde la frondosidad de sus árboles no dejaba penetrar los rayos del sol, y el encanto de sus huertas y vergeles eran bañados por el frescor y la música del agua, sentir la excitación de la hechizante y eterna lucha entre el amor y la magia, entre el bien y el mal de “El lago de los cisnes”, emanada de la riqueza de las bellas melodías de Tchaikovsky, el más admirado compositor de música para la danza que jamás haya existido; dejarse embriagar por el aroma mediterráneo de las cadencias de nuestros orígenes y las norteafricanas de Gnawa, mientras Nacho Duato transita hacia la espiritualidad de la venerada Virgen Negra de Jasnogora y profundiza en su figura como eslabón entre el hombre y lo divino, es penetrar en el profundo oasis de nuestras más bellas y ignoradas emociones.

El alma de Granada se hace presente cuando en la fascinación de sus noches hay en el cielo fiesta gitana de luna y estrellas. “Ni el aire ni la tierra son iguales después de que María Pagés haya bailado”, dijo de la bailaora sevillana el escritor y poeta portugués José Saramago, uno de los inspiradores de Autorretrato, espectáculo donde la Pagés baila su intimidad, embrujada también por la poesía de Miguel Hernández y Antonio Machado, a golpe de soleá, martinete, tonás o alegrías, produciendo a modo de invocación mágica de las flamencas de antes, todo un torbellino emocional.

Cuando se contempla el paisaje que La Alhambra pone ante los ojos del peregrino, las palabras de Federico García Lorca cobran todo su sentido: "Granada es apta para el sueño y el ensueño”. Una vez traspasado el umbral de la Puerta de las Granadas, abriendo cada uno de nuestros cinco sentidos, el espíritu se deja llevar plácidamente a un ensueño vivo, real y presente. Pasear por sus alamedas, recorrer sus murallas y jardines o recrearnos en sus miradores, suntuosas estancias y evocadores patios, abrirá en nosotros un universo de vivencias ignoradas hasta ese momento, atrapando nuestro corazón. Desde sus almenas, nos llegará la visión lejana y el embrujo del Albaicín y el Sacromonte, en donde Granada se hunde en sus raíces con el homenaje que, en un espectáculo concebido por su propia hija, este año hace el Festival al excepcional artista Sacromontano, fallecido recientemente, Mario Maya.

No puede haber expresión más fascinante del embrujo de la noche granaína, cuando esta se viste de plata, que escuchar a una de las más seductoras gitanas de cuantas recorren hoy los teatros del mundo, la célebre y siempre impactante Carmen de Bizet, en la voz de la italiana Anna Caterina Antonacci, de la mano de John Eliot Gardiner, en el Palacio de Carlos V, que según la visión de Antonio Gala, es un "producto del amor" y "regalo del Emperador a la ciudad de Granada", cuando celebraba su segunda luna de miel. "Probablemente, Carlos V e Isabel de Portugal, constituyan la única pareja de reyes, en este caso de emperadores, que haya estado enamorada de verdad", aseguró el poeta.

Aunque solo sea por una sola vez en la vida, alimentar el espíritu con la gran fiesta de la música que es el Festival de Granada, es saturar el corazón con el resplandor de una sonrisa, la ternura de una mirada enamorada, sentir la complicidad de dos manos que se unen en una íntima comunión espiritual en un palacio que, verdaderamente, parece sacado de un cuento de “Las Mil y una Noches”.



César Valdeolmillos Alonso

domingo, 21 de junio de 2009

La oculta filosofía de la laicidad

El mundo no esta en peligro por las malas personas, sino por aquellas que permiten la maldad.
Albert Einstein

Con mi más profundo respeto a la persona, desde que en las elecciones generales del pasado año, escuché decir a Zerolo: "Nunca había tenido tantos orgasmos; los que me da mi marido y los que me da ZP", he de confesar que en el momento de escribir este artículo, se me plantea un problema de rigor gramatical a la hora de determinarle con el artículo filológico que deba corresponderle: ¿“El”, “La” o “Lo”?.

La duda es razonable si hemos de tener en cuenta, que tanto quien tiene marido, como quien experimenta los orgasmos —hasta ahora— ha sido siempre la mujer. Pero atendiendo a lo que decía don Sebastián en la célebre zarzuela “La verbena de la Paloma”: “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, es una brutalidad, es una bestialidad”, pues vaya usted a saber cuales fueron las causas que indujeron a Zerolo a expresarse como una desposada.

Se me ocurrió que si hacía una consulta a la Real Academia de la Lengua Española, a lo mejor podría salir de dudas, pero al pronto recordé las palabras pronunciadas por un compañero de ponencia y profesión —que desempeña sus funciones en un medio afín a la progresía— en unas jornadas organizadas por un organismo oficial feminista. Sustentó su intervención, en la vida dinámica y creativa del idioma, argumentando que el mismo encuentra su origen en la raíz popular y que a veces, pasado mucho tiempo, ese organismo compuesto por “fósiles dinosaurios antidiluvianos”, que es la Real Academia de la Lengua Española, terminaba por incorporar al diccionario aquellas palabras, usos y costumbres, que el pueblo hacía tiempo que había hecho suyos, tales como “jóvenes y jóvenas” que en sus momentos de esplendor político instituyera la entonces esposa de Felipe González, Carmen Romero; “vascos y vascas”, que impusiera en su particular lenguaje político partidista, el entonces lehendakari Juan José Ibarretxe y otros ejemplos similares que podrían equipararse al de “miembros y miembras”, que la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, utilizó en el transcurso de su primera comparecencia en la Comisión de Igualdad, en el Congreso de los Diputados y que en vez reconocer el barbarismo lingüístico cometido, tuvo la temeridad de plantear la inclusión de este registro en el diccionario, propuesta ante la que Gregorio Salvador, reputado dialectólogo y lexicógrafo, miembro de la Real Academia de la Lengua (RAE), aconsejó a la ministra que se dejara de "bromas de mal gusto", añadiendo que tal inclusión era imposible. Y agregó: "Eso solo se le puede ocurrir a una persona carente de conocimientos gramaticales, lingüísticos y de todo tipo”.

Así que, ante el confusionismo reinante, renuncié a mi inicial idea de evacuar consulta alguna a este respecto y me las apañaré como Dios me de a entender, por lo que de antemano me anticipo a pedir perdón a Zerolo, si el tratamiento que le de es incorrecto, porque como decía Groucho Marx: “aún no le conozco bien”.

Pero bueno, para no perdernos entre la hojarasca, vamos a lo que vamos.
El hecho es que Zerolo montó el pasado día 4 de junio, un circo a modo de bautismo civil, que él denominó, “Bienvenida democrática laica a la comunidad”. El “bautizado” fue un niño de cuatro años, hijo de Cayetana Guillén Cuervo. La que sustituyó al defenestrado José Luis Garci cuando el PSOE se hizo de nuevo con el poder, en un programa semanal de cine en TVE. El pobre infante tuvo que aguantar la lectura por el Concejal que disfruta con los orgasmos que le proporciona ZP, de la Carta Europea de los Derechos del Niño. Ignoro si el concejal socialista que luce esos adorables ricitos al estilo coliflor, del Ayuntamiento que preside Ruiz Gallardón, diría algo sobre el derecho a nacer.

No sé porqué extraños mecanismos de la mente, siempre que evoco la figura del Alcalde de Madrid, me vienen a la memoria las de Francisco Fernández Ordóñez, ministro que fue de Hacienda con la UCD y terminó siéndolo de Asuntos Exteriores por el PSOE y la de Santiago Carrillo, que —desde el exilio para no correr riesgos—fue Secretario General del Partido Comunista de España durante tantos años, y ha terminado como vocero defensor de las tesis del PSOE, un partido, que ni es socialista (con él en el poder, los ricos siempre han resultado más ricos), ni es obrero (con él los obreros han alcanzado siempre su más alto índice de desempleo y pobreza) ni es español (con él se están alcanzando los más altos grados de descomposición del Estado).

Pero volvamos al tema del que hoy nos ocupamos. Según manifestó el dirigente progre —ya saben ustedes, el de los orgasmos— al presidir la bufonada del “bautizo laico” del hijo de Cayetana Guillén Cuervo, éste tenía como fin "dar la bienvenida democrática" al pequeño, “siguiendo una tradición iniciada en la Revolución Francesa”. En justicia, creo que debemos agradecer a Zerolo que fuera tan sincero, ya que con sus manifestaciones, quedó evidentemente claro, que se refería al “Culto al Ser Supremo”, establecido por el tirano Robespierre en 1794 durante la dictadura jacobina, que se recuerda con el significativo nombre de “Reinado del Terror”.

A este respecto, no estaría demás traer a la memoria que en 1793, el jacobino Maximilien Robespierre, dio un golpe de Estado en la Francia revolucionaria; hizo arrestar a la oposición girondina y estableció una dictadura basada en el más claro antecedente histórico de los “soviets”: el llamado Comité de Salvación Pública que, con un iluminismo digno de los progres contemporáneos españoles, se marcó como misión defender el Estado y su virtud, misión que sus propios autores denominaron el “Terror”.
A pesar de que Robespierre, siempre se había pronunciado contrario a de la pena de muerte, pronto se desdijo de sus postulados —al igual que le ocurre al actual presidente del ejecutivo español, Sr., Rodríguez— hasta tal extremo de que durante la época siniestra de su mandato, fueron asesinadas más de 50.000 personas por medio de la guillotina, muchas de ellas católicos, presos políticos y personas críticas con su dictadura. Al final incluso ordenó la decapitación de los dirigentes de la rama más moderada de los jacobinos. El incorruptible defensor de las ideas liberales y democráticas Robespierre, suprimió las libertades de prensa, de expresión, de reunión y de religión; suspendió las garantías procesales y sometió la economía al poder del Estado, mediante un intervencionismo que aún hoy provoca los elogios de no pocos izquierdistas como Zerolo. Todo ello en nombre de la razón, de la libertad, la igualdad, la ilustración, y clamando contra la tiranía: un cinismo ideológico idéntico al del Sr. Rodríguez, presidente del ejecutivo español actual.

En su propósito de erradicar el Cristianismo de Francia —como ahora ocurre en España— y después de la prohibición del culto católico en el país, en mayo de 1794, Robespierre estableció una “religión laica” y obligatoria, llamada: “Culto al Ser Supremo”, inspirada en la Masonería —sociedad secreta a la que pertenecía el dictador— y en las tesis de Jean-Jacques Rousseau, cuyo relativismo moral inspira aún hoy las tesis contraculturales de la progresía.

Las quejas de ateos y católicos ante esa imposición estatal jacobina, fueron reprimidas por los “sans culottes”, auténticos descerebrados que actuaban a modo de escuadras de “camisas pardas” de los jacobinos contra los discrepantes.

Con ocasión de las ceremonias blasfemas de esa “religión laicista”, la Catedral de Notre Dame de París fue profanada, siendo destruidos o robados sus tesoros artísticos. La ignorancia llevó a los jacobinos a decapitar las estatuas de los reyes de Judá, pensando que representaban a los reyes de Francia —algo similar a lo que no pocos izquierdistas españoles, demostrando su desconocimiento de la historia, tantas veces han protagonizado, confundiendo el yugo y las flechas de la Falange, con el de los Reyes Católicos— y las imágenes de la Virgen, fueron sustituidas por las de la Dama de la Libertad. Tras estas salvajadas, el monumento religioso más famoso de Francia, quedó en un estado tan lamentable, que al cabo de unos años incluso se planteó la posibilidad de demolerlo.

¡Que similitud con los actos que se produjeron en España durante la república! Bien podría asemejarse el estado en que las turbas dejaron la Catedral de Notre Dame, con el que quedó el monumento con el que Alfonso XIII consagró España al Sagrado Corazón de Jesús, en el Cerro de los Ángeles.

¿Son estos los principios de libertad, igualdad y respeto que anidan bajo los ricitos coliflorescos del concejal representante de los socialistas en el Ayuntamiento de Madrid? No nos tomemos este episodio como una mera extravagancia más de un personaje pintoresco, porque, en lo que simplemente pudiera parecer una mera peripecia grotesca y esperpéntica, según las propias palabras del actuante, subyace la filosofía de una izquierda española que ha demostrado sobradamente, que en vez de fijar sus objetivos en un futuro en el que reine la armonía, la paz, la prosperidad y la colaboración entre todos los españoles, nostálgicamente sigue anclada en la noche oscura del pasado y sus prejuicios, haciendo suyas las prácticas antidemocráticas , sanguinarias y cristianofóbicas que se han tomado como principio para protagonizar la farsa de lo que tendenciosamente se ha dado en llamar “bautizo laico”, efectuado por un representante socialista y en las que abiertamente se ha hecho manifestación explícita de las tradiciones en las que el socialismo pretende basar su concepto de la laicidad.
César Valdeolmillos Alonso
_________________________________________
[1] Basta repasar las leyes y decretos que bordean o violan abiertamente la Constitución, actuaciones de políticos, politiquillos, representantes de la ¿Juticia? o altos cargos de diferentes organismos designados por instituciones oficiales.
[2] Cultura de la muerte: aborto y eutanasia.
[3] La relación de medidas anticristianas adoptadas por el PSOE, podría hacerse interminable,. Desde el aborto y la sedación no consentida, practicada por el doctor muerte y aplaudida y defendida por el PSOE, pasando por la eliminación de símbolos religiosos, la Ley de Educación para la ciudadanía (versión democrática de los Principios Fundamentales del Movimiento), todo el conjunto de medidas orientados a socavar los fundamentos de la familia o las constantes provocaciones a la Iglesia e intentos de amordazar a sus legítimos representantes, los obispos.

martes, 9 de junio de 2009

Europa no es laica


Es mejor herir con la verdad, para no destruirnos con la mentira
Anónimo
Hace pocos días escuché al jefe del ejecutivo acusar de rancio y reaccionario a Mayor Oreja, por defender unos valores humanistas con los que está de acuerdo la mayor parte de la sociedad, contraponiendo a esta posición una mentira, como que Europa es laica. La afirmación es tan falsa, burda, grosera y ofensiva para nuestra inteligencia y la propia historia del continente, que no merecería la pena abundar en ella, sino fuera porque muchos que se dejan guiar solo por las consignas difundidas por los estómagos agradecidos, se la creyeran de buena fe.


Recordé en ese momento aquella inolvidable frase de Rubalcaba en la jornada de reflexión de las elecciones de 2004: “España no se merece un gobierno que le mienta”,

Desde la restauración de la democracia con la aprobación de la Constitución Española de 1978, no ha habido gobierno en España que mienta más y con mayor descaro y desvergüenza que el que preside el Sr. Rodríguez.

No solamente en España, sino prácticamente en toda Europa, ha ganado esa derecha a la que el Sr. Rodríguez y su partido, califican de reaccionaria, trasnochada, rancia y anacrónica. Por el contrario, los valores “progresistas” de futuro que representa la izquierda actual, prácticamente se han hundido en casi todos los países miembros de la Unión, salvo en Grecia y Dinamarca.

Europa ha elegido a quienes representan aquellos valores que nos son propios y comunes, por historia, por tradición, por cultura y religión. Europa se ha pronunciado y ha dicho que no es laica, que sus valores encuentran sus orígenes en la antigua Grecia primero, en Roma después y en los humanistas que se enraízan en su tradición judeo-cristiana. Que sus valores no son la cultura de la muerte —aborto y eutanasia— que a golpe de decreto trata de imponer la izquierda. Que sus fundamentos son el amor y protección a la familia y no su destrucción; el respeto a la dignidad humana; el fomento de la cultura; la educación basada en el esfuerzo; el espíritu de superación de la persona y con ella, el de toda la sociedad; el enaltecimiento de la libertad, la honradez escrupulosa del erario público, el prestigio y verdadero acatamiento de una justicia independiente, el avance y mejoramiento de las prestaciones sociales.

Europa no quiere el progreso de las subvenciones; no quiere que nadie le de cada día la sardina que le obligue a ser fiel a ningún amo; quiere su caña para pescar aquello de lo que sea capaz cada uno en función de su capacidad de esfuerzo, superación e inteligencia. Europa no quiere ese progreso que solo produce millones y millones de parados y el hundimiento económico que históricamente ha representado la política de las izquierdas. Europa no quiere el enchufismo familiar y político de quienes la gobiernen. Europa ha dicho no a la corrupción y con su voto ha rechazado ser el capricho y cortijo de sus dirigentes. Europa ha dicho sí a los estadistas honrados que no intentan darle gato por liebre; que son honestos y le dicen la verdad, en vez de venderle fantasías de humo y castillos de arena. Europa ha dicho sí a los líderes que representan la unión, la lucha por un prometedor futuro en base a unos ideales que se asienten en el esfuerzo conjunto y solidario, en vez de aquellos que solo por la ambición de poder, siembran con su política la desunión, el enfrentamiento y rivalidad entre territorios hermanos a que da lugar la desigualdad producida por una política que solo responde a intereses electorales de partido.

En España ha ganado las elecciones, la honestidad y coherencia representada por su cabeza de lista Jaime Mayor Oreja, Alejo Vidal Cuadras y en última instancia, el ejemplar gesto de esa mujer incorruptible que es María Sangil, que son miembros del PP y que con su actuación han demostrado representar todos aquellos valores a los que antes me he referido. Moralmente, las elecciones no las ha ganado el partido cuyo presidente, Mariano Rajoy, ha desilusionado con su tibia trayectoria, a tantos y tantos que rechazan la política que desde hace cinco años viene practicando el actual ejecutivo.

La Biblia, en el Apocalipsis 3:15-22, nos sorprende con una afirmación tan dura como esta: "pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca".

La tibieza equivale a la indiferencia, el miedo o la cobardía a enfrentarse con la realidad palpable y manifiesta y lo que moralmente produce, es un efecto de alejamiento. No porque origine animadversión, sino porque causa decepción y descrédito.

En este aspecto, puede ser de plena aplicación al tema que nos ocupa, la afirmación de la escritora Mercedes Salisachs en uno de sus trabajos: “Es indudable que la tibieza, venga de donde venga, aunque nos parezca suficiente para considerarnos cristianos, aburre, fatiga y, sobre todo, anula la posibilidad de ser ecuánime y de alcanzar esa alegría que nos proporciona el hecho de sentirnos amparados por la misericordia de Dios”.

El ser humano rechaza de plano las situaciones ambiguas y de indefinición. No debe equivocarse el PP por haber ganado este round a los puntos, cuando con lo que está cayendo, políticamente, debería haber debería haber dejado fuera de combate a su rival de tal forma, que este se hubiese visto obligado a plantear al parlamento la “cuestión de confianza”.

Esta victoria a los puntos, no debería llevar al PP a subirse al carro del triunfalismo, porque en tres años que quedan de legislatura, aun quedan muchos rounds por librar y en este tiempo —que en política es muy largo— al adversario aún le queda mucho margen de maniobra.

El PP debería reflexionar muy seriamente y enarbolar valientemente la bandera de los valores que se supone que representa y que sus votantes están ansiosamente esperando. El mejor camino no es el ponerse de perfil, porque la tibieza, en la mayor parte de las ocasiones, es el sinónimo más terrible de la incoherencia.

Cuando la sociedad, como dice la cita de la Biblia, nos ve tibios, ni fríos ni calientes, no soporta saber que estamos en el punto mas peligroso posible; en el punto en que nos creemos algo sin ser nada; en el punto de creernos cerca de algo o de alguien, cuando ese algo o ese alguien, preferiría que estuviésemos lejos. En estas situaciones, lo menos que se puede esperar, es ser conscientes de la situación.

La tibieza no tiene nada que ver con la incredulidad; una persona atea, que no cree en Dios, jamás será tibia espiritualmente. Simplemente es una persona fría. El tibio, según nos dice la Biblia, está en una posición mucho más desfavorable que el incrédulo.

El Tibio es una persona que se mueve entre dos aguas; no es una ser ardiente en el espíritu, pero tampoco es un incrédulo. El Tibio es un creyente conformado y satisfecho, pero que no crece en su vida espiritual.

Muchos pensarán: “mejor eso que frío” ¿no?. Mejor ser creyente, asistir a una iglesia, escuchar la palabra de Dios, que ser frío. PUES NO. La tibieza es la peor de las posturas espirituales, ya que es inherente a una persona que cree estar vivo; estima estar seguro; imagina discurrir por el sendero de la verdad, sin darse cuenta que está lejos de todo eso. El tibio, es el adepto a unos principios de los que un día hizo profesión de fe; que dijo aceptarlos como objetivo de su existencia, pero que se ha acomodado a las circunstancias imperantes. El tibio es un muerto viviente; un zombi; un cadáver espiritual que camina entre los vivos, pero que está exánime.

De ellos dice Dios: “Te vomitaré de mi boca”.

La posición del tibio es la más digna de conmiseración, y a la vez de miedo. Los tibios piensan que de ninguna cosa tienen necesidad, y sin embargo, sus semejantes los ven desventurados, miserables, pobres, ciegos y desnudos. El tibio vive conforme y a gusto con su actitud interior y esa conformidad, le impide percatarse de su verdadera situación.

En un momento dado, el incrédulo pude encontrarse con la realidad y percatarse de su situación de perdido; el tibio tendrá mas dificultades, pues se considera justo y salvo, aun cuando este tan perdido como el incrédulo.

Es fácil, muy fácil, entibiarse y peder el ardor de un primer amor; casi diríamos que es lo normal. Lo habitual es que el agua se entibie sola, no que se caliente. En la edad media, cuando dos ejércitos se enfrentaban, las ciudades asediadas solían reclutar a los más jóvenes para encargarles una misión de suma importancia. Uno de los métodos de defensa, era escaldar a los asaltantes. Para ello debían mantener hirviendo unas grandes cubas con agua, aceite o brea; pero la temperatura no debía bajar; debía estar hirviendo. Si estaba tibia, no servia de nada.

Creo que muchos hemos pasado por períodos de templanza, y es fácil acomodarse a la vida del tibio. A fin de cuentas no hay que hacer ningún esfuerzo, solo dejar correr el tiempo y esperar a que la fruta madure y caiga ella sola del árbol.

Pero la realidad es que si algo debe temer quien cree en unos principios, es precisamente ese entibiamiento, pues puede suponer el primer paso hacia la perdida del apoyo de quien un día confió en él. Por duro que suene, puede ser el primer paso hacia producir el vómito de Dios.

Con todo lo expuesto, lo más grave no es que unos u otros hayan ganado o perdido por el estrecho margen que han dictaminado las urnas. Lo que debe hacernos reflexionar a todos, porque llama muy poderosamente la atención de las personas sensibles, es que estos comicios, debiendo constituir una valoración por parte de la sociedad española de lo que viene ocurriendo últimamente, resulta verdaderamente sorprendente, el enorme desfase existente entre la dimensión de la crisis que estamos sufriendo y la tibieza de la respuesta de los sectores sociales, que particularmente están siendo más golpeados por la misma.

César Valdeolmillos Alonso.

jueves, 28 de mayo de 2009

Qué difícil es defender el honor de Dios


“Para que no se pueda abusar del poder,
es preciso que el poder detenga al poder”
Montesquieu

A pocos se les oculta que España está inmersa en un proceso global de descomposición promovido desde el poder, en el que para perpetuarse en el mismo, se viene atentando contra todo tipo de valores con el fin de establecer una sociedad ignorante y como consecuencia, amorfa. Una población que responda dócilmente a la amplificación de las consignas de los que Julián Marías dio en llamar “medios de desinformación”. Pero, como paso previo para lograr este objetivo, previamente es preciso, primero desacreditar y por último liquidar, cualquier tipo de obstáculo que se cruce en el camino trazado por ese poder: oposición política, leyes naturales, raíces, tradiciones, estructura del tejido social y por supuesto la Iglesia, sostén de los más trascendentales valores éticos y morales de nuestra civilización. Y para alcanzar este propósito, parece que cualquier procedimiento es válido.


Esta ambición de poder, me recuerda a la que dio origen al martirio de Thomas Becket en la Inglaterra del siglo XII.

Como es sabido, esta cuestión quedó magistralmente plasmada en 1935, en la obra del gran poeta Thomas Stearns Eliot, Premio Nobel de Literatura, “Asesinato en la Catedral”, que plantea la independencia y “lucha de investiduras, entre la autoridad secular y la religiosa”, personificada en las figuras del arzobispo Thomas Becket, primado de Canterbury, y Enrique II Plantagenet, que ceñía la corona de Inglaterra.

En 1967, el autor francés Jean Anouilh, partiendo de este hecho histórico que conmocionó a toda Europa, reflexiona sobre las honduras del alma humana, las tentaciones del poder y la relación entre el poder secular y el eclesiástico, en su obra más célebre: “Becket o el honor de Dios”. En ella expone la frecuente discordancia entre dos fuentes de legitimidad: la de la Iglesia y la del Estado, poniendo de manifiesto el dramático esfuerzo del Arzobispo por salvaguardar el honor de Dios, frente al presunto honor de su Príncipe.

En una primera lectura, es fácil quedarse con la foto fija de esta inicial exposición. Sin embargo, en mi modesta opinión, si profundizamos en la filosofía que el drama trata de transmitir, esta sobrepasa con mucho los límites de la acción concreta que los autores nos presentan, adquiriendo una dimensión más amplia y ecuménica.

El contencioso expuesto, no debería sorprendernos. Desde el comienzo de los tiempos, el ser humano sustituyó su infinita ignorancia, por su inconmensurable orgullo y así, a través de su organización social, manada, tribu, reino, imperio o república, cometió la abierta afrenta de intentar someter, “por el bien de la comunidad”, el poder divino al poder temporal, manipulando a su conveniencia las apetencias emocionales y materiales de las masas, y al igual que los asesinos de Becket, tachan de traidores y desleales al poder democrático, a quienes se oponen a sus ocultos y tendenciosos designios, mientras que sus actos constituyen un atentado permanente contra cualquier tipo de valor que no favorezca los intereses del rey.

Irónico, contradictorio y vano intento, con el que el hombre, instalado en su ilimitada soberbia, pretende invertir el orden natural, intentando someter al Creador al servicio de su obra, en vez de estar ésta, al servicio de su Hacedor.

A este respecto, convendría recordar las palabras del Cardenal Arzobispo Emérito de Valencia, Agustín García Gascó: “Gobernar —como si Dios no existiera— lleva a la desintegración personal y social… Todas las decadencias morales y la gravedad de problemas de nuestro tiempo, como el terrorismo, la violencia contra las mujeres y los niños, la desinte-gración de la familia y de los vínculos familiares, son consecuencia de algunos que se empeñan por construir la vida y el mundo a espaldas de Dios, contra Dios mismo”.

Pero nada de esto es nuevo. La confrontación entre lo temporal y lo intemporal es una discordancia que ha existido siempre y que yo me atrevería a decir que es coherente con la hasta ahora menguada capacidad de comprensión del género humano. Es la armonía de la desarmonía que forma parte de un todo. No cabe concebir la existencia del bien, sin la presencia del mal. Y es bajo esta concepción —de que nos habla Heráclito— donde hallamos la grandeza de la Inteligencia que gobierna todas las cosas, por medio de todas las cosas.

Partiendo de una situación propia de la época feudal que evidencia el conflicto entre la Iglesia y el mundo, es fácil proyectar luz sobre muchos acontecimientos del presente.

El auténtico drama, lo sitúa Eliot en el coro de mujeres —importantísimo en su obra—representando al pueblo que intenta evitar la confrontación y se contenta con el malvivir de la tranquilidad, con la estabilidad de la inestabilidad.

Somos nosotros, los católicos descomprometidos los que representamos a ese coro de mu-jeres que no quiere de ningún modo que Becket regrese de su exilio, no por desprecio a su figura —la Iglesia— sino por los malos augurios que para su actitud acomodaticia a la situación establecida representa; en este caso, la necesidad de mirarnos al espejo y ver embarazosamente reflejado en el mismo, el egoísmo de nuestra relajación ética y moral y la falta de compromiso con los valores que supuestamente afirmamos representar.

"¡Oh, Tomás! Vuelve, Arzobispo; vuelve, vuélvete a Francia" (Primera Parte, p.45)

¿Estamos seguros de que no serían estas nuestras palabras, si viésemos regresar a Jesús?

¡Dramático contraste el que muchos de nosotros debemos albergar en nuestras conciencias!

Es una realidad constatable que, actualmente, a muchos no les importa el honor ni el alma, quizá porque tampoco Dios les interesa, si no es para alardear de ignorarlo o convertirlo en motivo de chanza. Por fortuna, no siempre es así, por los muchísimos que, de diversas maneras, creemos en un Ser Supremo. Sin embargo, a diario somos testigos de la mofa fácil, que aunque desacredita a quien la practica y que, quizá carente de argumentos más sólidos, recurre a ese método para denigrar a los no situados en la línea de su pensamiento, el sistema es demoledoramente eficaz con los acríticos o irreflexivos. La razón del triunfo de esta estrategia, se produce por falta de sosiego y de formación del individuo, instalándose así el pensamiento dominante a través de consignas repetidas y amplificadas hasta la saciedad. Pero existe una razón mucho más poderosa que las ya expuestas. Y es que la enojosa verdad, nos obliga a enfrentarnos con nosotros mismos, y nos negamos a admitir que hemos sustituido a Dios, por los ídolos del poder, el dinero, la fama, el sexo, las ideologías, el deseo de ser dioses, etc, deshumanizándonos y apoderándose de nosotros hasta sustituir-los por los auténticos valores éticos o morales. Como decía Max Scheler: “Nos encontramos en la primera época en la que el hombre se ha hecho problemático de manera completa y sin resquicio, ya que además de no saber lo que es, sabe que no lo sabe”. La egoísta postura de querer acomodar la religión a las personales conveniencias y la cobardía a poder ser tachados de fanáticos, es lo que hace que muchos cristianos se conviertan en los principales aliados de las tesis materialistas, actuando igual que los sacerdotes de “Asesinato en la Catedral”, que recomiendan a Tomás durante la vigilia que precede al martirio, “que no combata lo que no puede”.

Con ser muy grave esta actitud, no es la peor y más dolorosa de todas, porque aquellos que hacen más daño —a la Iglesia y a ellos mismos— son los que yo llamo secuestradores de Dios, fariseos que cínicamente aparentan cumplir con los preceptos de la religión, frecuentando nuestros templos, rezando ante sus imágenes —algunos llegan a tener la osadía de llamar al crucificado su amigo— y acercarse a tomar el Cuerpo de Cristo, cuyo infinito amor y misericordia, hace que éste no se les caiga de las manos.

En la obra de Anouilh, los fariseos están magistralmente representados por la figura del Rey Enrique II, cuando después de haberse dejado azotar por los monjes al pié del mausoleo de Becket, con una majestad hipócrita, manifiesta: “Era necesaria esta mascarada. Conviene que tengamos de nuestra parte el honor de Dios”.

Cuando un hombre o una mujer dice ser cristiano, ha de tomarse esta condición en serio, aceptando y comprometiéndose con las creencias y moral que libremente hace suyas. Sabe que no va a tener una vida fácil ni cómoda —ir contra corriente nunca lo es— y, que du-rante su vida, ha de dar un auténtico testimonio de fe en Jesucristo y de amor verdadero. ¿Es dar un testimonio de fe en Jesucristo y de amor auténtico, arruinar el propio matrimonio y ser infiel al cónyuge, destruyendo otras uniones y hogares, porque las cosas no hayan salido a la medida de sus apetencias, o es puro egoísmo personal? ¿Cuántas veces Becket, o lo que es igual, la Iglesia, no es traicionada cada día por personas que, incluso algunas, como Judas, comen de su propio pan, al tiempo que hacen fingida, desleal, ostentosa e hipócrita manifestación de ser fervorosos creyentes? ¿De cuántas situaciones de amancebamiento no sabemos, en las que, sin el menor escrúpulo, se involucra —a veces incluso induciéndoles a que sean cómplices— a hijos menores o adolescentes? ¿Qué testimonio reciben estas criaturas con actuaciones como estas? ¿Qué amor y respeto pueden esperar de ellos el día de mañana, los padres que así obran? ¿No se provoca con estos hechos la división dolorosa entre los miembros de una misma familia? ¿Cuál será el comportamiento de esos hijos en la vida, formados sobre la base de estas vivencias en las que impera el más absoluto egocentrismo carente de los más mínimos valores? Y todo ello vanamente justificado por la pregunta ¿Es que no tengo derecho a ser feliz? Pero no vale reconocer después los errores y arrepentirse, porque como dice Becket: “El tiempo no vuelve jamás atrás”. No existe el pasado ni el futuro. Solo existe el hoy. Cuando recordamos el pasado o soñamos el futuro, siempre es en el “hoy”.

De los fariseos, dice el Evangelio según San Mateo:

23:5 Todo lo hacen para que los vean; agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos;

23:25 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de rapiña e intemperancia!

23:27 Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia!

23:28 Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.

Viene al caso recordar las palabras que monseñor Juan Antonio Reig Pla, pronunció con motivo del Encuentro Mundial de las Familias celebrado en México el pasado mes de ene-ro, bajo el lema: “La familia formadora en los valores humanos y cristianos”: “El carácter propio de la familia cristiana se especifica en la transmisión de la fe a los hijos y en conseguir hacer de la propia familia, una “pequeña Iglesia”. Una Iglesia doméstica, en la que se anuncia el Evangelio de Jesucristo, se celebra la propia fe y se vive el amor cristiano. Un testimonio vivo de la familia cristiana. Un canto a la belleza de la vocación al matrimonio, a la vida humana”.

El Señor no pide a la mayoría de los cristianos que derramen su sangre en testimonio de su fe. Pero sí requiere de todos una profunda firmeza para vivir fieles al compromiso libremente adquirido, en ambientes hostiles a sus principios. Por eso, el cristiano de hoy, necesita de modo especial de la virtud de la fortaleza, como contrapunto a la maldad, falsedad, hipocresía, egoísmo desaforado, disipación y ausencia de valores humanistas que le rodean.

Al igual que Becket en la víspera del martirio, sufre la infinita soledad del abandono del pueblo y hasta de sus propios sacerdotes, cuya ambición les induce a mirar hacia otro lado mientras los poderosos de este mundo proyectan destruirle y sólo puede apoyarse en Dios, así la Iglesia soporta en nuestros días una planificada destrucción por parte de sus enemigos, ante la mirada indolente, cuando no cómplice, de una buena parte de su rebaño. Pero, aunque continúen produciéndose asesinatos en las catedrales, como el del Arzobispo de El Salvador, monseñor Romero, en 1980 o el del Arzobispo de Guatemala, monseñor Gerardi, en 1998, ninguna de estas perturbaciones le hará abdicar de la única verdad, la de Dios, que como dice Eliot, es quien marca el camino, la roca en que apoyarse y el pie firme con-tra el eterno flujo de fuerzas encontradas.

Consciente de que su hora final había llegado, en la homilía de Navidad, Becket dijo: “porque dondequiera que vivió un santo, dondequiera que un mártir dio su sangre por la sangre de Cristo, la tierra se hace sagrada y su santidad no desaparecerá, aunque los ejércitos la pisoteen, aunque lleguen viajeros a visitarlas…”.

Por ello, en estos tiempos de tan grandes turbulencias y profunda desorientación, no nos vendría mal a todos, recordar y aplicar aquellos hermosos versos que Calderón de la Barca, príncipe de las letras españolas, puso en boca del Alcalde de Zalamea: “Al rey , la hacienda y la vida se han de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios”

César Valdeolmillos Alonso



______________________________

[1] Entre los judíos, miembro de una secta que afectaba rigor y austeridad, pero eludía los preceptos de la ley, y, sobre todo, su espíritu. Hombre hipócrita. Hombre alto, seco y de mala intención o catadura. (Diccionario de la Real Academia Española).

[2] Cada una de las dos pequeñas envolturas de cuero que contienen tiras de pergamino con ciertos pasajes de la Escritura, y que los judíos, durante ciertos rezos, llevan atadas, una al brazo izquierdo, y otra a la frente. (Diccionario de la Real Academia Española).

[3] Entiéndase en este caso por rey, poderes públicos, medios de comunicación y estados de opinión de la sociedad.