Yo no quito el crucifijo
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jueves, 26 de julio de 2012

Crisis, optimismo y auto-rescate



Quizás ya sean muy pocos quienes dudan de que en España estamos inmersos en una grave crisis económica y posiblemente en alguna crisis de otro tipo; pero es la de tipo económico la que se manifiesta de forma más preocupante en este momento.

En poco tiempo hemos pasado de ser ignorantes en macroeconomía a conocer el significado de varios términos relacionados con las cuentas del Estado, tales como: la deuda pública, el déficit presupuestario, la prima de riesgo, etc. Aunque tal vez estemos lejos de ser capaces de conocer correctamente el alcance de cada uno de ellos.

La deuda pública está constituida por miles de préstamos, a diferentes plazos y tipos de interés, que solicitaron para su financiación las Administraciones Públicas (Gobierno central, Autonomías, Municipios, Diputaciones), porque año tras año gastaban más de lo que ingresaban. Para pagar cada uno de esos préstamos hay que volver a solicitar otro. El gran problema que se tiene es que el interés de los nuevos préstamos es bastante mayor que el que se pagaba antes, y mayor que el que pagan otros países que no están en crisis. Ya se sabe, a perro flaco…
¿Cuánto se paga hoy en intereses por la deuda pública? Más de treinta mil millones de euros al año. Pero si el interés para todos esos préstamos fuera el que se está pagando en las últimas emisiones de deuda pública, que ronda el 7%, se tendrían que pagar más de sesenta mil millones al año a nuestros acreedores.

Para entender el alcance de lo que se paga en intereses por la deuda, tengamos en cuenta que treinta mil millones de euros es exactamente lo que costaría pagar un salario mensual de mil euros a dos millones y medio de personas. Es decir, que con lo que pagamos en intereses por la deuda nos daría para pagar a dos millones y medio de parados. Más aún, teniendo en cuenta que parte de estos parados ya cobran alguna ayuda por desempleo, serían muchos más de tres millones los parados que podrían dejar de estarlo, simplemente usando para ello el dinero que pagamos en intereses por la deuda pública junto con el que algunos están ya recibiendo por estar en paro.

Prácticamente no tendríamos crisis si no tuviésemos deuda, y no consuela el hecho de que otros países también tengan deuda, e incluso que en algún caso la suya sea mayor que la nuestra.

Pero la cruda realidad es que tenemos una deuda y que como los mercados no se fían de nosotros, cada vez nos piden más garantías para prestarnos dinero y, por tanto, cada vez pagamos más intereses para seguir financiándonos. Por otra parte, la deuda se incrementa por causa del déficit anual, salvo que se venda patrimonio para compensarlo.

En contraposición a esta situación desalentadora, se puede decir que, - en España -, existen hoy día razones para el optimismo. Así, sabemos que ha estallado la burbuja inmobiliaria pero a cambio hay vivienda construida y de calidad para todos. Por otra parte, al ser un país con una capacidad agrícola y ganadera destacada se puede vivir sin que nuestra alimentación esté en manos de otros países. Las vías de comunicación y el

parque automovilístico son muy aceptables, similares a los de países desarrollados de nuestro entorno. También contamos con un autoabastecimiento en buena parte de los productos que requieren un proceso industrial; y no digamos nuestro potencial turístico y el nivel de seguridad que se siente cuando paseamos por nuestras ciudades. Finalmente, en estas dosis de optimismo hemos de destacar el capital humano. Tenemos unas generaciones muy bien formadas; la mayoría de los nuevos parados son sistemáticamente titulados universitarios en todas las áreas del conocimiento. Así pues hay que ser optimistas y pensar que podemos salir adelante, pero ello requiere cambios importantes y unos años de esfuerzo por parte de todos. No hacerlo será mucho peor para todos.

Uno de esos cambios es el relativo a la forma de abordar la deuda pública. La solución, desde mi punto de vista, es cuantificarla de inmediato con total rigor, si queda algún resquicio, y tratar de minimizar su impacto, es decir reducir significativamente el coste que conlleva. No debiéramos estar a expensas de los mercados, pagando los intereses que ellos nos exijan. Incluso un rescate europeo nos pondrá intereses altos. Para salir de este problema una solución sería forzar un
auto-rescate, que consiste en obligar a todos los trabajadores a cobrar parte de sus salarios en deuda pública y a todas las empresas a invertir parte de sus beneficios en deuda pública. En ambos casos la deuda pública sería a interés tasado y muy bajo (por ejemplo al 1%). El porcentaje de salario (o de beneficio de las empresas) empleado en deuda pública sería progresivo y en el caso de las empresas estaría en función de sus gastos en personal, obligando a adquirir más cantidad de deuda a las que tengan menor gasto proporcional en personal, de forma que esta medida constituyese un incentivo a la contratación.

Así, a modo de ejemplo para los trabajadores, un trabajador recibiría sus primeros 500€ de salario íntegros, pero el 5% de los 500€ siguientes se le abonaría en deuda pública, así como el 10% de los 1000€ siguientes, y el 20% de lo que sobrepase de 2000€. De esta forma un trabajador cuyo salario sea de 2000€/mes cobraría 1875€ en efectivo y el tesoro público le daría deuda por valor de 125€ cada mes a pagar en el tiempo que determine la ley con un interés del 1% anual. Otro que ganase 4000€ al mes recibiría 3475 en efectivo y 525€ en deuda pública (ello supone al cabo del año más de lo equivalente a una paga extraordinaria). Los mejor pagados (deportistas de élite, directores de bancos, etc. recibirían casi el 20% de su sueldo en deuda pública). Porque la crisis afecta a todos los trabajadores (también a los no trabajadores), y no solo a los funcionarios que se han convertido en los últimos años en chivos expiatorios de los gobiernos. Incluso la medida se debía extender al resto de personas que reciban dinero por cualquier otro motivo (desempleo, intereses de cuentas bancarias, premios por loterías y juegos, incluso pensionistas). En el caso de los pensionistas se les aplicaría la deuda de menor duración (la de tres y seis meses).

Lo mismo haríamos con las empresas.

Las cifras anteriores son exclusivamente a modo de ejemplo, pero disponiendo de datos relativos al número de trabajadores de cada rango de salario, y datos de empresas podemos afinar en los números y saber con precisión la cuantía del porcentaje para cada caso.

En esto consistiría el auto-rescate que propongo. Lo soportaríamos entre todos y de forma progresiva. La deuda pública dejaría de ser un problema y de la prima de riesgo dejarían de hablarnos. Nos costaría un esfuerzo durante unos años pero, tal vez, ese esfuerzo sea menor que el que vamos a pagar por otras vías.

Al cabo de unos años, menos de diez, en lugar de pagar cerca de sesenta mil millones (o a saber cuántos) en intereses por la deuda pública puede ser que no pagásemos ni quince mil.

Y, quizás, a partir de ahora cuando alguien plantee cambiar una plaza, o construir un metro o un aeropuerto innecesario dejamos de aplaudirle. Cuando muchos tengamos que cobrar deuda pública sabremos que todo lo que hacen las administraciones públicas es a costa de nuestro dinero y seremos más exigentes con nuestros políticos.

Victoriano Ramírez González

Director de GIME (Grupo de Investigación en Métodos Electorales, Universidad de Granada
Dep. Matemática Aplicada. Univerisidad de Granada
tel. +34 958244158  Fax +34 958249513
web: http://www.ugr.es/local/sistemaelectoral

miércoles, 28 de julio de 2010

¿A quién le importa España?


“Prometo por mi conciencia y honor, cumplir fielmente las obligaciones del cargo de Presidente de Gobierno, con lealtad al Rey, y guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado, así como mantener el secreto de las deliberaciones del Consejo de Ministros”

José Luis Rodríguez Zapatero
Palacio de la Zarzuela,
17 de abril de 2004 y 12 de abril de 2008


Ese grupo de hombres que conquistó el Mundial de Futbol, fue el artífice de que los españoles nos sintiésemos orgullosos de nosotros mismos y volviésemos a sentir sensaciones, ilusiones y sentimientos que desde hacía mucho latían adormecidos en lo más profundo de nuestro yo. A causa de las constantes falacias proferidas por la izquierda y los grupos mediáticos que corean y amplifican sus consignas, los españoles habíamos perdido nuestra propia estima y cobardemente acomplejados, sustituíamos la palabra España, por el concepto: “este país”; la expresión sagrada en todo el mundo occidental de “Patria”, nosotros la borramos de nuestras conciencias porque la izquierda logró que se identificase con el fascismo; lo mismo hicieron con la bandera, permitiendo e incluso fomentando, que fuese ignorada, sustituida, insultada, escupida, ultrajada y hasta quemada con, al menos, indiferente complacencia.

Pero la Selección Nacional Española de Fútbol, Nadal, Contador, Alonso, son ese grupo de hombres que ha conseguido poner el nombre de España a la altura que por su historia le pertenece, e hicieron posible el milagro: que los españoles olvidásemos nuestros complejos y orgullosos, enarbolásemos nuestra bandera; gritásemos con entusiasmo la palabra España y cantásemos con emoción ¡Soy español!, ¡Soy español!, ¡Soy español! Y ello, con evidente disgusto de una izquierda perdida, sin norte, sin ideas y con la mirada puesta en la destrucción de los valores y principios en que siempre se inspiró la unidad de España y con escandalosa alarma y nerviosismo de los totalitarismos nacionalistas.

Del entusiasmo de la roja —como malintencionadamente denomina el Sr. Rodríguez a la Selección— pasamos al desencanto de la negra que tenemos encima. De la inyección de optimismo que nos produjo nuestra selección, al pesimismo fundado que nos causó el debate sobre estado de la nación.

Quien siguiera el mismo con alguna atención ¿Qué consecuencias pudo sacar? Pues que este no constituyó otra cosa mas que un manifiesto escarnio y desprecio de los políticos —que dicen representarnos— para todos los españoles y especialmente, para los más desfavorecidos.

En el hemiciclo pudimos contemplar a un presidente del ejecutivo preso de sus propias contradicciones, sin iniciativas, sin soluciones para los problemas que acosan a los españoles y a merced de los acontecimientos. Su patética imagen, me recordó la de aquel neurótico y peligroso capitán de barco, que Humphrey Bogart interpretara magistralmente en “El motín del Caine”.

España es hoy una nave sin rumbo, sin timonel y con un capitán abatido por la galerna, con la sola y única idea de mantenerse en su puesto, “le cueste lo que le cueste”, intentando llegar desesperadamente al puerto de las próximas elecciones.

En su derivar, no solo ha dilapidado las repletas bodegas de la nave que recibió, sino que además de hipotecarla por varias generaciones, haciendo oídos sordos al escorbuto que supone para su tripulación —más de cuatro millones y medio de parados— y contra las órdenes recibidas del Cuartel General Constitucional[1], sigue siendo su voluntad entregar arbitrariamente parte de esa nave a la deriva que es España, a los jerarcas políticos independentistas, lo que pudiera constituir un fraude de Ley[2] de muy graves consecuencias.

Pero es que continuando en términos marinos, la Intervención Delegada del Estado Mayor de la Armada, representada por el jefe de la oposición, por pura estrategia electoral, en el legítimo y obligado ejercicio de las funciones que tiene encomendadas por la Constitución, renunció a presentarse como la opción de cambio decidida, sólida, clara y convincente, capaz de recuperar el rumbo perdido. Y ello en una situación tan delicada y peligrosa como la que, por voluntad de su capitán, se encuentra el barco, a punto de partirse en pedazos y naufragar para siempre.

En condiciones tan extremas, quien tenía el lícito poder y deber para poner de manifiesto las peligrosas arbitrariedades cometidas por quien ha inspirado, estimulado y promovido leyes inmorales e injustas y movimientos orientados a destruir todos los valores en los que desde hace más de quinientos años se ha asentado la realidad de la nación española, optó por ignorar tan temerario proceder y se limitó a exponer una serie de generalidades de tipo económico ya sabidas —aunque no por ello menos importantes— y meterse en la inútil petición de que el capitán abandone la nave y en la estéril polémica de si usted es malo y yo soy bueno y viceversa. Pero en absoluto rozó siquiera uno de los problemas más graves que tiene planteados España, que es la voluntad que el capitán tiene, aun en contra de lo sentenciado por el Tribunal Constitucional, de entregar parte de la nave a las oligarquías nacionalistas. Pero afrontar ese problema con honradez, con la Ley en la mano, con una auténtica vocación de servicio a España y los españoles, era políticamente incorrecto, por si en el futuro había que negociar con ellos para poder obtener parte del mando del buque.

Por el contrario, se achicó cuando un envalentonado capitán le espetó que aguantaría hasta el final le costase lo que le costase y para coronar el plante, le desafió a que se atreviese a llevar a cabo su relevo en el mando, mediante los mecanismos previstos en el reglamento: presentar una moción de censura.

Ya sabemos que a las oligarquías nacionalistas —que no a su pueblo— les conviene mantener al capitán en su puesto, pero sin poder; entregado mansamente a sus voraces e insaciables demandas encaminadas a seguir saqueando la nave e imponer en la misma su Ley, incluso mediante la baladronada amenaza de proclamar unilateralmente la independencia.

En la posición privilegiada en que ahora se encuentran, no cabe pensar bajo ninguna circunstancia que prestasen su apoyo a una moción de censura, relevando de su puesto a un capitán que es en sus manos, el sumiso brazo ejecutor de sus ya desenfrenadas ambiciones.

Pero aun así, y en la más que probable posibilidad de no ganar en el intento, entiendo que una inmensa mayoría de los españoles habría tenido la posibilidad de constatar cual era el camino alternativo que nos ofrecía quien solicitaba su relevo. En esa tesitura, cada opción política se habría visto en la necesidad de descubrir sus cartas; el desgaste para quien ahora capitanea la nave, hubiese sido inconmensurable, constituyendo un comienzo mucho más próximo, de un final anunciado.

Naturalmente, en ese descubrir cada uno sus cartas, quien legítimamente aspirase a ostentar el mando de la nave, hubiese tenido que exponer cuales serían las disposiciones, no solo económicas, sino también de regeneración moral y política y sobre todo, de organización territorial, que a su entender habría que poner en práctica, para corregir el rumbo y evitar el naufragio. Y lo cierto es que el buque se encuentra ya en condiciones tales, que a la tripulación solo se le puede prometer austeridad en su gobernación y sacrificios para todos, durante mucho tiempo.

Reconozco que no es un programa muy sugestivo que posibilite ganar unas elecciones. No son pocos los que prefieren mirar hacia otro lado y pensar que no es tan fiero el león como lo pintan. Veremos que piensan mañana, si tienen la desgracia de verse afectados por la epidemia del paro; la degradación de la sanidad y la educación; la emancipación sexual de sus hijos a los 14 años; los efectos explosivos de la píldora del día después o un aborto ignorado de sus hijas a los 16 años; la congelación y rebaja de sus pensiones o la casi nula virtualidad de la Ley de dependencia

Sin embargo es urgente que la oposición se desprenda de una vez por todas de sus innumerables complejos por miedo a que le llamen facha, fascista, le califiquen de extrema derecha y otras falacias similares y se presente como una opción compacta y clara, dispuesta a presentar transparentemente, sin dobleces, disimulos u ocultamientos, el programa que la gran mayoría de los españoles estamos esperando.

Es cierto que para obtener el poder y arreglar —hasta donde se pueda— las perversidades que se han cometido, antes hay que ganar las elecciones, lo cual no le va a resultar a la oposición nada fácil. El capitán está decidido a jugar marrulleramente y hasta el límite, todas las bazas que tenga en su mano. Su único y exclusivo es seguir en el poder y llevar a cabo su plan de conducir la nave al temerario puerto ideológico de los años treinta del siglo pasado.

De hecho sus bazas ya las está jugando con la mayor hipocresía y sin el menor escrúpulo, entregando parte de la nación a las jerarquías minoritarias nacionalistas, aceptando el estatuto —que no la sentencia— catalán; poniendo en libertad sin causa ni justificación alguna y con evidente desprecio hacia las víctimas, a presos etarras con las manos manchadas de sangre, posibilitando por todos los medios que haya una facción de la banda criminal que se pueda presentar a las elecciones municipales; ganando tiempo para que a poco que pueda mejorar la economía en el futuro, las circunstancias le permitan presentarse como el salvador de la misma, cuando ha sido él, quien con sus demagógicos derroches, ha dilapidado la herencia recibida. Pero por si todo esto no resultase como tiene previsto, tengo la convicción de que la última jugada la tiene ya preparada para que se olvide todo el deterioro y quebranto, tanto moral como económico, que en tan escaso tiempo nos ha causado y muy bien pudiera ponerla en práctica poco antes de las elecciones. Los que conocen a fondo su trayectoria, saben que es todo un experto en el dividir para vencer. Puede ser una jugada maestra para profundizar aún más en la brecha que él se ha encargado de abrir para dividir a los españoles en buenos y malos, fascistas y progresistas, caverna y futuro y lograr que, como infortunadamente ya ocurrió una vez, volvamos a enfrentarnos entre nosotros. Es muy probable que eligiera ese momento, como el más conveniente a sus intereses ideológicos, para promover la ya anunciada Ley de Libertad religiosa, que en el fondo, dados los antecedentes de la inmoralidad de otras leyes ya aprobadas, cabe suponer que no será otra cosa que la expresión legal de su radical anticlericalismo, provocando un enfrentamiento esencial con la Iglesia Católica.

Pero por si hubiese duda, fijémonos las palabras del capitán del barco cuando dice que el "proceso de paz" fue un "acierto" que "sembró una solución definitiva"[3]» , al mismo tiempo que ETA ya habla del "resultado fructífero" de sus años de terror[4]; o las del presidente nacional socialista de la Generalidad de Cataluña, manifestando que: "Recrearse tanto en lo de la unidad de España es casposo e innecesario"[5].

En contraste con estas vergonzosas manifestaciones, profundicemos en las palabras que el Rey de todos los españoles, pronunció en su tradicional invocación al apóstol Santiago: “Te ruego nos ayudes a superar las dificultades que afecten a nuestra vida colectiva y a resolver cuanto antes la grave crisis colectiva que atravesamos de tan duras consecuencias para millones de personas y familias, particularmente para nuestros jóvenes. Ilumina por ello a nuestras autoridades y responsables políticos, económicos y sociales, para que sirvan con generosidad al interés general y favorezcan siempre la cohesión y entendimiento entre todos, atendiendo con eficacia a los problemas de nuestros ciudadanos. Ayúdanos a erradicar el odio, la violencia y la sinrazón de la barbarie terrorista, cuyas víctimas y familiares afectados merecen todo nuestro respaldo y están siempre en nuestros corazones. Patrón de España: te pido que fomentes todo aquello que nos une y nos hace más fuertes, que ensancha el afecto en nuestros ciudadanos, que asegura la solidaridad entre las comunidades autónomas y que hace de España la gran familia unida, al tiempo que diversa y plural, de la que nos sentimos orgullosos”.

El rumbo que desde el primer día tomó quien ahora comanda la nave que España, no es otro que el desarrollo de una estrategia inmoral basada en un oportunismo sin escrúpulos, para mantenerse en el poder y desplegar una política personal, propia de lunáticos iluminados que pretenden cambiar el curso de la Historia y que al final, lo único que consiguen, es sembrar el odio, la ruina y la destrucción de la sociedad sobre la que ejercen su dominio, con graves consecuencias para aquellas otras que les rodean y con las que mantienen contacto. Sin retroceder demasiado en el túnel del tiempo, el mundo aún recuerda con horror la historia del nacional socialismo desplegado por el cabo bohemio Adolf Hitler, líder e ideólogo del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores.

Son personas con mente dictatorial y totalitaria, que aprovechando las posibilidades que les brinda la democracia —no olvidemos que Hitler fue elegido democráticamente en las urnas— se instalan en el poder para imponer el pensamiento único, perpetuarse en el mismo y destruir la esencia misma del sistema democrático. Las trágicas consecuencias de la suprema potestad rectora y coactiva en manos de una insensata ignorancia, pueden ser imprevisibles.

De ahí que lo más urgente sea relevar del mando al capitán de la nave, intentando que el relevo constituya un auténtico descalabro para la opción que representa. Será este el único modo existente, para que sea excluido de toda facultad de mando entre quienes un día confiaron en él, le apoyaron y luego se vieron traicionados.

Parece lógico pensar que su relevo dentro de sus propias filas, debiera generar en las mismas una profunda reflexión que diese como fruto, el que la nueva dirección fuese otorgada a otros dirigentes que tuviesen el necesario sentido de la realidad de la sociedad española y del Estado.

Si queremos devolver a España, al menos, parte de la prosperidad; la influencia y prestigio internacional perdidos, habrá que desandar una buena parte del camino recorrido en los últimos seis años y ello no sería posible ni con un triunfo de la oposición por mayoría absoluta, circunstancia que no me parece nada probable, dada la ambigüedad del aspirante. Pero incluso, aunque se llegase a dar esta circunstancia, sería necesario establecer trascendentales y muy sólidos pactos de Estado con el principal partido de la oposición, ya que los desmanes cometidos han sido de tal calibre, que a mi modesto entender, se hace inevitable ya una reforma de la Constitución y la Promulgación de una nueva Ley Electoral.

Enumerar ahora las traiciones que con el legado recibido de nuestra historia se han cometido en los últimos seis años y las graves consecuencias que de ellas habrán de derivarse, daría para escribir varios tomos.

De no producirse estas circunstancias y el comandante siguiese al mando de la nave hasta conducirla al puerto por él deseado, las elecciones de 2012, los daños que aún podría causar a la misma serían de tal naturaleza, que cabría aplicar las palabras que don Luis Mejía dirigiese a don Juan Tenorio en la famosa obra de Zorrilla, en relación con la seducción de Doña Ana de Pantoja: “Don Juan, yo la amaba, sí; mas con lo que habéis osado, imposible la hais dejado para vos y para mí”.

César Valdeolmillos Alonso
______________________________________
[1] Tribunal Constitucional


[2] “Los actos realizados al amparo del texto de una norma que persigan un resultado prohibido por el ordenamiento jurídico, o contrario a él, se considerarán ejecutados en fraude de Ley y no impedirán la debida aplicación de la norma que se hubiere tratado de eludir”. Punto 4, Art. 6, Capítulo III del Código Civil Español.

[3] Declaraciones a “El País” publicadas el 25-07-2010

[4] Diario Gara, 25-07-2010

[5] Declaraciones a “El País” publicadas el 25-07-2010

lunes, 12 de abril de 2010

Catarsis



Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos.
Viktor Frankl
Neurólogo y psiquiatra austriaco

¡Crisis! En la TV, en la radio, en la prensa, en la calle, en la empresa, en el seno de nuestra familia, escuchamos constantemente esta palabra. Una realidad en la que nos encontramos hundidos desde hace tiempo. Una situación que se ha establecido en nuestro ánimo y que de forma implacable, al igual que el martillo lo hace sobre el yunque, golpea nuestro espíritu de forma constante. Pero este hecho, ¿nos hace ser conscientes de que nos encontramos ante un problema que nos sitúa a todos en una situación tan delicada, que inevitablemente promoverá una transformación importante de nuestra situación social?.

En cualquier sociedad sólidamente establecida, el desarrollo de este proceso, da lugar a una inestabilidad emocional del individuo que produce el temor ante un futuro desconocido. La suma de los temores de cada uno de los miembros de la colectividad de la que formamos parte, es la que origina una atmósfera global de lógica duda e inseguridad en el tejido social, de la que solo es posible salir cuando se hace un análisis correcto de la realidad y valientemente se adoptan las medidas correctoras necesarias que conduzcan al objetivo más adecuado de los posibles.

Pero cuando hablamos de “crisis”, ¿a que “crisis” nos referimos? Es cierto que se ha producido una quiebra global en orden financiero. Pero esta fractura del sistema económico mundial, no es más que la manifestación externa de una catarsis global que atraviesa todos los ámbitos de nuestra existencia; el concepto de la vida y de la muerte; la consideración del individuo como ser único, singular e irrepetible; la educación y la cultura entendidas en un sentido universal y de respeto; el reconocimiento del fruto que inevitablemente proporcionan la dedicación, el sacrificio y el esfuerzo; el valor insustituible de la familia; el prestigio de las instituciones basado en la ejemplaridad de aquellos que las representan y la recuperación de los valores humanistas, perdidos en aras del relativismo, que nos ha establecido en un materialismo deshumanizador y egoísta que solo nos conduce a ninguna parte en un estado de permanente insatisfacción.

Es innegable que hay hombres inicuos que cuidadosamente nos han llevado al abismo y algunos de los cuales —como es el caso de España— empecinadamente continúan perseverando en ese camino. Pero no es menos cierto, que de algún modo, todos hemos participado en esa empresa. Y no nos hagamos trampas al solitario. Muy pocos eran los que no intuían que algo tenía que pasar.

La crisis es una manifestación que ha convulsionado al mundo entero, mucho más duramente en los países regidos por el socialismo, sin distinción de clases sociales. Vivimos obsesionados con señalar a los culpables —lo que no está demás— sin preguntarnos cual es la causa que ha dado lugar a esta situación.

La raíz de la misma, encuentra su origen en nuestra cómoda instalación en un entorno en el que todo es basura; desde la comida a la televisión, pasando por principios tan importantes como el olvido —cuando no el rechazo— del testimonio heredado de nuestros mayores, a quienes en no pocos casos llegamos a considerar un impedimento o hasta un estorbo para nuestros planes.

El resultado de esta realidad ha derivado con más frecuencia de lo deseable, en una dejación de nuestros deberes como padres en la formación[1] de nuestros hijos, depositando esta responsabilidad en manos de quien no le corresponde, el Estado, el cual ha encontrado la situación propicia para moldear las conciencias de los mismos[2] y adaptar a sus intereses la realidad histórica de los pueblos, haciendo de ellos fieles y presionados súbditos, en vez de libres ciudadanos con capacidad para pensar y discernir por sí mismos.

Cuando comprobamos a diario, que por intereses bastardos, el sistema se asienta con una casi absoluta impunidad en el fraude, la agresión, el engaño, la ocultación y la mentira permanentemente, nos invade un sentimiento negativo de impotencia que se extiende como una mancha de aceite, apoderándose de la sociedad un descreimiento generalizado.

En este proceso, es importante señalar el trascendental papel que juegan, los que Julián Marías denominó, “medios de desinformación”, censurando, vetando, ocultando, magnificando, minimizando, parcializando, dirigiendo, sacando fuera de contexto, fomentando, atacando o equiparando situaciones claramente diferenciadas y todo ello en función de sus propios intereses.

Este escenario es el que ha provocado que vivamos sumidos en una profunda crisis cultural y social. Crisis que significa la pérdida de convicción, de certeza. Somos invadidos por el sentimiento de que es imposible hacer pie en nada firme. Ello nos hace vagar sin rumbo sumidos en la convicción de no poder dar una orientación a nuestras vidas. La consecuencia es una crecida aparición de depresiones, estados de ansiedad y angustia, que nos instalan en la desconfianza.

La nave del progreso material y el mal llamado “estado de bienestar”, nos ha arribado a un puerto en el que solo hemos encontrado una gran pérdida de la calidad del ser humano y sus relaciones interpersonales.

La masa de la que hablaba Ortega y Gasset se ha transformado en una multitud más crítica que, desorientadamente busca soluciones.

Pienso y creo, que para salir de la confusión, el primer paso es tener una idea clara de lo que es y lo que representa el ser humano, al que ahora no se le da valor alguno y sobre la invocación de una supuesta demanda social, cual esclavo de los tiempos de Roma, se ve sometido a la voluntad del césar de turno.

Nos decía Ortega y Gasset que cuando estamos perdidos y ahogándonos en un mar de incertidumbres e incredulidades, hay algo de lo que no podemos dudar: de nuestra propia vida, nuestra vida concreta, la de cada uno. Según sus palabras, "vivir es lo que nos pasa, desde pensar o soñar o conmovernos, hasta jugar a la bolsa o ganar batallas. Pero, bien entendido, nada de lo que hacemos sería nuestra vida si no nos diéramos cuenta de ello. Todo vivir es vivirse, sentirse vivir, saberse existiendo". El ser humano se encuentra inmerso, por una parte en su propio “yo” y por otra, en el contexto en el que ese yo debe desarrollar su existencia. De ahí la universal expresión que el filósofo incluye en Meditaciones del Quijote: "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo".

El objetivo del ser humano, no es él en sí mismo, sino la tarea, el proyecto, ese algo que ha venido a desarrollar y se va forjando a medida que se realiza. El ser humano es un proyecto que lucha por realizarse en una situación concreta, pero cambiante al mismo tiempo. Decía Alexis Carrel “Lo mismo que un río: el hombre es cambio y permanencia”. Por ello se hace precisa la búsqueda permanente de alternativas en la contienda de la vida. Del hallazgo de esas opciones, dependerá el estado de satisfacción, sufrimiento, angustia, tristeza o alegría en que nos situemos.

Si es un hecho que la mayor parte de las veces no está en nuestras manos adecuar a nuestro gusto las circunstancias, no nos quedan mas que dos opciones: amoldarnos al contexto en que nos encontramos inmersos, sin someternos a sus dictados, conservando los propósitos esenciales de nuestro proyecto y optar por alguna de las opciones de acción que se presenten o en caso extremo, determinar un cambio radical de proyecto, lo que requiere un serio ejercicio de reflexión.

El hecho es que, cual volcán que ha comenzado a entrar en erupción, bajo lo que estimamos como una mera crisis económica, germina el estallido de toda una revolución socio-cultural y como decía Rabindranath Tagore “Para que una revolución tenga éxito, debe redescubrir valores ya olvidados y adaptarlos a las exigencias de la época”.

César Valdeolmillos Alonso

[1] No hay que confundir formación con educación

[2] En España promulgando leyes como Educación para la ciudadanía, Memoria histórica, Matrimonios homosexuales, Aborto y otras de semejante cariz orientadas a destruir la familia y la supresión de todo tipo de valores humanistas.