Yo no quito el crucifijo
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viernes, 19 de noviembre de 2010

Rebuznos




“Dale de comer rosas al burro y te responderá con un rebuzno”
Con mi mayor respeto a todos los pollinos del mundo.



Hay una sentencia anónima que dice: “Mezcladas andan las cosas: junto a las ortigas nacen las rosas”. Y esa es ahora la situación de nuestra querida pero maltrecha España.

En el escenario en el que en estos momento nos desenvolvemos los españoles, todo es confusión, desconcierto, inseguridad, temor a no saber como ni cuando podremos salir de ese laberinto que es el amasijo de circunstancias que han hecho saltar por los aires, no solo nuestro bienestar material, sino lo que aun produce mayor zozobra en nuestro espíritu: la voladura controlada que desde el poder se ha hecho de todos nuestros valores y principios, los cuales constituyen parte de nuestro propio ser y la base de una concepción de la existencia.

La visita del Papa para abrazar al apóstol Santiago y consagrar como basílica el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, ha sido la ofrenda de una rosa de amor. Amor que algunos han pretendido mancillar con sus espurios intereses políticos, a los que ineludiblemente van unidos los personales. Ha sido algo tan hermoso que debe hacernos comprender que hay que regocijarse, no de que para llegar a las rosas, haya antes que pasar por las espinas, sino de que las espinas estén recubiertas de rosas.

El primer intento fue el de los nacionalistas catalanes al presentar el gesto del Pontífice de hablar en catalán, un reconocimiento de la identidad nacional de una Iglesia catalana. Pueril y tosco argumento ya que ¿todos? sabemos que solo hay una Iglesia que está en los cinco continentes; que asume, protege y fomenta por respeto, las raíces de todos los pueblos y precisamente por ese motivo es Universal. La Iglesia en la propagación de su mensaje, no hace distinción entre razas, continentes, naciones, nacionalidades y regiones y mucho menos entre ideologías. Hay saber distinguir e interpretar en su justo contexto, entre lo que es su función fundamental que es la propagación de la verdad revelada y otra el respeto debido a la identidad cultural y antropológica de los pueblos, como símbolo de la libertad del ser humano.

El Papa, como cabeza visible de la Iglesia católica más grande del mundo, con más de 1.100 millones de seguidores, no precisa de la de arrogante insolencia del dirigente de un pequeño partido político nacionalista como Artur Mas, cuando este, a modo de condicionante advertencia manifestó: “El Papa tiene que ser consciente de que viene a una nación que es Cataluña, y que no va a una región… meridional mediterránea…, pues sin mucha personalidad… el Papa tiene que ser consciente de que viaja a una nación de profundas raíces cristianas con una identidad propia forjada a lo largo de los siglos. Yo creo que el Papa eso lo entenderá y, si no, le ayudarán a entender que esa es su visita también”. Más adelante y contradiciéndose manifestó: “que para él, como cristiano, la visita de Benedicto XVI "tiene mucho más sentido como padre de la Iglesia católica que como jefe de Estado. Jefes de Estado tenemos muchos, pero representantes al máximo nivel de la Iglesia católica del mundo cristiano, de esos no tenemos muchos".

Como podrán observar por su estilo, su forma de expresión y por la profundidad de su pensamiento, Artur Más sobrepasa de largo a los príncipes de las letras y grandes pensadores españoles.

Francamente, tanto el fondo como la forma de estas manifestaciones, no es que me parezcan propias de una indigna soberbia y menosprecio al resto de los españoles, a los católicos de todo el mundo, a la Iglesia y al propio Papa directamente. Con perdón para los jumentos, me parecen un acomplejado e injustificado rebuzno.

El segundo intento, fue la inconveniente descompostura de nuestro presidente Sr. Rodríguez Zapatero, al ausentarse inoportunamente de España y no estar presente en los actos litúrgicos que para la visita del Papa, estaban programados desde hace muchísimo tiempo. Personalmente me parece una indecorosa y premeditada provocación, pues si bien son respetables sus creencias personales, como Presidente del ejecutivo español, no debe olvidar que legalmente representa a la totalidad todos y cada uno de nosotros, lo que le obliga como mínimo, a respetar las más elementales normas de cortesía para con otro Jefe de Estado que por encima de ello, es guía espiritual de una inmensa mayoría de españoles, practicantes o no practicantes, pero que basan su conducta y razón de ser, en los fundamentos y valores de la fe cristiana. Con mi mayor respeto a los rucios del mundo, entiendo personalmente que el comportamiento de nuestro presidente ante el mundo, una vez más ha sido la proyección de otro estentóreo y discordante rebuzno que contrasta con las palabras de unión, concordia, diálogo, entendimiento y encuentro, proclamadas por el Papa en su visita apostólica a España.

No se porqué, cuando escribo estas breves reflexiones, me viene a la mente el refrán español: “Rebuzno de burro no llega al cielo”.

César Valdeolmillos Alonso.

lunes, 15 de marzo de 2010

La ética de la conveniencia




“Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes fueron de oro puro, sino de oropel y hoja de lata”
Miguel de Cervantes Saavedra
Príncipe de los Ingenios



Solo la gran insignificancia del ser humano y la inmensa ruindad que es capaz de albergar en su interior, me permiten entender las felicitaciones y los aplausos de los parlamentarios socialistas, cuando el pasado 24 de febrero, el Senado español dio luz verde a la nueva ley del aborto.

¿Alborozo y satisfacción por los cientos de miles de criaturas inocentes e indefensas que esta injusta Ley va a permitir que nunca lleguen a ser? Decía el gran sofista griego Protágoras, que: “El hombre, es la medida de todas las cosas” y por tanto, también del mal.

La vida es el supremo bien que estamos obligados a preservar y defender. Consecuentemente, ningún crimen, sea cualquiera la causa que nos indujese a cometerlo, puede encontrar fundamento razonable para realizarlo y por ende, por ninguno de los supuestos que contempla la nueva Ley.

No es cuestión ahora de entrar en la falaz discusión de en que momento comienza la vida humana, por cuanto la ciencia ha demostrado de forma irrefutable que este hecho se produce en el mismo instante de la concepción.

Desde el momento que una mujer queda embarazada, lo que hace es albergar en su seno una vida independiente de la de sí misma y sobre la cual, aun cuando pudiera existir grave riesgo para su vida o salud, no tiene la menor potestad. De ahí que cualquier acción que lleve a cabo contra esa vida, constituya un asesinato sin ningún tipo de atenuante.

El otro supuesto que contempla la nueva norma, el de que existan graves anomalías en el feto, tampoco nos otorga el menor derecho a disponer de ese ser. La vida de un ser humano, es algo infinitamente más grandioso que un cuerpo con todas sus limitaciones, al estar dotada de una inteligencia para pensar, razonar, crear y desarrollarnos y que nunca podremos saber lo que será capaz de aportar al verdadero progreso de la humanidad. Si se hubiese producido esta circunstancia en el caso del gran físico, cosmólogo y divulgador científico inglés, Stephen Hawking, sus conocimientos y sabias aportaciones, jamás hubieran visto la luz, de haberle sido aplicada la nueva legislación española sobre el tema que nos ocupa y que entrará en vigor el próximo cinco de julio.

Pero es que no hace falta ninguno de estos supuestos, porque la mayor perversión de esta Ley, es que permite la degradación de que, a partir de los dieciséis años y “sin intervención de terceros”, una madre destruya a su propio hijo a su libre albedrío.

La inconmensurable indignidad y egoísmo del ser humano, es lo que al filósofo y escritor indio, Rabindranath Tagore, le hizo afirmar que: “El hombre es peor que una bestia, cuando la bestia domina en él”.

La mayor de las maldades, se produce cuando la hipocresía, la falsedad y los intereses bastardos, se ocultan tras la máscara de la legalidad, pero la verdad es que un aborto provocado siempre será un asesinato y seguirá siendo verdad, aunque se piense o nos quieran hacer ver lo contrario y el mal seguirá siendo el mal, aunque todo el mundo lo practique, mientras que el bien seguirá siendo el bien, aunque nadie lo hiciera.

Se ha presentado este inconcebible contrasentido, como un progreso en el derecho de la mujer, cuando la va a convertir de por vida, en esclava de su propia acción. ¿Qué progreso femenino es el que proporciona al hombre carta blanca sin responsabilidad alguna, ya que ni siquiera se tiene en cuenta su paternidad a la hora de decidir el futuro de la vida que él ha promovido?

Decía Albert Einstein que: “La palabra progreso no tiene ningún sentido mientras haya niños infelices” y cabría añadir: cuanto más, si los matamos cuando son absolutamente indefensos.

La realidad es que la nueva norma fue aprobada por mayoría en las Cortes Españolas y tal y como señala la Constitución, le fue presentada a la firma a Su Católica Majestad, Juan Carlos I.

La Constitución española, dice que el Jefe del Estado, sancionará las leyes que hayan sido aprobadas por el parlamento, pero no cita “obligatoriamente”, lo que le permite negarse en un caso como este, en el que supuestamente la norma, como cristiano católico, contradice lo que se presume que son sus propias creencias y principios.

No se puede ignorar que, ciertamente, una negativa a firmar, produciría una crisis institucional, que podría costarle al monarca la corona. Pero tampoco un católico puede desconocer y hacer caso omiso de que la Ley Divina, está por encima de las leyes de los hombres. Volvemos como siempre al eterno contencioso entre Becket y Enrique II Plantagenet, Rey de Inglaterra.

Me vienen ahora a la memoria las figuras de los presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República Española, Nicolás Salmerón Alonso, político y filósofo español, que dimitió por negarse a firmar una pena de muerte y la de Estanislao Figueras y Moragas, que presidiendo un Consejo de Ministros, harto de debates estériles, mostrando toda la delicadeza y finura de su espíritu, llegó a gritar en catalán: «Senyors, ja no aguanto més. Vaig a serlos franc: estic fins als collons de tots nosaltres!». «Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!». Tan harto que el 10 de junio dejó disimuladamente su dimisión en su despacho en la Presidencia, En aquel tiempo en la actualmente desaparecida Casa de los Heros, en la calle Alcalá número 34,.se fue a dar un paseo por el parque del Retiro y, sin decir una palabra a nadie, tomó el primer tren que salió de la estación de Atocha. No se bajó hasta llegar a París.

La moral no es nuestras creencias, sino la forma que damos a nuestra vida con nuestros hechos. Es preciso saber lo que se quiere; hay que tener el valor de decirlo y cuando se dice, es menester tener el coraje de hacerlo, porque los pueblos son grandes, no por el tamaño de su territorio, ni por el número de sus habitantes. Ellos son grandes, cuando sus hombres tienen conciencia cívica y fuerza moral suficiente, que los haga dignos de una civilización y cultura que los conduzca al progreso del perfeccionamiento moral y humano.

En España se ha pasado de la ética de los principios, a la ética de la conveniencia y lo cierto es que, evocando el Evangelio, cuando el Gran Sanhedrín o lo que es igual, nuestro parlamento, sometió a la decisión del Prefecto, nuestro Rey, la suerte del inocente indefenso, no hubo un Poncio Pilato que tratase de salvarlo.

César Valdeolmillos Alonso

sábado, 16 de enero de 2010

La ceguera de Europa


"Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven."

José Saramago


La separación e independencia del poder temporal y el poder divino fue establecida cuando los fariseos, intentando sorprender a Jesús, le enviaron a sus discípulos con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres. Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario. Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la inscripción? Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. (Mateo 22:16 a 22:21).

Es precisamente esta filosofía la que promueve la libertad religiosa, entendiendo por ella no sólo la libertad de cada ciudadano para profesar la religión que crea verdadera, sino también la “libertad frente a la religión” misma, que ampara incluso a quienes no deseen profesar ninguna. Esta concepción de la libertad de la persona, es tan amplia y absoluta, que hace evidente que la profesión de una fe religiosa, bajo ningún concepto puede constituir un agravio para quienes profesan otro credo o para quienes no profesan ninguno.

El litigio entre la autoridad secular y la religiosa —que jamás ha dejado de estar vigente— ha adquirido notoria relevancia con el pronunciamiento de la Corte de Derechos Humanos europea, al establecer el pasado 4 de noviembre que la presencia de crucifijos en las escuelas públicas de Italia, viola las libertades religiosas y de educación. Este fallo, fue criticado por el Vaticano y generó la reacción del gobierno italiano, ya que el mismo contempla la laicidad, no como neutralidad del Estado ante el hecho religioso o ideológico, sino como ausencia de visibilidad de la religión. El veredicto crea una situación falsa y engañosa que posibilitará un escenario carente de toda concepción creyente, pero no, sin embargo, libre de otras filosofías antirreligiosas de impacto ético equiparable, orientadas a desencadenar la eliminación de las conciencias. Una posición que está siendo alentada por poderosos sectores con extraordinario poder mediático, interesados en moldear la opinión pública conforme a ideologías que se ajustan sus particulares intereses, comprometidos con los egoísmos políticos y económicos y no con la búsqueda de la verdad y del bien común.

Es esta una sentencia histórica, al ser la primera vez que el tribunal se pronuncia sobre la presencia de símbolos religiosos en las escuelas. En ella, concede razón a una ciudadana italiana de origen finlandés, enérgica defensora de su libertad, a la cual ofende la presencia de una Cruz colgada en la pared o puesta sobre la mesa de una escuela pública. Y ante tal decisión de la Corte Europea de Derechos Humanos, cabe preguntarse: ¿Qué derechos humanos y de quien, son los que defiende esta corte? ¿Qué instancia vela la tutela de la libertad religiosa en el mundo? ¿Dónde queda la libertad de millones de europeos a los cuales en modo alguno ofende la Cruz en las escuelas, porque —con independencia de las creencias religiosas individuales— la misma, recuerda y constata la identidad de todo el mundo occidental. Una identidad enraizada en la tradición histórica, filosófica y cultural del humanismo judeocristiano.

Si la causa por la que la Corte de Derechos Humanos de Estrasburgo ha sentenciado que la presencia de un Crucifijo en una escuela es «contraria a la libertad religiosa», se debe a que el símbolo se encuentra ubicado en un lugar público, en virtud de ese mismo principio, cabe deducir que es «contraria a la libertad religiosa» la exhibición cualquier símbolo confesional —no solo los cristianos— en cualquier espacio público de cualquier país europeo y consecuentemente, en base a este veredicto, habrían de eliminarse los mismos, para que nadie se sienta agraviado.

Como si de una historia de ciencia ficción se tratase, de aplicarse finalmente los fundamentos de esta inverosímil sentencia —jurídicamente muy discutible y en la práctica, de irrealizable aplicación— Europa mudaría su faz de tal suerte que quedaría irreconocible y convertida en suelo yermo, a merced de los ocultos y bastardos intereses que se esfuerzan en que de la civilización occidental, se adueñe un falso y fingido laicismo.

El pronunciamiento es muy discutible, porque la libertad de la ciudadana italo-finlandesa, termina donde comienza la de otros muchos millones de ciudadanos que sí quieren mantener la presencia de la cruz, porque ésta constituye la evidencia reveladora de sus señas de identidad heredadas de sus antepasados. A la sombra de las mismas han nacido, crecido, jugado, educado y desarrollado y las sienten como parte de sí mismos, porque irremisiblemente y para siempre, forman ya parte de sus vidas. ¿En que calle o plazuela no hemos jugado de pequeños, ante la presencia de la imagen de una virgen o una cruz?

Decían los griegos que no es humana una vida inanalizada. Si observamos los principios fundamentales de las cinco grandes religiones del mundo conocido: Budismo, Judaísmo, Cristianismo, Islamismo e Hinduismo, observaremos, que salvo particularidades propias de las características sociológicas de los pueblos y las épocas en las que éstas encuentran su origen, todas ellas intentan dar respuesta a los enigmas de la existencia del ser humano: su naturaleza; el sentido y propósito de su vida; el concepto del bien y el mal; la causa y el fin del sufrimiento; el camino hacia la felicidad, la muerte y el misterio que envuelve su origen y su destino. Consciente o subconscientemente, el sentimiento religioso impregna y da sentido a la existencia de cada uno de nosotros, incluso de aquellos que se declaran agnósticos, porque la propia negación de Dios, constituye la implícita afirmación de su existencia. El hecho religioso trasciende de la persona; se proyecta a través de sus deseos y objetivos, y se manifiesta en la totalidad de sus acciones. Es de este modo como se forja un concepto de la vida y con ella un modelo de sociedad.

Nadie que profundice en el hecho religioso con rigor y conocimiento, podrá negar la penetrante y decisiva influencia que este ha tenido en el desarrollo de la civilización humana. De hecho, toda cultura se constituye y articula, en sus elementos principales, en referencia al núcleo religioso de la misma. Prueba de ello es que, como tal, históricamente no se conoce ninguna cultura atea o agnóstica. Es una realidad incuestionable, que desde el comienzo de los tiempos, la religión ha arraigado, cual vigorosa raíz, en las profundidades de ese campo rico y fecundo que es el espíritu del hombre, soplo de Dios que nos hace humanos y nos distingue del resto de los seres vivos de la Creación.

Es una raíz que se adhiere a nuestras entrañas y de nuestra propia esencia, toma la savia que genera el tronco vigoroso de nuestra vida, dando respuesta a la eterna cuestión del sentido de nuestra existencia, de nuestro origen y pertenencia; la pertenencia de la que brotarán las ramas que trascienden a la esfera social y pública, a través de nuestra obra que es la que configura los profundos surcos de la historia.

Quienes pretenden reducir la religión –o la ética– al ámbito exclusivamente “privado” de la existencia humana, no han entendido su verdadera dimensión. Aristóteles sí lo entendió: “Ninguna de estas dos cosas puede privatizarse”. La religión no puede circunscribirse al ámbito material de los centros de culto, como la política no puede ser encerrada en el ámbito estrictamente material de los foros oficiales, porque una y otra tienen una proyección e incidencia tan profunda sobre todos y cada uno de los miembros de la sociedad, que entrambas configuran nuestro pensamiento y modelo de vida.

Resultará una empresa estéril pretender ignorar nuestros orígenes greco romanos, de los que hace más de dos mil años nació el humanismo cristiano, que es la concepción de vida y modelo de sociedad en que se basan nuestras leyes –Derecho Romano- nuestra historia, costumbres, rituales, tradiciones, fiestas, arte, cultura y hasta la propia arquitectura de nuestras ciudades.

¿Con cuantas hornacinas, pequeñas ermitas, imágenes y cruces nos encontramos por los caminos de Europa —lugares públicos— dispuestas para que caminantes y peregrinos pudiesen orar durante el desarrollo de sus largas y duras jornadas? ¿Qué haremos con nuestros cementerios que están plagados de cruces e imágenes? Al ser lugares públicos, ¿habremos de arrasar con todas ellas?

Quizá convendría recordar en este punto la interesada y desmedida resonancia mediática que en diversos países ha alcanzado la persistente pretensión de alguna niña musulmana, de asistir a clase en un colegio público, con el chador, foulard o hiyab islámico. No creo que la defensa de estas creencias por parte de quienes las practican, sean compatibles con el laicismo rampante que se yergue sobre Occidente.

Sin embargo, incongruentemente, para defender la libertad de ateos, agnósticos, masones y seguidores de otras religiones y no ofenderles, se pretende que los cristianos circunscribamos nuestra confesión al ámbito de lo estrictamente privado. ¿Habremos por consiguiente de desguazar nuestros museos que son lugares públicos plagados de célebres obras de arte de carácter religioso? ¿Eliminaremos de nuestras bibliotecas públicas toda obra inspirada o que haga referencia al humanismo cristiano? ¿Las eliminaremos de las librerías que son establecimientos públicos? De nuestros teatros, que son recintos públicos, ¿eliminaremos la representación de toda joya teatral o musical para no ofender a los no creyentes o devotos de otras confesiones? A las fiestas de Navidad y Semana Santa —que se celebran en todo el mundo occidental— ¿habremos de llamarles “fiestas del solsticio de invierno o de primavera” para no incomodar a quienes no compartan nuestras creencias? ¿Habremos de eliminar, procesiones y romerías, consustanciales con nuestra cultura, historia y tradiciones? En esta misma línea, al Papa y sus pastores, tendrían que recluirse en el recinto del Vaticano y sus parroquias para no irritar a los no creyentes y desde luego habrían de suprimirse las misiones y toda la obra benefactora que han realizado a lo largo de su historia. Como no sea en la intimidad de nuestro hogar, ya no podríamos escuchar en un auditorio público la obra profundamente religiosa de Bach, el Mesías de Haendel o los Requiem de Verdi, Mozart o Brahms —por no citar más que algunos ejemplos de las grandes obras maestras de la música— para no herir la sensibilidad de los que no comulgan con nuestras creencias.

Llegando a las últimas consecuencias del absurdo, en virtud de los principios de esta sentencia de la Corte de Derechos Humanos de Estrasburgo, debería de abolirse el actual calendario gregoriano, oriundo de Europa, basado en el origen de la era cristiana, considerado tan extraordinario avance científico, que se ha erigido en uno de los más valiosos patrimonios de la cultura occidental, actualmente utilizado de manera oficial en todo el mundo.

Es evidente que el cristianismo ha configurado la cultura y el pasado de Europa. La cuestión es saber si esa herencia cultural pertenece, definitiva y exclusivamente, al pasado, o si puede desempeñar aún un papel configurador en el futuro de nuestro continente. En otras palabras, si el cristianismo declina, lenta, pero inexorablemente, hasta convertirse en un residuo marginal o si, por el contrario, es capaz de revitalizar estas viejas estructuras; si Europa como tal, puede sobrevivir prescindiendo del cristianismo, o no.

De llegar a culminarse el proyecto laicista imperante entre el mundo de la progresía, ¿Podríamos realmente llamarnos europeos? Nunca como hasta ahora, estas cuestiones han adquirido tanta fuerza e importancia. Sin embargo, como señala el filósofo italiano Giovanni [1], es precisamente ahora cuando resultan más esquivas. Si no se quiere reducir Europa a un mero desafío político o económico, es necesario tener el valor de lanzar una mirada al origen de nuestra historia, a la posibilidad de renovar al hombre europeo, reviviendo de forma nueva sus raíces históricas, culturales y espirituales.

Como ha reconocido el profesor Jürgen Habermas [2], la supervivencia del Estado democrático y liberal únicamente será posible merced a ciertas actitudes y aptitudes morales y cívicas que hoy en día tan sólo atesoran las tradiciones religiosas, y en Europa particularmente el cristianismo, afirmando al mismo tiempo de manera inequívoca, que es contrario a la esencia misma del Estado democrático y liberal, promover el laicismo desde el poder.

Mientras que la fe parece ser más sentida que nunca en todo el mundo, Dios parece ser considerado por muchos, un absurdo anacronismo en Europa. Ya en el verano de 1999, el semanario estadounidense «Newsweek» publicaba una interesante y provocadora investigación en la que reconocía que en el final del pasado milenio, en el viejo continente, las estadísticas revelaban una indiscutible crisis de espiritualidad. El 39% de los franceses se declaraba sin religión; el 56% de los ingleses creía en un Dios personal. En algunos países, como en la República Checa, la práctica dominical no llegaba al 3 por ciento, dato que se repetía también en otros países de la Europa occidental. Los maravillosos templos que marcan la unidad arquitectónica de Europa están en buena parte vacíos, hasta el extremo de que en Holanda, se han vendido iglesias que ahora son utilizadas como mezquitas.

La fuerza del proceso de integración europea, como vieron lúcidamente sus fundadores (Adenauer, de Gasperi o Schumann), depende de la capacidad para crear «una comunidad homogénea», es decir, de su solidaridad y de su subsidiariedad.

Las conclusiones del informe emitido por los cerca de cincuenta intelectuales más prestigiosos de Europa, hombres y mujeres del mundo de la cultura y del pensamiento occidental que intervinieron en el Simposio presinodal europeo, organizado por el Consejo Pontificio para la Cultura, señalan que es en este punto en el que se hace presente la aportación cristiana. En el mismo se manifiesta que no será posible la verdadera unidad Europa, si antes no tenemos conciencia de que primero debe producirse una comunión de identidades y principios, evolución que no puede basarse simplemente en el legado histórico y cultural del pasado, sino que debe encontrar su auténtico fundamento en los valores esenciales aportados por el cristianismo al viejo continente: substancialmente, la consideración del ser humano como persona, los conceptos de libertad y de igualdad. Estas concepciones, son ininteligibles si antes no abandonamos la sustitución realizada del telón de acero, por la cultura de la gran ciudad que sumerge al hombre en el materialismo consumista y el anonimato de la secularización, aún más impenetrable que el anterior. La nueva Europa, no se puede construir implantando un laicismo que nos conducirá irremisiblemente hacia el individualismo salvaje y el vacío colectivista, sino por el contrario, creando un modelo social más humano, capaz de abrir espacios para una nueva cultura.

Estamos al borde de reducir nuestro viejo continente, al mercado de los analistas de mercado. El profesor Schambeck [3] denunció hace ya más de una década el ocaso de la idea europeísta y su transformación en pura aritmética económica que, si bien la convierte en una potencia comercial, reduce las metas éticas a la mera posesión de bienes materiales, y entierra los valores humanos bajo la lógica implacable del mercado.

Se trata de revitalizar el árbol haciendo que se nutra de sus raíces originarias, devolviéndole la savia que le dio vida y forjó su razón de ser, impidiendo que se marchite mediante el ataque de la nueva idolatría del materialismo egoísta. Es vital para nuestro continente reencontrarse con sus raíces. No para recrear la cristiandad medieval, sino para volver a beber de las fuentes que la hicieron fecunda, y sin las cuales corre el grave riesgo de terminar por desaparecer.

Una sociedad sin trascendencia no es viable, y la demostración tangible de esta aseveración la ofreció la caída del comunismo en 1989, que tuvo un significado espiritual inmenso.

Recordemos que al igual que tras la reconquista de Granada por parte de los Reyes Católicos —al contrario de lo que está ocurriendo en estos momentos— la unidad de España se produjo en base a una profunda unidad espiritual, Europa sólo podrá sobrevivir reencontrándose consigo misma, con sus valores y principios inspirados en el humanismo cristiano. No se puede separar el tronco de sus raíces a partir de las cuales nacieron los frutos —las naciones y las culturas europeas— sin que este muera. Como dice Saramago: "Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.

Por ello, a este continente desilusionado, al que la libertad reencontrada no ha traído la felicidad, Juan Pablo II, en la inauguración del Sínodo de los Obispos de 1999, quiso lanzar este sentido llamamiento: «Europa del tercer milenio; no te quedes con los brazos caídos; no cedas ante el desaliento; no te resignes ante las maneras de pensar y de vivir que no tienen futuro, pues no se fundamentan en la sólida certeza de la palabra de Dios».

César Valdeolmillos Alonso
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[1] Giovanni Reale, (2005). Raíces culturales y espirituales de Europa. Herder


[2] Filósofo y teórico social alemán cuyo pensamiento entronca con la Teoría Crítica de la Escuela de Fráncfort. Su obra se enfoca en las bases de la teoría social, la epistemología y el análisis de las sociedades del capitalismo avanzado.

[3] Herbert Schambeck es un miembro de las Academias de Ciencias de Padua, Madrid, Dusseldorf y Milán, así como la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, consultor del Pontificio Consejo para la Familia y Gentilhombre di Su Santidad en el Vaticano. Miembro Honorario de la Sociedad Checa aprendidas en Praga, y Presidente Honorario de la Comisión de Juristas de Austria. Ha publicado varios libros y también ha participado activamente como editor. Su lista de publicaciones incluye más de 700 publicaciones sobre derecho público, ciencias políticas y filosofía de la ley.

jueves, 28 de mayo de 2009

Qué difícil es defender el honor de Dios


“Para que no se pueda abusar del poder,
es preciso que el poder detenga al poder”
Montesquieu

A pocos se les oculta que España está inmersa en un proceso global de descomposición promovido desde el poder, en el que para perpetuarse en el mismo, se viene atentando contra todo tipo de valores con el fin de establecer una sociedad ignorante y como consecuencia, amorfa. Una población que responda dócilmente a la amplificación de las consignas de los que Julián Marías dio en llamar “medios de desinformación”. Pero, como paso previo para lograr este objetivo, previamente es preciso, primero desacreditar y por último liquidar, cualquier tipo de obstáculo que se cruce en el camino trazado por ese poder: oposición política, leyes naturales, raíces, tradiciones, estructura del tejido social y por supuesto la Iglesia, sostén de los más trascendentales valores éticos y morales de nuestra civilización. Y para alcanzar este propósito, parece que cualquier procedimiento es válido.


Esta ambición de poder, me recuerda a la que dio origen al martirio de Thomas Becket en la Inglaterra del siglo XII.

Como es sabido, esta cuestión quedó magistralmente plasmada en 1935, en la obra del gran poeta Thomas Stearns Eliot, Premio Nobel de Literatura, “Asesinato en la Catedral”, que plantea la independencia y “lucha de investiduras, entre la autoridad secular y la religiosa”, personificada en las figuras del arzobispo Thomas Becket, primado de Canterbury, y Enrique II Plantagenet, que ceñía la corona de Inglaterra.

En 1967, el autor francés Jean Anouilh, partiendo de este hecho histórico que conmocionó a toda Europa, reflexiona sobre las honduras del alma humana, las tentaciones del poder y la relación entre el poder secular y el eclesiástico, en su obra más célebre: “Becket o el honor de Dios”. En ella expone la frecuente discordancia entre dos fuentes de legitimidad: la de la Iglesia y la del Estado, poniendo de manifiesto el dramático esfuerzo del Arzobispo por salvaguardar el honor de Dios, frente al presunto honor de su Príncipe.

En una primera lectura, es fácil quedarse con la foto fija de esta inicial exposición. Sin embargo, en mi modesta opinión, si profundizamos en la filosofía que el drama trata de transmitir, esta sobrepasa con mucho los límites de la acción concreta que los autores nos presentan, adquiriendo una dimensión más amplia y ecuménica.

El contencioso expuesto, no debería sorprendernos. Desde el comienzo de los tiempos, el ser humano sustituyó su infinita ignorancia, por su inconmensurable orgullo y así, a través de su organización social, manada, tribu, reino, imperio o república, cometió la abierta afrenta de intentar someter, “por el bien de la comunidad”, el poder divino al poder temporal, manipulando a su conveniencia las apetencias emocionales y materiales de las masas, y al igual que los asesinos de Becket, tachan de traidores y desleales al poder democrático, a quienes se oponen a sus ocultos y tendenciosos designios, mientras que sus actos constituyen un atentado permanente contra cualquier tipo de valor que no favorezca los intereses del rey.

Irónico, contradictorio y vano intento, con el que el hombre, instalado en su ilimitada soberbia, pretende invertir el orden natural, intentando someter al Creador al servicio de su obra, en vez de estar ésta, al servicio de su Hacedor.

A este respecto, convendría recordar las palabras del Cardenal Arzobispo Emérito de Valencia, Agustín García Gascó: “Gobernar —como si Dios no existiera— lleva a la desintegración personal y social… Todas las decadencias morales y la gravedad de problemas de nuestro tiempo, como el terrorismo, la violencia contra las mujeres y los niños, la desinte-gración de la familia y de los vínculos familiares, son consecuencia de algunos que se empeñan por construir la vida y el mundo a espaldas de Dios, contra Dios mismo”.

Pero nada de esto es nuevo. La confrontación entre lo temporal y lo intemporal es una discordancia que ha existido siempre y que yo me atrevería a decir que es coherente con la hasta ahora menguada capacidad de comprensión del género humano. Es la armonía de la desarmonía que forma parte de un todo. No cabe concebir la existencia del bien, sin la presencia del mal. Y es bajo esta concepción —de que nos habla Heráclito— donde hallamos la grandeza de la Inteligencia que gobierna todas las cosas, por medio de todas las cosas.

Partiendo de una situación propia de la época feudal que evidencia el conflicto entre la Iglesia y el mundo, es fácil proyectar luz sobre muchos acontecimientos del presente.

El auténtico drama, lo sitúa Eliot en el coro de mujeres —importantísimo en su obra—representando al pueblo que intenta evitar la confrontación y se contenta con el malvivir de la tranquilidad, con la estabilidad de la inestabilidad.

Somos nosotros, los católicos descomprometidos los que representamos a ese coro de mu-jeres que no quiere de ningún modo que Becket regrese de su exilio, no por desprecio a su figura —la Iglesia— sino por los malos augurios que para su actitud acomodaticia a la situación establecida representa; en este caso, la necesidad de mirarnos al espejo y ver embarazosamente reflejado en el mismo, el egoísmo de nuestra relajación ética y moral y la falta de compromiso con los valores que supuestamente afirmamos representar.

"¡Oh, Tomás! Vuelve, Arzobispo; vuelve, vuélvete a Francia" (Primera Parte, p.45)

¿Estamos seguros de que no serían estas nuestras palabras, si viésemos regresar a Jesús?

¡Dramático contraste el que muchos de nosotros debemos albergar en nuestras conciencias!

Es una realidad constatable que, actualmente, a muchos no les importa el honor ni el alma, quizá porque tampoco Dios les interesa, si no es para alardear de ignorarlo o convertirlo en motivo de chanza. Por fortuna, no siempre es así, por los muchísimos que, de diversas maneras, creemos en un Ser Supremo. Sin embargo, a diario somos testigos de la mofa fácil, que aunque desacredita a quien la practica y que, quizá carente de argumentos más sólidos, recurre a ese método para denigrar a los no situados en la línea de su pensamiento, el sistema es demoledoramente eficaz con los acríticos o irreflexivos. La razón del triunfo de esta estrategia, se produce por falta de sosiego y de formación del individuo, instalándose así el pensamiento dominante a través de consignas repetidas y amplificadas hasta la saciedad. Pero existe una razón mucho más poderosa que las ya expuestas. Y es que la enojosa verdad, nos obliga a enfrentarnos con nosotros mismos, y nos negamos a admitir que hemos sustituido a Dios, por los ídolos del poder, el dinero, la fama, el sexo, las ideologías, el deseo de ser dioses, etc, deshumanizándonos y apoderándose de nosotros hasta sustituir-los por los auténticos valores éticos o morales. Como decía Max Scheler: “Nos encontramos en la primera época en la que el hombre se ha hecho problemático de manera completa y sin resquicio, ya que además de no saber lo que es, sabe que no lo sabe”. La egoísta postura de querer acomodar la religión a las personales conveniencias y la cobardía a poder ser tachados de fanáticos, es lo que hace que muchos cristianos se conviertan en los principales aliados de las tesis materialistas, actuando igual que los sacerdotes de “Asesinato en la Catedral”, que recomiendan a Tomás durante la vigilia que precede al martirio, “que no combata lo que no puede”.

Con ser muy grave esta actitud, no es la peor y más dolorosa de todas, porque aquellos que hacen más daño —a la Iglesia y a ellos mismos— son los que yo llamo secuestradores de Dios, fariseos que cínicamente aparentan cumplir con los preceptos de la religión, frecuentando nuestros templos, rezando ante sus imágenes —algunos llegan a tener la osadía de llamar al crucificado su amigo— y acercarse a tomar el Cuerpo de Cristo, cuyo infinito amor y misericordia, hace que éste no se les caiga de las manos.

En la obra de Anouilh, los fariseos están magistralmente representados por la figura del Rey Enrique II, cuando después de haberse dejado azotar por los monjes al pié del mausoleo de Becket, con una majestad hipócrita, manifiesta: “Era necesaria esta mascarada. Conviene que tengamos de nuestra parte el honor de Dios”.

Cuando un hombre o una mujer dice ser cristiano, ha de tomarse esta condición en serio, aceptando y comprometiéndose con las creencias y moral que libremente hace suyas. Sabe que no va a tener una vida fácil ni cómoda —ir contra corriente nunca lo es— y, que du-rante su vida, ha de dar un auténtico testimonio de fe en Jesucristo y de amor verdadero. ¿Es dar un testimonio de fe en Jesucristo y de amor auténtico, arruinar el propio matrimonio y ser infiel al cónyuge, destruyendo otras uniones y hogares, porque las cosas no hayan salido a la medida de sus apetencias, o es puro egoísmo personal? ¿Cuántas veces Becket, o lo que es igual, la Iglesia, no es traicionada cada día por personas que, incluso algunas, como Judas, comen de su propio pan, al tiempo que hacen fingida, desleal, ostentosa e hipócrita manifestación de ser fervorosos creyentes? ¿De cuántas situaciones de amancebamiento no sabemos, en las que, sin el menor escrúpulo, se involucra —a veces incluso induciéndoles a que sean cómplices— a hijos menores o adolescentes? ¿Qué testimonio reciben estas criaturas con actuaciones como estas? ¿Qué amor y respeto pueden esperar de ellos el día de mañana, los padres que así obran? ¿No se provoca con estos hechos la división dolorosa entre los miembros de una misma familia? ¿Cuál será el comportamiento de esos hijos en la vida, formados sobre la base de estas vivencias en las que impera el más absoluto egocentrismo carente de los más mínimos valores? Y todo ello vanamente justificado por la pregunta ¿Es que no tengo derecho a ser feliz? Pero no vale reconocer después los errores y arrepentirse, porque como dice Becket: “El tiempo no vuelve jamás atrás”. No existe el pasado ni el futuro. Solo existe el hoy. Cuando recordamos el pasado o soñamos el futuro, siempre es en el “hoy”.

De los fariseos, dice el Evangelio según San Mateo:

23:5 Todo lo hacen para que los vean; agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos;

23:25 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de rapiña e intemperancia!

23:27 Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia!

23:28 Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.

Viene al caso recordar las palabras que monseñor Juan Antonio Reig Pla, pronunció con motivo del Encuentro Mundial de las Familias celebrado en México el pasado mes de ene-ro, bajo el lema: “La familia formadora en los valores humanos y cristianos”: “El carácter propio de la familia cristiana se especifica en la transmisión de la fe a los hijos y en conseguir hacer de la propia familia, una “pequeña Iglesia”. Una Iglesia doméstica, en la que se anuncia el Evangelio de Jesucristo, se celebra la propia fe y se vive el amor cristiano. Un testimonio vivo de la familia cristiana. Un canto a la belleza de la vocación al matrimonio, a la vida humana”.

El Señor no pide a la mayoría de los cristianos que derramen su sangre en testimonio de su fe. Pero sí requiere de todos una profunda firmeza para vivir fieles al compromiso libremente adquirido, en ambientes hostiles a sus principios. Por eso, el cristiano de hoy, necesita de modo especial de la virtud de la fortaleza, como contrapunto a la maldad, falsedad, hipocresía, egoísmo desaforado, disipación y ausencia de valores humanistas que le rodean.

Al igual que Becket en la víspera del martirio, sufre la infinita soledad del abandono del pueblo y hasta de sus propios sacerdotes, cuya ambición les induce a mirar hacia otro lado mientras los poderosos de este mundo proyectan destruirle y sólo puede apoyarse en Dios, así la Iglesia soporta en nuestros días una planificada destrucción por parte de sus enemigos, ante la mirada indolente, cuando no cómplice, de una buena parte de su rebaño. Pero, aunque continúen produciéndose asesinatos en las catedrales, como el del Arzobispo de El Salvador, monseñor Romero, en 1980 o el del Arzobispo de Guatemala, monseñor Gerardi, en 1998, ninguna de estas perturbaciones le hará abdicar de la única verdad, la de Dios, que como dice Eliot, es quien marca el camino, la roca en que apoyarse y el pie firme con-tra el eterno flujo de fuerzas encontradas.

Consciente de que su hora final había llegado, en la homilía de Navidad, Becket dijo: “porque dondequiera que vivió un santo, dondequiera que un mártir dio su sangre por la sangre de Cristo, la tierra se hace sagrada y su santidad no desaparecerá, aunque los ejércitos la pisoteen, aunque lleguen viajeros a visitarlas…”.

Por ello, en estos tiempos de tan grandes turbulencias y profunda desorientación, no nos vendría mal a todos, recordar y aplicar aquellos hermosos versos que Calderón de la Barca, príncipe de las letras españolas, puso en boca del Alcalde de Zalamea: “Al rey , la hacienda y la vida se han de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios”

César Valdeolmillos Alonso



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[1] Entre los judíos, miembro de una secta que afectaba rigor y austeridad, pero eludía los preceptos de la ley, y, sobre todo, su espíritu. Hombre hipócrita. Hombre alto, seco y de mala intención o catadura. (Diccionario de la Real Academia Española).

[2] Cada una de las dos pequeñas envolturas de cuero que contienen tiras de pergamino con ciertos pasajes de la Escritura, y que los judíos, durante ciertos rezos, llevan atadas, una al brazo izquierdo, y otra a la frente. (Diccionario de la Real Academia Española).

[3] Entiéndase en este caso por rey, poderes públicos, medios de comunicación y estados de opinión de la sociedad.