Yo no quito el crucifijo

miércoles, 28 de julio de 2010

España necesita un Vicente del Bosque



"Muertas las ideologías, el mundo quedó en manos de gente práctica que anula cerebros bajo montañas de nada"
Jorge Valdano
Ex futbolista y entrenador argentino

Gracias de todo corazón a la Selección Nacional Española de Futbol, por habernos dado la gran alegría de habernos dado este día de gloria y haber logrado que, por primera vez en seis años, se hable en todo el mundo elogiosamente de España.

Escrito esto, declaro solemnemente que desde que recién inaugurado el estadio Santiago Bernabeu, mi padre me llevó a ver un encuentro en el que se enfrentaban el Real Madrid y el Sporting de Gijón —tiempos en los que en las filas del equipo merengue figuraban Bañón, Querejeta, Corona, Muñoz, Ipiña y Molowny entre otros, por entonces en España aún no se había oído hablar de Diestéfano— y en el que el equipo asturiano ganó en el último minuto por 0-1, el encuentro me produjo tal aburrimiento y el resultado tal decepción, que nunca más he vuelto a sentir la menor motivación que me haga aficionarme a este espectáculo que mueve intereses inimaginables y suscita tan ardorosas pasiones.

Cuando ocasionalmente veo a través de la televisión alguno de esos inmensos coliseos tronando a causa del rugir de cientos de miles de gargantas porque la pelotita ha traspasado los tres palos, pienso en lo poco que ha progresado la humanidad. Los que manejan el poder siguen distrayendo al pueblo de los problemas y angustias que ellos mismos le causan, con unas migajas de algo y circo, ¡mucho circo!

Los griegos utilizaban los juegos olímpicos como tregua —tiempo de paz— en sus discordias internas, uniéndose todos en torno a un solo objetivo: el triunfo de sus mejores atletas. Los emperadores romanos, para distraer al pueblo de sus innumerables tropelías, convirtieron a sus habitantes en carniceros que bramaban de entusiasmo ante la sangre derramada sobre la arena. Nosotros, en siglo XXI, ofendemos a la dignidad humana, haciendo un escandaloso alarde de derroche en el corazón de un continente en el que una gota de agua potable es más valiosa que un brillante y en el que una gran parte de los niños, mueren a causa de la desnutrición antes de los cinco años. ¡Con lo que se podría hacer en esos mundos de desheredados con los cientos de miles de millones que han costado estos “juegos”!

Quizá hoy las formas sean más refinadas, pero los métodos de hurtar de la mente los problemas de fondo, las variopintas y sofisticadas formas de crueldad que el hombre sigue ejerciendo contra el hombre, no es muy diferente de la de entonces.

Con todo, y al margen del hedor que emana de las ocultas cloacas que alimentan los intereses que pululan en torno al tinglado que constituyen estos gigantescos eventos “deportivos” y la afrenta que los mismos suponen para ese mundo que sumido en la más absoluta de las miserias, carece de lo imprescindible para mal subsistir, he de admitir que en las actuales circunstancias de España, el cabezazo de Pujol en el encuentro contra Alemania y el tan ansiado gol de Iniesta en la portería holandesa, además de la victoria, constituyeron dos campanazos tan rotundos, tan sonoros, tan manifiestos y expresivos, que de los mismos, deberían tomar buena nota las sórdidas, codiciosas y oportunistas oligarquías políticas hacedoras de artificiales nacionalismos y las de los gnomos mentales que las amparan; paletos miopes, que engreídos de su propia y fatua vanidad, tienen la impúdica osadía de presentarse ante el mundo con planetarias visiones que solo anidan en su presuntuosa y liliputiense mollera.

Tanto unos como otros, se creen iluminados salvadores del mundo y no son más que sanguijuelas incrustadas en nuestra piel, incapaces de hacer otra cosa que destruir día a día nuestra sociedad, improvisando sin sentido en función de sus espurios intereses y como su único objetivo es perpetuarse en el poder, de forma miserable aplican el aforismo de Julio Cesar: “divide et impera” divide y vencerás.

Nos separan; nos dividen en buenos y malos, en ángeles y demonios; nos enfrentan a unos contra otros bajo el subterfugio de hacer una sociedad más justa e igualitaria; legalizan el asesinato libre de generaciones enteras, legalizando el exterminio de seres inocentes e indefensos y tienen el provocador descaro de argüir que es para dotar de mayores garantías a quienes están condenados a ser despedazados en el vientre de su propia madre; defienden la idea —y a quienes la han practicado al margen de la Ley— de dormirnos dulcemente para que no despertemos, invocando una falaz muerte digna; dilapidan el fruto del esfuerzo de nuestro trabajo en políticas electoralistamente partidarias a expensas de arruinar a España y a los españoles; con vergonzosa ignorancia, maligna intención y un inconmensurable complejo de inferioridad, eliminan cuando pueden u ocultan y desprecian cuando no tienen otra salida, los símbolos de nuestra identidad nacional, al tiempo que alientan y apoyan voraces tendencias nacionalistas, que con perjuicio para el resto de los españoles, gozan de privilegios injustificables en el siglo XXI. Privilegios que en buena parte, son utilizados para sembrar el odio de sus nuevas generaciones hacia quienes precisamente les estamos manteniendo.

Valgan como ejemplos más recientes —y no me aparto del mundial de futbol— ese video difundido en las televisiones que no están a las órdenes del régimen, en el que se contempla como se coreó el gol de Pujol en una sede nacionalista catalana, cantando “…la puta España”, por cierto, con la música de un tema que ensalza a nuestro país y que después de dar la vuelta al mundo, ha quedado como símbolo de una parte de nuestra identificación nacional. El otro desgraciado ejemplo, es el de ese joven gaditano, que en Pamplona, por parte de unos descerebrados amamantados en el odio a su propia nación —mal que les pese— recibió una puñalada en la axila, por cometer el pecado de ir envuelto en la bandera española.

Dicen los comentaristas deportivos, que el cabezazo de Pujol, impulsó el balón con pasión tal, que el esférico penetro en la portería alemana con la fuerza de un misil.

Lo que los nacionalistas y sus oportunistas socios políticos ignoraban, es que ese misil, perforaría al mismo tiempo la línea de flotación de sus anacrónicas y extemporáneas ideologías, tan alejadas de los sentimientos de la ciudadanía común y corriente; de esa ciudadanía que no goza de poltronas y lujosísimos coches blindados; de esa ciudadanía que no ha sido educada en el odio a sus compatriotas; de esa ciudadanía que no tiene grandes posesiones cuyo origen no se atreven a explicar; de esa ciudadanía que no tiene otro poder que el de su voto en las urnas cada cuatro años; de esa ciudadanía que se levanta a las seis o las siete de la mañana para ir a su trabajo —si tienen la fortuna de conservarlo aún— y producir, para que unos pocos privilegiados se aprovechen de la riqueza que el mismo genera; de esa ciudadanía que no se beneficia de las subvenciones por oportunistas razones de apoyo al poder; de esa ciudadanía que tiene que hacer mil y un equilibrios para pagar su hipoteca, la luz, el teléfono, el agua, el gas, la basura, el impuesto de circulación, el IBI, el IRPF y un rosario de impuestos interminables; de esa ciudadanía que apenas nacidos sus hijos, tiene que, desde primerísima hora de la mañana, dejarles en las guarderías, porque al carecerse de una auténtica política de protección a la familia —salvo la de los que mangonean el cotarro ¡faltaría más!—, forzosamente los dos miembros de la pareja tiene que trabajar, con evidente menoscabo de su vida familiar; de esa ciudadanía que llegan a casa extenuados a la hora de acostar a sus hijos, lo que les impide tener la convivencia familiar necesaria en la que se pueda sembrar la semilla de su formación; de esa ciudadanía que con angustia observa como sus hijos se van empobreciendo intelectualmente a causa de la pésima educación que están recibiendo, con lo que en su día, con muchos y pomposos títulos que no les servirán de nada, con suerte llegarán a ser subalternos de las juventudes de los países de nuestro entorno, muchísimo mejor preparadas que las nuestras; de esa ciudadanía que ve como sus hijos en edad de incorporarse al mundo laboral y labrarse un porvenir, no tienen la menor perspectiva de poder independizarse y formar un hogar; de esa ciudadanía que en plena madurez, cuando más fruto podía dar a la sociedad, se le cercenan todas sus expectativas con el despido o en el mejor de los casos, con una prejubilación anticipada, truncando así de forma traumática, su futuro; de esa ciudadanía que a causa del despilfarro de los mandamases de la cosa pública, ve disminuido su patrimonio y mermado su salario; de esa ciudadanía que después de toda una vida de dar fruto a la sociedad, ve congeladas y amenazadas sus pensiones; de esa ciudadanía que cuando por su edad más lo necesita, va a tener que pagar una sanidad pública que ya pagó cotizando a la SS.SS durante su vida laboral; de esa ciudadanía para la que llegada la senectud, que es cuando más necesita el ser humano el amor, el cariño, el reconocimiento y la ayuda, se le aprobó una Ley de dependencia que al final ha resultado el cuento de la lechera.

El cabezazo de Pujol y el gol de Iniesta, por primera vez en la historia de los mundiales de futbol, hizo posible que la Selección Nacional Rojigualda —la española, no la roja, que ni para hacer demagogia tienen imaginación; la roja es el sobrenombre con el que tradicionalmente se conoce a la selección de Chile— llegasen a conquistar la copa de campeones del mundo, despertando en la generalidad de los españoles, el noble sentimiento de hacer posible el logro de un sentimiento común, representando a nuestra nación; la única que conoce el mundo: España.

La proeza que se ha hecho realidad, no es del Madrid de Casillas, ni del Barcelona de Busquet, Xavi o Pujol, como pretenden para avivar la confrontación entre hermanos, los mezquinos politicastros nacionalistas enriquecidos a la sombra de su superchería y votados por un puñado de ingenuos de muy menguados conocimientos, ignorantes de que ellos serán los primeros en ser las víctimas de los desmanes de aquellos a quienes torpemente creyeron.

Que se enteren de una vez por todas, todos aquellos que cándidamente han creído y caído en las ilusorias pero falaces tesis nacionalistas, que hoy, los españoles todos, reconocemos y honramos la labor desempeñada por los miembros de nuestra Selección Nacional de Futbol, con independencia de que sean, catalanes, vascos, gallegos, canarios o de Valderrábanos de Arriba, porque todos somos ramas que se nutren de la misma savia de un tronco común llamado España.

La hombrada futbolística alcanzada con la conquista del título de campeones del mundo, se debe a ese grupo de hombres, que impregnados de un objetivo común y recíproco, han integrado la Selección Nacional Española. Un grupo de hombres, que más allá del renombre profesional y de los beneficios económicos que pudieran reportarles sus logros, eran conscientes de que estaban defendiendo el prestigio deportivo del futbol español. Solo había que observar el semblante de responsabilidad de sus rostros cuando sonaba el himno de su país y el entusiasmo, la alegría, el júbilo enardecido y hasta las lágrimas de emoción, que nacidas de lo más profundo de sus corazones, brotaban de sus ojos cuando marcaban un gol o lograban superar una eliminatoria más. En esos momentos no sentían ni al Madrid, ni al Barcelona, ni a Cataluña, ni al resto de España. Todos eran unos y uno eran todos. Era España la que triunfaba.

En esos momentos, su alegría no provenía de su entendimiento. Era un atropello de sus sentimientos que brotaba de lo más hondo de su alma. Y es que la Selección Nacional Española, contaba con un sólido puente cuyos pilares se sustentaban en la siembra de una hermosa semilla que habría de dar a todos el fruto de un sueño acariciado durante noventa años: ser por vez primera campeones del mundo. Pero esto es imposible de lograr sembrando la discordia, la confrontación o los agravios comparativos entre los miembros del equipo, sino aunando voluntades y haciendo partícipes a todos y cada uno de los miembros del conjunto —jugadores y cuerpo técnico— de que todos, sin distinción, tenían que ser protagonistas de una gesta que España jamás había logrado. Y ese puente, de apariencia tranquila, de gran mesura en su comportamiento, pero que en su infinita soledad ha sabido sortear escollos, salvar dificultades, ignorar grotescas críticas y hacer de todos un solo hombre, un solo deseo, una sola voz, se llama Vicente del Bosque.

Lo que del Bosque no podía sospechar es que su callada labor al frente de nuestra escuadra, no solo causaría el efecto deseado en los hombres que el comandaba, sino que de su filosofía, nos impregnaríamos todos los españoles, logrando el milagro de que, desechando nuestros complejos, nos uniésemos en ese común deseo de recuperar el prestigio de nuestro país —aunque solo fuese futbolísticamente— y orgullosos, engalanásemos nuestros balcones o saliésemos a la calle revestidos con la bandera española. Los españoles necesitábamos perentoriamente un revulsivo que nos hiciese recobrar nuestra propia estimación ante frases como: “…mi patria es la libertad” o “…el concepto de nación es discutido y discutible”. Por ello, sin obedecer a ninguna consigna, hemos reaccionado espontáneamente como un solo espíritu, como un solo sentimiento, como un solo corazón que ha latido al unísono en todo el territorio español. Y es que del Bosque, a la hora de elegir a quienes con él habrían de compartir la responsabilidad del triunfo o el fracaso, tuvo la sabiduría de optar por hombres que sabía que no solo desempeñarían brillantemente su cometido, sino que además estaban —como el mismo manifestó una vez obtenido el título— impregnados de unos valores y principios que se alzaban por encima de su habilidades y conocimientos y que serían decisivos en la consecución de ese sueño común.

Solamente una nube ensombrece este rayo de luz. Y es que hayamos tenido el valor de reaccionar de este modo ante el hecho de atinar a introducir el balón hasta el fondo de la red y callemos cobardemente, como si con nosotros no fuese, ante esos cien mil seres nocentes que cada año ven truncada su vida en el vientre de sus madres en España.

¿Qué clase de sociedad es la nuestra, que es capaz de vibrar como un solo ser por el triunfo en un juego y se desentiende de un hecho tan sanguinario como es el aborto? ¿Qué clase de sociedad es la que —con razón— reprocha el maltrato a los animales al tiempo que defiende, comprende, disculpa o vuelve la cabeza hacia otro lado, cuando de aniquilar la vida humana se trata? ¿Donde dejamos los tan manoseados “derechos humanos” y “la protección del no nacido”?

Con todo, este que suscribe, que habitualmente no siente el menor interés por el futbol, vibrando todo su ser y con los ojos nublados por la emoción, no quiere dejar de felicitar de todo corazón a nuestra Selección Nacional de Futbol. Han trabajado con profesionalidad; con coraje; dejándose la piel cada uno en su misión; sufriendo y gozando todos ellos como una piña, sin personalismos. Han hecho equipo y han cumplido con su deber y España deberá y sabrá honrarles como se merecen. Lo que siento es que en vez de jugar al futbol, no se dediquen a la política. Porque España necesita en La Moncloa un Vicente del Bosque, acompañado por unos hombres como los que nos han representado en Sudáfrica.

César Valdeolmillos Alonso

jueves, 10 de junio de 2010

Ceuta y Melilla no son de España, SON ESPAÑA




Hasta que quienes ocupan puestos de responsabilidad no acepten cuestionarse con valentía su modo de administrar el poder y de procurar el bienestar de sus pueblos, será difícil imaginar que se pueda progresar verdaderamente hacia la paz.
Juan Pablo II


Desde el día siguiente al que Marruecos, la nación vecina —y a pesar de ello amiga— obtuvo su independencia en 1956, sus más altas autoridades comenzaron a solicitar a España la entrega de Ceuta, Melilla, los peñones de Vélez de la Gomera y de Alhucemas, el islote de Perejil y del archipiélago de las Chafarinas, solicitudes que de un modo recurrente, se han venido produciendo de forma periódica cada vez que el país amigo ha querido desviar la atención de sus súbditos de sus graves problemas internos, sembrando, alimentando y excitando en su población, un sentimiento de falso agravio por parte de España o bien aprovechando momentos delicados, como el actual, por los que pudiera atravesar nuestro país.

Pretensiones

El pasado 17 de mayo, como quien no quiere la cosa, Abbas El Fasi, primer ministro marroquí, pronunció en el transcurso de su comparecencia ante una sesión plenaria de la Cámara de Representantes en Rabat —órgano similar a nuestro Congreso de los Diputados— intervención destinada a realizar un balance de la mitad del mandato de su Gobierno, las siguientes palabras: "Llamamos a la amiga España a abrir un diálogo constructivo con Marruecos para poner fin a la ocupación de estas dos ciudades marroquíes —se refería a Ceuta y Melilla— y de las islas vecinas expoliadas, dentro del marco de una visión de futuro".

Para El Fasi, el hecho de que "España niegue a Marruecos el derecho de recuperar dichos territorios, es anacrónico con el espíritu de los tiempos y con las relaciones estratégicas de buena vecindad existentes entre los dos países”.

En su alocución, el primer ministro apuntó que la "visión" de futuro que se abra sobre Ceuta y Melilla y los islotes, "deberá tener en cuenta los intereses comunes de los dos países y las nuevas realidades estratégicas y geopolíticas". Atención a este último concepto por es muy importante y más adelante volveremos sobre él.

No es difícil percatarse de que las cumbres europeas que se celebraron en esas fechas en Madrid, actuaron de caja de resonancia, amplificando a costa de España, el mensaje que Marruecos pretendía enviar a toda la comunidad internacional.

Presiones

Según publicó el diario El País el mismo día 17 de mayo en un artículo firmado por Ignacio Cembrero, “las palabras del primer ministro fueron pronunciadas un mes después de que la aduana marroquí colocase en la frontera de Melilla un cartel en el que se tacha a la ciudad de "ocupada". La diplomacia española trasladó a Rabat su "malestar" por esta iniciativa, pero no obtuvo ninguna explicación y el aviso sigue colgado en el mismo lugar”.

¿Se trata de una mera coincidencia y no existe la menor correlación entre la ofensiva verbal del jefe del Gobierno marroquí y el intento de entrada a Melilla de 15 subsaharianos procedentes de Marruecos, que tuvo lugar horas después de su alocución, siendo esta la primera tentativa de estas características registrada desde 2008, que fue repelida por la Guardia Civil y la Policía?

Por otra parte ¿guarda alguna relación con la postura marroquí, el hecho de que según el artículo firmado por Luis Ayllón en el diario ABC, cuatro días más tarde, el viernes día 21, el Gobierno se viera obligado a rechazar una nota diplomática enviada por Marruecos a la Embajada de España en Rabat, en la que se comunicaba que había sido detenido un ciudadano español cuando intentaba entrar a nado «en el presidio[1] de Ceuta», según supo ABC de fuentes solventes?

La representación diplomática devolvió de inmediato la nota verbal a Marruecos por incluir el término «presidio», que Rabat suele utilizar en sus peticiones sobre Ceuta y Melilla, pero que no es habitual que emplee en los textos dirigidos a España. Además, el embajador, Luis Planas, habló con un alto cargo del Ministerio marroquí de Exteriores para expresarle su protesta y su interlocutor se limitó a decir que tomaba nota.

Agresiones y afrentas

No obstante todo lo expuesto, el ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, considera, según dijo en el Foro ABC, que nada de esto impide que se mantenga una buena relación bilateral. Claro que la buena relación bilateral tradicional, tampoco impidió que en julio de 2002, Marruecos ocupara durante unos días el islote de Perejil, lo que causó una seria crisis diplomática.

Tampoco esta muy buena relación que mantenemos con la nación amiga de Marruecos, fue obstáculo para que en noviembre de 2007, se produjera un nuevo foco de tensión entre ambos países, al expresar el Rey Mohamed VI su “condena” y “denuncia” por la visita de don Juan Carlos y doña Sofía a las ciudades de Ceuta y Melilla, advirtiendo en tono desafiante, que las “autoridades españolas deberán asumir su responsabilidad en cuanto a las consecuencias” de la gira real, situación que desembocó en la retirada del embajador marroquí de Madrid durante dos meses.

Fue seguramente nuestra buena relación con Marruecos la que motivó que nuestro Presidente fuera recibido en el aeropuerto de Oujda, en Julio de 2008, con una bandera minúscula de España, tamaño toalla, rodeada de decenas de banderas marroquíes, lo que sin duda constituyó un desplante y una falta de respeto a nuestro país.

Actitud de España

Ante todos estos guantes lanzados por el reino alauita, el Ejecutivo español, pudiendo haber respondido con la misma contundencia con que lo hizo el país amigo, actuó con una muy ponderada tolerancia, renunciando a presentar protesta diplomática alguna. No obstante, al día siguiente de la última solicitud hecha por Marruecos, el diario La Vanguardia reflejaba en sus páginas una noticia difundida por la agencia EFE, que decía: “La vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, ha asegurado que "la soberanía y españolidad de Ceuta y Melilla no están en cuestión de ninguna manera" y ha señalado que "esta posición la conoce Marruecos", país con el que existe "muy buena relación". De todos modos, el sentido común dice que la postura recurrente del reino de Marruecos, constituye una falta de respeto a la relación de buena vecindad de dos países que dicen ser amigos”.

En este mismo sentido la vicepresidenta comentó que la relación con el reino alauí se ha intensificado durante la presidencia española de la UE y ha recordado la cumbre UE-Marruecos celebrada en Granada el 7 de marzo pasado y en la que se le pidió a Marruecos públicamente en rueda de prensa, avances en materia de Derechos Humanos.

A este respecto convendría recordar que España ha sido el principal valedor de esa cumbre, que tuvo como telón de fondo el estatuto avanzado concedido por Bruselas a Marruecos, incluso a veces con perjuicio notorio para nuestros propios agricultores, con el fin de dar "estabilidad" a toda la zona y ello a pesar de que Rabat sigue sin reconocer la integridad territorial española.

Por último, la vicepresidenta precisó que el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos se encontraba "en permanente contacto" con las autoridades marroquíes, lo que nos mueve a pensar que gracias a la notable eficacia de la diplomacia española, las cuestiones expuestas no van a más, ya que estos llamamientos a la integración de ambas ciudades en Marruecos, constituyen actos temerarios que podrían procar tensiones y conflictos de consecuencias imprevisibles, pues este tipo de salidas siembran el desasosiego entre nuestros paisanos del otro lado del Estrecho. Desasosiego para el que sólo hay un antídoto: cercanía y protección del Estado y del resto de los españoles.

Política marroquí

Como resultado de la política que Marruecos viene desarrollado durante años, a cualquiera que pase hoy por Melilla, le resultará dificil saber a qué lado de la frontera se encuentra, ya que la ciudad está amortiguándose a pasos agigantados a causa del aumento de la población del otro lado de la frontera, induciendo así una transformación de la estructura sociológica de la ciudad. Pero Marruecos no se conforma con lograr la metamorfosis de las poblaciónes melillenses o ceutíes, sino que intenta extenderla al resto de España, “invitando” a diversos medios y periodistas españoles a viajar al país alauíta, patrocinados por diversas entidades marroquíes con el fin de "conocer el Marruecos del siglo XXI".

Los intereses de España —y de Europa en general— en el Magreb, son cada día más sensibles y no deben quedar expuestos a soflamas de irredentismo, que convergen con las amenazas reiteradas de Al Qaida contra la presencia española en la región.

Españolidad de los territorios pretendidos

Por sabidas, probadas y notorias, sonroja citar de nuevo, la enumeración de las razones históricas, políticas y jurídicas en las que se basa la españolidad de los territorios inverosímilmente pretendidos por la nación amiga de Marruecos, por más que no estorbará recordar por enésima vez que España ejerce su soberanía sobre Melilla desde 1496 y sobre Ceuta, desde 1580. En su origen, fueron puestos de avanzada tras la conquista por los Reyes Católicos del último reino andalusí de la Península; el nazarí de Granada, en 1492. Resulta por tanto insólita y falaz la pretensión de unos territorios que jamás se poseyeron, ya que Marruecos obtuvo su independencia, en 1956.

Reflexiones sobre la situación

Cuando es bien sabido que las relaciones internacionales están presididas principalmente por razones de intereses propios, resultaría prudente y aconsejable al menos, considerar el retórico término de esa pretendida amistad que nos ha venido ligando a al reino alauita, por una idea mucho más práctica y realista, basada en los intereses de mutua conveniencia.

Partiendo de esta realidad, no deberíamos perder de vista una serie de actitudes muy significativas y que una tras otra nos ponen frente a los ojos el irredentismo marroquí.

Como se ha podido comprobar desde que asumió su independencia, Marruecos jamás abandonará sus aspiraciones anexionistas, salvo que las circunstancias así se lo impongan, dado que cuanto más territorio esté bajo su dominio, mayor poder obstentará en el contexto internacional. Así lo demuestra el ritual en el que se han convertido sus reiteradas peticiones, utilizando para ello los crecientes lazos económicos y demográficos entre ambos países.

Constituiría un grave error ignorar que la cruzada islamista de Marruecos no se esconde. Con un ministerio de Asuntos Islámicos, unos cien cristianos han sido expulsados del país, al parecer, por hacer proselitismo, entre los cuales figura el español, Francisco Patón Millán, dirigente de una empresa energética, que fue expulsado recientemente, acusado de intentar convertir a musulmanes.

En este punto, convendría tener muy en cuenta la significación simbólica de que la primera cumbre entre un país árabe y la Unión Europea se celebrara en Granada, cuya conquista supuso el fin del dominio musulmán en España y precisamente en el Palacio de Carlos V, monumento situado en el corazón de la Alhambra y que en su momento simbolizó el triunfo de la Cristiandad sobre el Islam[2].

No es menos digno de tener en cuenta el hecho de que 20.000 marroquíes vengan legalmente a trabajar regularmente a España cada año[3], donde ya están establecidos 746.000 que viven en nuestro país y constituyen la segunda población más numerosa, tras la rumana, mientras que el número de españoles que viven en Marruecos es de 6.278.

Ahora que nuestro país sufre una crisis económica sin precedentes, las autoridades de Marruecos han debido de pensar que es el momento de echar un nuevo pulso a España. De ahí que las declaraciones del primer ministro, Abbas El Farsi, constituyan un regalo envenenado a nuestro Gobierno. Abrir un diálogo sobre este tema, supondría sacralizarlo y terminaría por volverse contra España, ya que para Rabat sería el principio del reconocimiento de que realmente existe un contencioso. Y ello significaría acercarse peligrosamente al abismo. La crisis económica y financiera que sacude España tiene al Gobierno en serias dificultades, y la petición marroquí en lugar de darle oxígeno para enfrentarla, le añade un nuevo quebradero de cabeza.

A largo plazo, la estrategia de la presión continua ha proporcionado excelentes resultados al sultanato. De suerte que, paso a paso, se fueron anexionando Ifni, la franja de Tarfaya y el Sáhara occidental, con la pérdida que para España ha conllevado en materia de pesca, fosfatos, yacimientos petrolíferos o soberanía sobre las aguas.

Mientras Abbas El Fassi llama al diálogo a España, en base a que la Ley española obliga al empadronamiento de los extranjeros, y más allá de eso, incluso, a la reunificación familiar, en Ceuta y Melilla se tramitan diariamente un número importante de empadronamientos solicitados por ciudadanos marroquíes que han logrado unirse en matrimonio con musulmanes españoles de estas ciudades, convirtiéndose las mismas en escenario donde practicar el ‘matrimonio de conveniencia’. Diariamente el Registro Civil ha de validar matrimonios de musulmanes donde una de las partes procede de Marruecos —ya sea el hombre o la mujer— y este es un proceso muy preocupante que puede llegar a escapar de nuestro control. Concretamente y por este procedimiento, en un año, la población ceutí ha crecido en casi 1.900 personas, ascendiendo en la actualidad a 80.570. Esta situación, sirve de clara base a Marruecos para mantener una posición de fuerza -por causa de la población- más allá de los razonamientos de índole histórico-jurídica, válidos internacionalmente.

Desde el realismo político, el rey de Marruecos sabe que la conquista de tales territorios dependerá, ante todo, de su poderío político —militar, diplomático, económico o demográfico— frente a España. Con la Marcha Verde, cuando en España existía un vacío de poder, se hicieron con el control casi total del Sáhara Español. Con el anterior Ejecutivo, los marroquíes probaron a echar un pulso a España invadiendo el islote de Perejil. Ahora, en una situación de crisis internacional en la que cada país está inmerso en sus propios problemas y aprovechando que la Unión Europea se niega a reconocer la españolidad de las dos ciudades en cuestión, intentan dar un paso más en sus propósitos.

En esta situación ¿quien nos asegura que mañana no seremos objeto de otra marcha verde?

César Valdeolmillos Alonso
Accésit II Premio Nacional de Periodismo “Asociación Ceuta y Melilla Españolas”

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[1] Marruecos suele aplicar el término “presidio” a Ceuta y Melilla para subrayar que considera a las dos ciudades, plazas fuertes «ocupadas» y que no reconoce la soberanía de España sobre las mismas.

[2] Concepto que figura en la página http://www.alhambra-patronato.es/index.php?id=141 del Patronato de la Alhambra, dependiente de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.

[3] Manifestaciones de Mohamed Saâd Hassar, secretario de Estado del ministro del Interior de Marruecos.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Lo importante no es ser demócrata o dictador, sino ser de izquierdas



"La democracia es solo el primer paso hacia la consecución de la dictadura del proletariado. Que nadie dude que el poder será nuestro, por las buenas o por las malas".

Francisco Largo Caballero
(El Liberal, de Bilbao, 20 de enero de 1936).


El diario “La Gaceta”[1], bajo el epígrafe El tonto contemporáneo, publicó unas declaraciones del socialista Gregorio Peces Barba, en las que calificaba como un paréntesis en la democracia los Gobiernos de José María Aznar.

Me parece extremadamente grave que a estas alturas, el jurista que fue uno de los siete Padres de la actual Constitución española, Presidente del Congreso de los Diputados, Rector de la Universidad Carlos III de Madrid y Alto Comisionado para el Apoyo a las Víctimas del Terrorismo, ignore premeditadamente la etapa democrática de Adolfo Suárez y considere un paréntesis en la democracia española el período de los 8 años de gobierno del PP.

El demócrata que ejerció de inquisidor de la izquierda durante su rectorado en la Universidad Carlos III, boicoteando la actuación de un historiador que no coincidía con su pensamiento partidario y que como tal liquidó la Asociación de Víctimas del Terrorismo, cuando presumiblemente su misión era apoyar, representar y defender sus derechos y reivindicaciones, puede ser cualquier cosa menos tonto como le denomina La Gaceta.

Sus palabras denotan que para este demócrata socialista y otros que piensan como él, la democracia es únicamente patrimonio de la izquierda y me traen a la memoria aquel pronunciamiento de Francisco Largo Caballero, el sindicalista de la UGT que llegó a ser durante escasamente 9 meses Presidente del Consejo de Ministros de de la II República española y que por estar a favor de la Sovietización de nuestro país, llegó a ser denominado popularmente el «Lenin español», en el que manifestó: "Quiero decirles a las derechas, que si triunfamos, colaboraremos con nuestros aliados; pero si triunfan las derechas, nuestra labor habrá de ser doble: colaborar con nuestros aliados dentro de la legalidad, pero tendremos que ir a la Guerra Civil declarada. Que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo realizamos"[2].

Al menos, no se le podía acusar de hipócrita, farsante, tramposo, ni embustero como muchos de los que hoy ejercen el poder, cuando pronunció aquellas palabras, ni tampoco cuando más adelante aclaraba explícitamente: "La clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la Revolución".

Las manifestaciones de Peces-Barba ponen de relieve el sustrato que aún subyace en el ánimo la izquierda radical española, en relación con el sentido patrimonial que tiene de lo que ella entiende por democracia, que como se demuestra en el programa socialista, Madrid, 1910, ni creen en ella, ni la asumen, ni la soportan, ni la respetan. En el mismo se puede leer el siguiente comentario: “Es cierto que aspiramos a llevar representantes de nuestras ideas al municipio, a la diputación y al parlamento, pero jamás hemos creído, ni creemos que desde allí pueda destruirse el orden burgués y establecer el orden social que nosotros defendemos”.

En el VI Congreso del PSOE celebrado en Gijón, Pablo Iglesias proclamó: “Queremos la muerte de la Iglesia… para ello educamos a los hombres, y así les quitamos la conciencia… No combatimos a los frailes para ensalzar a los curas. Nada de medias tintas. Queremos que desaparezcan los unos y los otros"[3].

Consecuente con esta afirmación, Pablo Iglesias manifestó que la idea de elevar un monumento en el Cerro de los Ángeles, con el que Alfonso XIII consagraba España al Sagrado Corazón de Jesús era una “locura[4].

Milicianos fusilando la imagen del Sagrado Corazón de Jesús

Con el mismo talante abierto, conciliador y respetuoso para con sus semejantes, en similar sentido se expresó el fundador del PSOE en el Congreso de los Diputados cuando declaró: “El partido que yo aquí represento aspira a concluir con los antagonismos sociales,... esta aspiración lleva consigo la supresión de la magistratura, la supresión de la iglesia, la supresión del ejercito... Este partido está en la legalidad mientras la legalidad le permita adquirir lo que necesita; fuera de la legalidad cuando ella no le permita realizar sus aspiraciones"[5]

Estas y otras afirmaciones del mismo corte, solo se pueden interpretar a la luz de lo escrito por el filósofo francés Denis Diderot: “Del fanatismo a la barbarie, sólo media un paso”. Esa barbarie que produjo el frente popular antes del levantamiento del treinta y seis y que de forma mucho más refinada, pero siguiendo muy parecido guión, paso a paso, está desarrollando el actual ejecutivo español, capitaneado por el Sr. Rodríguez, que pudiera pensarse estar inspirado por aquellas manifestaciones de Francisco Ferrer Guardia[6], aquel socialista de triste memoria que dijo: “No nos interesa hacer buenos obreros y empleados, buenos comerciantes. Queremos destruir la sociedad actual desde sus comienzos”.

Con la Ley de Amnistía, la legalización del Partido Comunista y la aprobación por las Cortes y la ratificación por inmensa mayoría del pueblo español de la Constitución del 78, los españoles de buena voluntad creímos firmemente que, aunque permaneciesen las cicatrices, cerrábamos en ese momento las profundas heridas que nuestra horrible Guerra Civil había producido. Era un acto con el que nos perdonábamos mutuamente el salvajismo que ambas partes habían cometido. Un ejercicio de madurez y generosidad, en el que a partir del mismo, el pueblo español, sin distinción de ideologías, creencias, ni clases sociales, se daba la mano para caminar mirando hacia un horizonte común, basado en la concordia, el entendimiento, el progreso, la paz y el orden social, con el objetivo de conquistar definitivamente el lugar que en el contexto internacional a España le correspondía.

Existía un auténtico espíritu de fe en el futuro y aun a riesgo de repetirme, creo que es mi deber volver a dejar constancia de que jamás podré olvidar aquella conversación en la que el entonces Presidente Adolfo Suárez, por cierto, tan maltratado y silenciado por las altas instancias del Estado y la clase política que le ha sucedido, en la que mirándome fijamente a los ojos, me dijo: “…ya va siendo hora de que los españoles empecemos a querernos”.

Fue ese y no otro, el espíritu que permitió a la dirigente del PCE, Dolores Ibárruri “La Pasionaria”, sentarse de nuevo en el Congreso de los Diputados. La misma que a preguntas del diplomático Félix Schlayer, cónsul de la legación noruega en Madrid, sobre la posibilidad de que las dos mitades de España, separadas una de la otra por un odio abismal, pudieran vivir otra vez como un solo pueblo, respondió: “¡Eso es simplemente imposible! ¡No cabe más solución que la que una mitad de España extermine a la otra![7] o lo pronunciado en un mitin, “Más vale condenar a cien inocentes a que se absuelva a un solo culpable.

El sincero deseo de construir entre todos una España nueva y cerrar la puerta a tan triste página de nuestra historia, es lo que hizo posible volver a España y sentarse también en el Congreso de los Diputados a Santiago Carrillo, ese personaje que estando en el exilio, declaró a la periodista italiana Oriana Fallaci[8]: “Todo el abanico de fuerzas políticas españolas está de acuerdo para derribar al Régimen. De forma pacífica. Y si la derecha no nos ayuda, si el centro titubea, si la acción concordada no se realiza, dentro el plazo que ha dicho, entonces la Dictadura caerá de forma no pacífica. Quiero decir: que nos tendremos que doblar frente a la necesidad de derribarla con la violencia. Con una sublevación popular y contando con una parte del Ejército,”

»Yo soy un hombre político. Soy un comunista. Soy un revolucionario. Y la revolución no me da miedo. He crecido soñándola, preparándola. Pero cuando hablo de revolución no hablo de bombas y de guerrillas: hablo de abolir lo que se llama explotación del hombre por el hombre, hablo de la libertad y de los hombres. Y añado: yo no condeno la violencia, no estoy contra la violencia en cualquier caso. La acepto cuando es necesaria. Y si la revolución necesitara en España de la violencia, como ya la han necesitado en otros países, estaré listo para ejercerla. No podría jamás colocar una bomba bajo el automóvil de Carrero Blanco, pero puede estar segura de que si mañana fuera necesaria una insurrección usted me vería con el revólver en la mano.

»He hecho la guerrilla cuando creía en la guerrilla. Durante nueve años. No sé si soy un buen tirador, pero sé que apuntaba con cuidado: para matar. Y he matado. Y no estoy seguro de que esto me guste, aunque no me arrepiento de haberlo hecho”.

»¿Qué quiere que le diga de Juan Carlos? Es una marioneta que Franco manipula como quiere, un pobrecito incapaz de cualquier dignidad y sentido político. Es un tontín que está metido hasta el cuello en una aventura que le costará cara. … ¿Qué posibilidades tiene Juan Carlos? Todo lo más ser rey durante unos meses. Si hubiese roto hace tiempo con Franco, habría podido encontrar una base de apoyo. Ahora ya no tiene ni ésa, y es despreciado por todos. Yo preferiría que hiciese las maletas y se marchara junto a su padre diciendo: “Remito la Monarquía en las manos del pueblo”. Si no lo hace, acaba mal. Acaba realmente mal. Corre incluso el riesgo de que lo maten".

Como es fácil constatar, es en estas tan conciliadoras y moderadoras ideas, en las que se inspira el espíritu del socialismo al que estamos sometidos y que en el aspecto económico, ha llevado al hundimiento de España para muchos años; a la desmoralización de su tejido social; al punto más bajo de la formación de nuestra juventud que ve como pasan los años y no encuentra horizonte para sus naturales aspiraciones de futuro; a la reapertura indeseada por los españoles de esa brecha que provocó el enfrentamiento entre hermanos; a la destrucción de la estructura empresarial, que tardaremos mucho tiempo en reconstruir; a la invasión política de la justicia que produce la desconfianza y el descontento de los ciudadanos ante la aplicación de la Ley; al ataque constante y permanente a la Iglesia con el único objeto de invalidar y destruir todo principio moral y ético de la sociedad; a eliminar en la práctica la legítima patria potestad de los padres con respecto de sus hijos; a destruir la autoridad propia del magisterio de los docentes; a provocar cinco millones de dramas familiares que ven su vida truncada a causa del paro provocado por los despilfarros de un visionario nostálgico que jamás hubiera debido llegar al poder; a causar la ruina de cientos de miles de emigrantes que invirtieron todo su patrimonio ante el señuelo de los cantos de sirena del milagro económico español y “papeles para todos”, que ahora devolvemos a sus países de origen hundidos en la miseria más absoluta; al desprestigio más rotundo de España en el concierto internacional; a la desmembración incontrolada del Estado, en algún caso con efectos probablemente irreversibles; a la desesperanza, el miedo y el temor de cientos de miles de jubilados que ven como en premio a los esfuerzos de toda una vida, ahora se les castiga cruel e insolidariamente, mientras por otra parte se dilapidan los beneficios que a ellos en justicia les pertenecen, en la creación de castas privilegiadas destinadas a utilizarlas como punto de servil apoyo al régimen establecido, tales como sindicatos ideológicos, titiriteros de la ceja, lobbys y fundaciones de distinta índole y ONGs de muy dudosa utilidad social. Y todo ello, sobre la base de la legitimidad basada en la falsedad, la mentira, la manipulación, el ocultamiento y el engaño permanente y el apoyo de no pocos medios de comunicación que por intereses espurios han olvidado cual su auténtica misión y razón de ser, haciendo de la española, una sociedad enferma, incapaz de reaccionar ante tanta arbitrariedad, atropello e injusticia.

Que ahora, a la vuelta de 35 años quieran relatar de nuevo la historia, como si la Transición hubiera sido una bajada de pantalones de la izquierda; como si la amnistía del año 1977 no tuviera el refrendo de unas Cortes con diputados como Santiago Carrillo y la Pasionaria; como si lo que hemos vivido hubiera sido un sueño, es una inmoralidad que los españoles no nos merecemos.

Claudio Sánchez-Albornoz, socialista y uno de los más notables historiadores españoles, dijo bien claramente que: "El franquismo ha sido un mal menor al lado de lo que hubiera supuesto para España la victoria «republicana» y a su regreso del exilio, el sábado 24 de abril de 1976, a pie de pista en el aeropuerto de barajas, declaró: “Sólo tengo una palabra: paz. Ya nos hemos matado demasiado; entendámonos en un régimen de libertad poniendo todos de nuestra parte lo que sea necesario. Hay que hacer una España nueva entre todos los españoles. No soy más que un viejo predicador de la paz y la reconciliación. No tengo de rojo más que la corbata".

Si el Presidente del ejecutivo español careciese de la insuficiencia intelectual que ha demostrado poseer, jamás hubiese dejado que el pasado atacara al presente, sirviéndose de los implacables recuerdos. Por el contrario, debiera haber aprendido de la frase de su correligionario, el eminente filósofo español Miguel de Unamuno, que dijo: “Procuremos más ser padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado”.

Sin embargo y a pesar de todo lo expuesto, al actual ejecutivo le asiste una absoluta legitimidad en base a lo que la mayoría de los españoles decidieron en las urnas en las últimas elecciones generales. Y lo hicieron con pleno conocimiento, puesto que ya existía la experiencia de los excesos acontecidos en la legislatura anterior. No resulta coherente en estos momentos llamarse a engaño y lamentarse de los resultados, porque de aquellas aguas, vienen ahora estos lodos. Está muy claro que el pensamiento imperante entre los españoles, es el mal llamado progresista, si es que a la vista de los resultados, a lo que estamos soportando, se le puede llamar progreso. Parece ser que la mayoría del pueblo español está de acuerdo en que lo importante no es ser demócrata o dictador, sino ser de izquierdas.

César Valdeolmillos Alonso
___________________________
[1] La Gaceta”, 7 de mayo de 2010, página 2
[2] El Liberal, de Bilbao, 20 de enero de 1936.
[3] Recogido por Luis Gómez Llorente en su libro “Aproximación a la historia del socialismo español hasta   1921”, Cuadernos para el Dialogo, Madrid,1972, página 169
[4] Ricardo de la Cierva, “Historia actualizada de la II República y la Guerra de España, pag. 25
[5] Diario de Sesiones del 5 de Mayo de 1910
[6] Francisco Ferrer Guardia, terrorista y creador de la Escuela Moderna que tenía como lema "la destrucción del todo" y "Viva la dinamita", calificado por Miguel de Unamuno como "tonto, loco y criminal cobarde", instigador del atentado contra Alfonso XIII el día de su boda, fue considerado principal instigador de los hechos y condenado a muerte.
[7] “Matanzas en el Madrid republicano” (p. 242), del diplomático Félix Schlayer, publicado por Áltera.
[8] Semanario L’Europeo, de Milán, 10 de octubre de 1975


jueves, 6 de mayo de 2010

De engaños y engañadores



“Las grandes masas de gente caen más fácilmente víctimas de las grandes que de las pequeñas mentiras”

Adolph Hitler
Militar y político alemán de origen austriaco



La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahveh Dios había hecho. Y dijo a la mujer: "¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?" Respondió la mujer a la serpiente: "Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Mas del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte." Replicó la serpiente a la mujer: "De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal." Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores. Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín. Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: "¿Dónde estás?" Este contestó: "Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí." El replicó: "¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?" Dijo el hombre: "La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí."

La Biblia. Génesis III, 1-12

Como claramente se puede apreciar por este pasaje de las sagradas escrituras, el pecado original del hombre se debió a la inocencia de nuestros padres dada la inexistencia del mal en el paraíso. Tan inocentes eran, que ignoraban que estaban desnudos y como consecuencia del espíritu puro que hasta entonces poseían, creyeron de buena fe las palabras de la sierpe, ignorando la gravedad que encerraba la violación del mandato divino.

Si analizamos el hecho con rigor, observaremos que esa violación, no fue una pretensión, propósito o intención que germinase en su interior de forma instintiva y voluntaria, sino que se originó como consecuencia de un argumento falso, aunque aparentemente verdadero, que les indujo a error o engaño: una mentira: La mentira de la serpiente. ¿Acaso no será ese el verdadero pecado original de la humanidad, el cual arrastraremos hasta final de los tiempos?

La disyuntiva de esta hipótesis podría ser merecedora de una profundización filosófica mucho más amplia que por el momento no es el objeto de este trabajo. Sin embargo, lo que sí nos revela de forma incuestionable este pasaje del Génesis, es que la mentira —el arte de jugar con la verdad— el empeño del mal, encuentra su razón de ser en la destrucción del bien y desde la noche de los tiempos, constituye el origen de todas las desventuras sobrevenidas posteriormente al género humano.

A partir de aquel momento bíblico —asimílese esta referencia a los orígenes antropológicos de la humanidad— las sociedades humanas serán ya propiamente políticas y bajo la institucionalización y generalización de la verdad como instrumento de relación entre los hombres, la mentira queda establecida, pudiendo ya impregnar con amplias texturas, todas los capas de la sociedad.

El comportamiento de la serpiente, pone de manifiesto lo que hoy se denomina como ‘inteligencia maquiavélica’, es decir: la aptitud para el engaño y el contraengaño, que a partir de ese momento, constituiría un poder capital en la transformación de la conducta del hombre al inducirle tanto a imaginar mundos irreales, como a representarse el mundo desde un punto de vista distinto al existente. Es un comportamiento nuevo destinado a derrotar un esquema previo de conducta, una situación establecida o una realidad histórica.

No obstante, la mentira como acto social, no puede prescindir de la aberración del que, creyéndose poseedor de la verdad, la ignora. La mentira tiene las patas cortas ante la verdad dominada por el otro, pero camina ligera en los vastos campos de la credulidad del engañado, mostrando vislumbres de un inexistente resplandor proyectado; sombras interpretadas a la luz de una imagen falsa y deformada de la verdad, pero que no es la verdad misma. Solo al poeta, le es lícito usar la farsa por su carácter flexible para hacer entender lo que él imagina mas allá de los hechos ciertos.

Este comportamiento de alteración artificiosa de la verdad, como hace el enredador ilusionista, de hecho tiene por objeto inducir a las mentes menos ilustradas de la sociedad, a dar por cierto un contradiseño destinado a transformar la situación existente. Tal conducta, concebida con el fin de engañar a los demás, al igual que el camaleón, precisa de un gran poder de adaptación a las circunstancias cambiantes, con el fin de desactivar una realidad palpable por una situación irreal y engañosa.

Conviene señalar que el engañador, no sólo se finge ante los demás, sino también ante sí mismo, un acontecimiento inexistente. Pero distingamos que el hecho de fingir ante uno mismo, es por completo distinto a la de engañarse a sí mismo. Manejar una hipótesis cualquiera significa fingir durante cierto tiempo la verdad de una declaración cuya certeza desconocemos o se nos antoja improbable; sólo que, a diferencia del autoengaño, en todo momento sabemos que estamos fingiendo.

La impostura es una actitud embaucadora y charlatana propia de tahúres, fulleros y tramposos que exige una sobreactuación, al tiempo que presenta una imagen ennoblecida de sí mismo. Paralelamente y en un orden inverso, precisa de la ocultación de aquellos aspectos íntimos que pudieran mostrar una imagen negativa, depreciada, incluso opuesta a la que se ostenta, hasta el punto de que si estos se descubriesen, la persona que así actúe, sería irremisiblemente condenada a la inaceptación. Por ello y como blindaje de autodefensa ante este posible riesgo, es harto frecuente comprobar, como la cara más oculta e innoble del impostor, este la atribuye impúdicamente a personas de su entorno, normalmente rivales, adversarias o competidoras del mismo.

En el guante de Doña Blanca, Lope de Vega dice: "Que no hay tan diestra mentira, que no se venga a saber". Y lo peor es que las mentiras de estos pagados de sí mismos, con harta frecuencia no solamente no son diestras, sino que revelan una tosquedad, que si no fuera por la gravedad de las consecuencias que pueden acarrear, moverían a una hilaridad delirante.

Pero no nos engañemos, porque más allá de toda consideración moral, aquellas personas que hacen de la mentira la base y sustento de su proceder, han de ser maquiavélicamente inteligentes en su puesta en escena. Quien miente ha de pensar más que quien dice la verdad, pues por fuerza debe afianzar la coherencia de sus argumentos, controlar sus emociones y prestar atención a sus propios movimientos para no delatar su verdadero pensamiento, ya que de no acertar en el elogio de sus maniobras y jugarretas sin que los demás se aperciban de su hipocresía, sus palabras y sus actos pueden causar un efecto contrario de rechazo y terminar siendo objeto de la rechifla y mofa de quienes les escuchen, con el consiguiente descrédito y deshonra de su persona, pues quien miente en una cosa, faltará a la verdad en todas.

Generalmente estas actuaciones las protagonizan aquellas personas que están obsesionadas en negar deliberadamente la verdad efectiva y hacen de la mentira su afán cotidiano con la intención de cambiar un determinado estado de opinión.

Desde que Odiseo concibió la estrategia engañosa que encerraba el caballo de Troya, con la que los crédulos troyanos introdujeron al enemigo dentro de sus murallas causando con ello su propia destrucción, durante tres milenios y hasta nuestros propios días, los astutos y malintencionados cabecillas de la sociedad, han venido aplicando con notorio éxito por cierto, el elogio de un meditado y fraudulento talante bondadoso —como medio de enmascarar los intereses propios— y de este modo conseguir engañar a los ingenuos faltos de reflexión. Es la eterna emboscada de la astucia hipócrita, frente a al cándido e inconsciente idealismo.

Aparentemente, estas artimañas nos pueden parecer tan burdas como inverosímil el hecho de que puedan dar resultado, pues ‘pensar lo que no es’ resulta tan irreal como ‘ver lo que no hay’. No obstante, no debemos perder de vista de que sobre base tan tosca, pueden construirse sin embargo verdaderas obras de arte que nos hagan ver el día, noche y lo blanco, negro. Los hombres astutos como Odiseo son engañadores, no por simplicidad o insensatez como a primera vista, cándidamente pudiésemos creer, sino sobre la base de su maligna inteligencia. En este punto, no nos debe caber la más mínima duda de que saben perfectamente lo que hacen, y por eso obran taimadamente en punto a veracidad.

Es frecuente escuchar como a estas personas que niegan la realidad palpable y de forma impúdica y desvergonzada la sustituyen por la más grotesca e increíble de las mentiras, se les califica de forma irreflexiva de locos, ignorantes, incapaces o ineptos. Pienso que esta una forma instintiva y precipitada de apreciación. Sobre este punto, no estaría demás recordar el diálogo entre Sócrates e Hipias, cuando éste último, ante la afirmación socrática de que el mentiroso es un hombre inteligente y superior, se rebela, indignado y pregunta: “¿Cómo es posible que los que cometen injusticia voluntariamente, los que maquinan asechanzas y hacen mal intencionadamente, sean mejores que los que no tienen esa intención?” “Sería horrible, Sócrates, que los que obran mal voluntariamente, fueran mejores que los que obran mal contra su voluntad”

Sócrates al confesar su indecisión sobre la cuestión planteada, no solo no resuelve el dilema, sino que lo ahonda.

El aspecto más turbador de este callejón sin salida es su conclusión lógica: admitir la superioridad de quien miente con ocultas y taimadas intenciones, sobre quien simplemente se equivoca.

El aparente contrasentido de la conclusión a la que llegan Hipias y Sócrates, radica en que tanto uno como otro, al aceptar el concepto de superioridad, no distinguieron entre la supremacía intelectual y la excelencia moral, hecho que tan decisivo resulta en el caso que nos ocupa.

Al obrar como lo hizo la serpiente del paraíso, se revela la superioridad inmoral de quien actúa mal a conciencia, a diferencia de quien actúa mal por ignorancia. Es ésta una conclusión certera, aunque de inaceptables consecuencias éticas y morales. Esta diferenciación, hemos de tenerla muy presente en el momento de analizar las palabras y los hechos de las personas que así obran, ya que seducir a los hombres que no poseen la capacidad suficiente de apreciar el intelecto, sea propio o ajeno, es una práctica corriente cuando la incultura consigue su exaltación gracias al apoyo de quienes gobiernan un país.

Hay una sentencia que dice que la rosa no florece en el pantano, lo que nos viene a indicar que la miseria, es el campo fértil en el que anida el mal. El mal, hijo poderoso del rencor, es la peor consecuencia de la propia incapacidad y del conocimiento de nuestra propia insolvencia, nace el miedo. De ahí que quienes causan el mal conscientemente, no lo hagan porque sean fuertes, sino por todo lo contrario. Es entonces cuando para lograr los intereses bastardos perseguidos, sustituimos nuestra insuficiencia por la hipocresía y la falsedad, ocultándolas tras la máscara de la ingenuidad, que es la mayor de las maldades.

PD.- Cualquier semejanza o paralelismo que de las ideas expresadas en este artículo pueda establecerse con situaciones o personas conocidas, obedecerá a la exclusiva interpretación que el lector haga de las mismas.

César Valdeolmillos Alonso

lunes, 12 de abril de 2010

Catarsis



Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos.
Viktor Frankl
Neurólogo y psiquiatra austriaco

¡Crisis! En la TV, en la radio, en la prensa, en la calle, en la empresa, en el seno de nuestra familia, escuchamos constantemente esta palabra. Una realidad en la que nos encontramos hundidos desde hace tiempo. Una situación que se ha establecido en nuestro ánimo y que de forma implacable, al igual que el martillo lo hace sobre el yunque, golpea nuestro espíritu de forma constante. Pero este hecho, ¿nos hace ser conscientes de que nos encontramos ante un problema que nos sitúa a todos en una situación tan delicada, que inevitablemente promoverá una transformación importante de nuestra situación social?.

En cualquier sociedad sólidamente establecida, el desarrollo de este proceso, da lugar a una inestabilidad emocional del individuo que produce el temor ante un futuro desconocido. La suma de los temores de cada uno de los miembros de la colectividad de la que formamos parte, es la que origina una atmósfera global de lógica duda e inseguridad en el tejido social, de la que solo es posible salir cuando se hace un análisis correcto de la realidad y valientemente se adoptan las medidas correctoras necesarias que conduzcan al objetivo más adecuado de los posibles.

Pero cuando hablamos de “crisis”, ¿a que “crisis” nos referimos? Es cierto que se ha producido una quiebra global en orden financiero. Pero esta fractura del sistema económico mundial, no es más que la manifestación externa de una catarsis global que atraviesa todos los ámbitos de nuestra existencia; el concepto de la vida y de la muerte; la consideración del individuo como ser único, singular e irrepetible; la educación y la cultura entendidas en un sentido universal y de respeto; el reconocimiento del fruto que inevitablemente proporcionan la dedicación, el sacrificio y el esfuerzo; el valor insustituible de la familia; el prestigio de las instituciones basado en la ejemplaridad de aquellos que las representan y la recuperación de los valores humanistas, perdidos en aras del relativismo, que nos ha establecido en un materialismo deshumanizador y egoísta que solo nos conduce a ninguna parte en un estado de permanente insatisfacción.

Es innegable que hay hombres inicuos que cuidadosamente nos han llevado al abismo y algunos de los cuales —como es el caso de España— empecinadamente continúan perseverando en ese camino. Pero no es menos cierto, que de algún modo, todos hemos participado en esa empresa. Y no nos hagamos trampas al solitario. Muy pocos eran los que no intuían que algo tenía que pasar.

La crisis es una manifestación que ha convulsionado al mundo entero, mucho más duramente en los países regidos por el socialismo, sin distinción de clases sociales. Vivimos obsesionados con señalar a los culpables —lo que no está demás— sin preguntarnos cual es la causa que ha dado lugar a esta situación.

La raíz de la misma, encuentra su origen en nuestra cómoda instalación en un entorno en el que todo es basura; desde la comida a la televisión, pasando por principios tan importantes como el olvido —cuando no el rechazo— del testimonio heredado de nuestros mayores, a quienes en no pocos casos llegamos a considerar un impedimento o hasta un estorbo para nuestros planes.

El resultado de esta realidad ha derivado con más frecuencia de lo deseable, en una dejación de nuestros deberes como padres en la formación[1] de nuestros hijos, depositando esta responsabilidad en manos de quien no le corresponde, el Estado, el cual ha encontrado la situación propicia para moldear las conciencias de los mismos[2] y adaptar a sus intereses la realidad histórica de los pueblos, haciendo de ellos fieles y presionados súbditos, en vez de libres ciudadanos con capacidad para pensar y discernir por sí mismos.

Cuando comprobamos a diario, que por intereses bastardos, el sistema se asienta con una casi absoluta impunidad en el fraude, la agresión, el engaño, la ocultación y la mentira permanentemente, nos invade un sentimiento negativo de impotencia que se extiende como una mancha de aceite, apoderándose de la sociedad un descreimiento generalizado.

En este proceso, es importante señalar el trascendental papel que juegan, los que Julián Marías denominó, “medios de desinformación”, censurando, vetando, ocultando, magnificando, minimizando, parcializando, dirigiendo, sacando fuera de contexto, fomentando, atacando o equiparando situaciones claramente diferenciadas y todo ello en función de sus propios intereses.

Este escenario es el que ha provocado que vivamos sumidos en una profunda crisis cultural y social. Crisis que significa la pérdida de convicción, de certeza. Somos invadidos por el sentimiento de que es imposible hacer pie en nada firme. Ello nos hace vagar sin rumbo sumidos en la convicción de no poder dar una orientación a nuestras vidas. La consecuencia es una crecida aparición de depresiones, estados de ansiedad y angustia, que nos instalan en la desconfianza.

La nave del progreso material y el mal llamado “estado de bienestar”, nos ha arribado a un puerto en el que solo hemos encontrado una gran pérdida de la calidad del ser humano y sus relaciones interpersonales.

La masa de la que hablaba Ortega y Gasset se ha transformado en una multitud más crítica que, desorientadamente busca soluciones.

Pienso y creo, que para salir de la confusión, el primer paso es tener una idea clara de lo que es y lo que representa el ser humano, al que ahora no se le da valor alguno y sobre la invocación de una supuesta demanda social, cual esclavo de los tiempos de Roma, se ve sometido a la voluntad del césar de turno.

Nos decía Ortega y Gasset que cuando estamos perdidos y ahogándonos en un mar de incertidumbres e incredulidades, hay algo de lo que no podemos dudar: de nuestra propia vida, nuestra vida concreta, la de cada uno. Según sus palabras, "vivir es lo que nos pasa, desde pensar o soñar o conmovernos, hasta jugar a la bolsa o ganar batallas. Pero, bien entendido, nada de lo que hacemos sería nuestra vida si no nos diéramos cuenta de ello. Todo vivir es vivirse, sentirse vivir, saberse existiendo". El ser humano se encuentra inmerso, por una parte en su propio “yo” y por otra, en el contexto en el que ese yo debe desarrollar su existencia. De ahí la universal expresión que el filósofo incluye en Meditaciones del Quijote: "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo".

El objetivo del ser humano, no es él en sí mismo, sino la tarea, el proyecto, ese algo que ha venido a desarrollar y se va forjando a medida que se realiza. El ser humano es un proyecto que lucha por realizarse en una situación concreta, pero cambiante al mismo tiempo. Decía Alexis Carrel “Lo mismo que un río: el hombre es cambio y permanencia”. Por ello se hace precisa la búsqueda permanente de alternativas en la contienda de la vida. Del hallazgo de esas opciones, dependerá el estado de satisfacción, sufrimiento, angustia, tristeza o alegría en que nos situemos.

Si es un hecho que la mayor parte de las veces no está en nuestras manos adecuar a nuestro gusto las circunstancias, no nos quedan mas que dos opciones: amoldarnos al contexto en que nos encontramos inmersos, sin someternos a sus dictados, conservando los propósitos esenciales de nuestro proyecto y optar por alguna de las opciones de acción que se presenten o en caso extremo, determinar un cambio radical de proyecto, lo que requiere un serio ejercicio de reflexión.

El hecho es que, cual volcán que ha comenzado a entrar en erupción, bajo lo que estimamos como una mera crisis económica, germina el estallido de toda una revolución socio-cultural y como decía Rabindranath Tagore “Para que una revolución tenga éxito, debe redescubrir valores ya olvidados y adaptarlos a las exigencias de la época”.

César Valdeolmillos Alonso

[1] No hay que confundir formación con educación

[2] En España promulgando leyes como Educación para la ciudadanía, Memoria histórica, Matrimonios homosexuales, Aborto y otras de semejante cariz orientadas a destruir la familia y la supresión de todo tipo de valores humanistas.



lunes, 15 de marzo de 2010

La ética de la conveniencia




“Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes fueron de oro puro, sino de oropel y hoja de lata”
Miguel de Cervantes Saavedra
Príncipe de los Ingenios



Solo la gran insignificancia del ser humano y la inmensa ruindad que es capaz de albergar en su interior, me permiten entender las felicitaciones y los aplausos de los parlamentarios socialistas, cuando el pasado 24 de febrero, el Senado español dio luz verde a la nueva ley del aborto.

¿Alborozo y satisfacción por los cientos de miles de criaturas inocentes e indefensas que esta injusta Ley va a permitir que nunca lleguen a ser? Decía el gran sofista griego Protágoras, que: “El hombre, es la medida de todas las cosas” y por tanto, también del mal.

La vida es el supremo bien que estamos obligados a preservar y defender. Consecuentemente, ningún crimen, sea cualquiera la causa que nos indujese a cometerlo, puede encontrar fundamento razonable para realizarlo y por ende, por ninguno de los supuestos que contempla la nueva Ley.

No es cuestión ahora de entrar en la falaz discusión de en que momento comienza la vida humana, por cuanto la ciencia ha demostrado de forma irrefutable que este hecho se produce en el mismo instante de la concepción.

Desde el momento que una mujer queda embarazada, lo que hace es albergar en su seno una vida independiente de la de sí misma y sobre la cual, aun cuando pudiera existir grave riesgo para su vida o salud, no tiene la menor potestad. De ahí que cualquier acción que lleve a cabo contra esa vida, constituya un asesinato sin ningún tipo de atenuante.

El otro supuesto que contempla la nueva norma, el de que existan graves anomalías en el feto, tampoco nos otorga el menor derecho a disponer de ese ser. La vida de un ser humano, es algo infinitamente más grandioso que un cuerpo con todas sus limitaciones, al estar dotada de una inteligencia para pensar, razonar, crear y desarrollarnos y que nunca podremos saber lo que será capaz de aportar al verdadero progreso de la humanidad. Si se hubiese producido esta circunstancia en el caso del gran físico, cosmólogo y divulgador científico inglés, Stephen Hawking, sus conocimientos y sabias aportaciones, jamás hubieran visto la luz, de haberle sido aplicada la nueva legislación española sobre el tema que nos ocupa y que entrará en vigor el próximo cinco de julio.

Pero es que no hace falta ninguno de estos supuestos, porque la mayor perversión de esta Ley, es que permite la degradación de que, a partir de los dieciséis años y “sin intervención de terceros”, una madre destruya a su propio hijo a su libre albedrío.

La inconmensurable indignidad y egoísmo del ser humano, es lo que al filósofo y escritor indio, Rabindranath Tagore, le hizo afirmar que: “El hombre es peor que una bestia, cuando la bestia domina en él”.

La mayor de las maldades, se produce cuando la hipocresía, la falsedad y los intereses bastardos, se ocultan tras la máscara de la legalidad, pero la verdad es que un aborto provocado siempre será un asesinato y seguirá siendo verdad, aunque se piense o nos quieran hacer ver lo contrario y el mal seguirá siendo el mal, aunque todo el mundo lo practique, mientras que el bien seguirá siendo el bien, aunque nadie lo hiciera.

Se ha presentado este inconcebible contrasentido, como un progreso en el derecho de la mujer, cuando la va a convertir de por vida, en esclava de su propia acción. ¿Qué progreso femenino es el que proporciona al hombre carta blanca sin responsabilidad alguna, ya que ni siquiera se tiene en cuenta su paternidad a la hora de decidir el futuro de la vida que él ha promovido?

Decía Albert Einstein que: “La palabra progreso no tiene ningún sentido mientras haya niños infelices” y cabría añadir: cuanto más, si los matamos cuando son absolutamente indefensos.

La realidad es que la nueva norma fue aprobada por mayoría en las Cortes Españolas y tal y como señala la Constitución, le fue presentada a la firma a Su Católica Majestad, Juan Carlos I.

La Constitución española, dice que el Jefe del Estado, sancionará las leyes que hayan sido aprobadas por el parlamento, pero no cita “obligatoriamente”, lo que le permite negarse en un caso como este, en el que supuestamente la norma, como cristiano católico, contradice lo que se presume que son sus propias creencias y principios.

No se puede ignorar que, ciertamente, una negativa a firmar, produciría una crisis institucional, que podría costarle al monarca la corona. Pero tampoco un católico puede desconocer y hacer caso omiso de que la Ley Divina, está por encima de las leyes de los hombres. Volvemos como siempre al eterno contencioso entre Becket y Enrique II Plantagenet, Rey de Inglaterra.

Me vienen ahora a la memoria las figuras de los presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República Española, Nicolás Salmerón Alonso, político y filósofo español, que dimitió por negarse a firmar una pena de muerte y la de Estanislao Figueras y Moragas, que presidiendo un Consejo de Ministros, harto de debates estériles, mostrando toda la delicadeza y finura de su espíritu, llegó a gritar en catalán: «Senyors, ja no aguanto més. Vaig a serlos franc: estic fins als collons de tots nosaltres!». «Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!». Tan harto que el 10 de junio dejó disimuladamente su dimisión en su despacho en la Presidencia, En aquel tiempo en la actualmente desaparecida Casa de los Heros, en la calle Alcalá número 34,.se fue a dar un paseo por el parque del Retiro y, sin decir una palabra a nadie, tomó el primer tren que salió de la estación de Atocha. No se bajó hasta llegar a París.

La moral no es nuestras creencias, sino la forma que damos a nuestra vida con nuestros hechos. Es preciso saber lo que se quiere; hay que tener el valor de decirlo y cuando se dice, es menester tener el coraje de hacerlo, porque los pueblos son grandes, no por el tamaño de su territorio, ni por el número de sus habitantes. Ellos son grandes, cuando sus hombres tienen conciencia cívica y fuerza moral suficiente, que los haga dignos de una civilización y cultura que los conduzca al progreso del perfeccionamiento moral y humano.

En España se ha pasado de la ética de los principios, a la ética de la conveniencia y lo cierto es que, evocando el Evangelio, cuando el Gran Sanhedrín o lo que es igual, nuestro parlamento, sometió a la decisión del Prefecto, nuestro Rey, la suerte del inocente indefenso, no hubo un Poncio Pilato que tratase de salvarlo.

César Valdeolmillos Alonso

sábado, 16 de enero de 2010

La ceguera de Europa


"Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven."

José Saramago


La separación e independencia del poder temporal y el poder divino fue establecida cuando los fariseos, intentando sorprender a Jesús, le enviaron a sus discípulos con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres. Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario. Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la inscripción? Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. (Mateo 22:16 a 22:21).

Es precisamente esta filosofía la que promueve la libertad religiosa, entendiendo por ella no sólo la libertad de cada ciudadano para profesar la religión que crea verdadera, sino también la “libertad frente a la religión” misma, que ampara incluso a quienes no deseen profesar ninguna. Esta concepción de la libertad de la persona, es tan amplia y absoluta, que hace evidente que la profesión de una fe religiosa, bajo ningún concepto puede constituir un agravio para quienes profesan otro credo o para quienes no profesan ninguno.

El litigio entre la autoridad secular y la religiosa —que jamás ha dejado de estar vigente— ha adquirido notoria relevancia con el pronunciamiento de la Corte de Derechos Humanos europea, al establecer el pasado 4 de noviembre que la presencia de crucifijos en las escuelas públicas de Italia, viola las libertades religiosas y de educación. Este fallo, fue criticado por el Vaticano y generó la reacción del gobierno italiano, ya que el mismo contempla la laicidad, no como neutralidad del Estado ante el hecho religioso o ideológico, sino como ausencia de visibilidad de la religión. El veredicto crea una situación falsa y engañosa que posibilitará un escenario carente de toda concepción creyente, pero no, sin embargo, libre de otras filosofías antirreligiosas de impacto ético equiparable, orientadas a desencadenar la eliminación de las conciencias. Una posición que está siendo alentada por poderosos sectores con extraordinario poder mediático, interesados en moldear la opinión pública conforme a ideologías que se ajustan sus particulares intereses, comprometidos con los egoísmos políticos y económicos y no con la búsqueda de la verdad y del bien común.

Es esta una sentencia histórica, al ser la primera vez que el tribunal se pronuncia sobre la presencia de símbolos religiosos en las escuelas. En ella, concede razón a una ciudadana italiana de origen finlandés, enérgica defensora de su libertad, a la cual ofende la presencia de una Cruz colgada en la pared o puesta sobre la mesa de una escuela pública. Y ante tal decisión de la Corte Europea de Derechos Humanos, cabe preguntarse: ¿Qué derechos humanos y de quien, son los que defiende esta corte? ¿Qué instancia vela la tutela de la libertad religiosa en el mundo? ¿Dónde queda la libertad de millones de europeos a los cuales en modo alguno ofende la Cruz en las escuelas, porque —con independencia de las creencias religiosas individuales— la misma, recuerda y constata la identidad de todo el mundo occidental. Una identidad enraizada en la tradición histórica, filosófica y cultural del humanismo judeocristiano.

Si la causa por la que la Corte de Derechos Humanos de Estrasburgo ha sentenciado que la presencia de un Crucifijo en una escuela es «contraria a la libertad religiosa», se debe a que el símbolo se encuentra ubicado en un lugar público, en virtud de ese mismo principio, cabe deducir que es «contraria a la libertad religiosa» la exhibición cualquier símbolo confesional —no solo los cristianos— en cualquier espacio público de cualquier país europeo y consecuentemente, en base a este veredicto, habrían de eliminarse los mismos, para que nadie se sienta agraviado.

Como si de una historia de ciencia ficción se tratase, de aplicarse finalmente los fundamentos de esta inverosímil sentencia —jurídicamente muy discutible y en la práctica, de irrealizable aplicación— Europa mudaría su faz de tal suerte que quedaría irreconocible y convertida en suelo yermo, a merced de los ocultos y bastardos intereses que se esfuerzan en que de la civilización occidental, se adueñe un falso y fingido laicismo.

El pronunciamiento es muy discutible, porque la libertad de la ciudadana italo-finlandesa, termina donde comienza la de otros muchos millones de ciudadanos que sí quieren mantener la presencia de la cruz, porque ésta constituye la evidencia reveladora de sus señas de identidad heredadas de sus antepasados. A la sombra de las mismas han nacido, crecido, jugado, educado y desarrollado y las sienten como parte de sí mismos, porque irremisiblemente y para siempre, forman ya parte de sus vidas. ¿En que calle o plazuela no hemos jugado de pequeños, ante la presencia de la imagen de una virgen o una cruz?

Decían los griegos que no es humana una vida inanalizada. Si observamos los principios fundamentales de las cinco grandes religiones del mundo conocido: Budismo, Judaísmo, Cristianismo, Islamismo e Hinduismo, observaremos, que salvo particularidades propias de las características sociológicas de los pueblos y las épocas en las que éstas encuentran su origen, todas ellas intentan dar respuesta a los enigmas de la existencia del ser humano: su naturaleza; el sentido y propósito de su vida; el concepto del bien y el mal; la causa y el fin del sufrimiento; el camino hacia la felicidad, la muerte y el misterio que envuelve su origen y su destino. Consciente o subconscientemente, el sentimiento religioso impregna y da sentido a la existencia de cada uno de nosotros, incluso de aquellos que se declaran agnósticos, porque la propia negación de Dios, constituye la implícita afirmación de su existencia. El hecho religioso trasciende de la persona; se proyecta a través de sus deseos y objetivos, y se manifiesta en la totalidad de sus acciones. Es de este modo como se forja un concepto de la vida y con ella un modelo de sociedad.

Nadie que profundice en el hecho religioso con rigor y conocimiento, podrá negar la penetrante y decisiva influencia que este ha tenido en el desarrollo de la civilización humana. De hecho, toda cultura se constituye y articula, en sus elementos principales, en referencia al núcleo religioso de la misma. Prueba de ello es que, como tal, históricamente no se conoce ninguna cultura atea o agnóstica. Es una realidad incuestionable, que desde el comienzo de los tiempos, la religión ha arraigado, cual vigorosa raíz, en las profundidades de ese campo rico y fecundo que es el espíritu del hombre, soplo de Dios que nos hace humanos y nos distingue del resto de los seres vivos de la Creación.

Es una raíz que se adhiere a nuestras entrañas y de nuestra propia esencia, toma la savia que genera el tronco vigoroso de nuestra vida, dando respuesta a la eterna cuestión del sentido de nuestra existencia, de nuestro origen y pertenencia; la pertenencia de la que brotarán las ramas que trascienden a la esfera social y pública, a través de nuestra obra que es la que configura los profundos surcos de la historia.

Quienes pretenden reducir la religión –o la ética– al ámbito exclusivamente “privado” de la existencia humana, no han entendido su verdadera dimensión. Aristóteles sí lo entendió: “Ninguna de estas dos cosas puede privatizarse”. La religión no puede circunscribirse al ámbito material de los centros de culto, como la política no puede ser encerrada en el ámbito estrictamente material de los foros oficiales, porque una y otra tienen una proyección e incidencia tan profunda sobre todos y cada uno de los miembros de la sociedad, que entrambas configuran nuestro pensamiento y modelo de vida.

Resultará una empresa estéril pretender ignorar nuestros orígenes greco romanos, de los que hace más de dos mil años nació el humanismo cristiano, que es la concepción de vida y modelo de sociedad en que se basan nuestras leyes –Derecho Romano- nuestra historia, costumbres, rituales, tradiciones, fiestas, arte, cultura y hasta la propia arquitectura de nuestras ciudades.

¿Con cuantas hornacinas, pequeñas ermitas, imágenes y cruces nos encontramos por los caminos de Europa —lugares públicos— dispuestas para que caminantes y peregrinos pudiesen orar durante el desarrollo de sus largas y duras jornadas? ¿Qué haremos con nuestros cementerios que están plagados de cruces e imágenes? Al ser lugares públicos, ¿habremos de arrasar con todas ellas?

Quizá convendría recordar en este punto la interesada y desmedida resonancia mediática que en diversos países ha alcanzado la persistente pretensión de alguna niña musulmana, de asistir a clase en un colegio público, con el chador, foulard o hiyab islámico. No creo que la defensa de estas creencias por parte de quienes las practican, sean compatibles con el laicismo rampante que se yergue sobre Occidente.

Sin embargo, incongruentemente, para defender la libertad de ateos, agnósticos, masones y seguidores de otras religiones y no ofenderles, se pretende que los cristianos circunscribamos nuestra confesión al ámbito de lo estrictamente privado. ¿Habremos por consiguiente de desguazar nuestros museos que son lugares públicos plagados de célebres obras de arte de carácter religioso? ¿Eliminaremos de nuestras bibliotecas públicas toda obra inspirada o que haga referencia al humanismo cristiano? ¿Las eliminaremos de las librerías que son establecimientos públicos? De nuestros teatros, que son recintos públicos, ¿eliminaremos la representación de toda joya teatral o musical para no ofender a los no creyentes o devotos de otras confesiones? A las fiestas de Navidad y Semana Santa —que se celebran en todo el mundo occidental— ¿habremos de llamarles “fiestas del solsticio de invierno o de primavera” para no incomodar a quienes no compartan nuestras creencias? ¿Habremos de eliminar, procesiones y romerías, consustanciales con nuestra cultura, historia y tradiciones? En esta misma línea, al Papa y sus pastores, tendrían que recluirse en el recinto del Vaticano y sus parroquias para no irritar a los no creyentes y desde luego habrían de suprimirse las misiones y toda la obra benefactora que han realizado a lo largo de su historia. Como no sea en la intimidad de nuestro hogar, ya no podríamos escuchar en un auditorio público la obra profundamente religiosa de Bach, el Mesías de Haendel o los Requiem de Verdi, Mozart o Brahms —por no citar más que algunos ejemplos de las grandes obras maestras de la música— para no herir la sensibilidad de los que no comulgan con nuestras creencias.

Llegando a las últimas consecuencias del absurdo, en virtud de los principios de esta sentencia de la Corte de Derechos Humanos de Estrasburgo, debería de abolirse el actual calendario gregoriano, oriundo de Europa, basado en el origen de la era cristiana, considerado tan extraordinario avance científico, que se ha erigido en uno de los más valiosos patrimonios de la cultura occidental, actualmente utilizado de manera oficial en todo el mundo.

Es evidente que el cristianismo ha configurado la cultura y el pasado de Europa. La cuestión es saber si esa herencia cultural pertenece, definitiva y exclusivamente, al pasado, o si puede desempeñar aún un papel configurador en el futuro de nuestro continente. En otras palabras, si el cristianismo declina, lenta, pero inexorablemente, hasta convertirse en un residuo marginal o si, por el contrario, es capaz de revitalizar estas viejas estructuras; si Europa como tal, puede sobrevivir prescindiendo del cristianismo, o no.

De llegar a culminarse el proyecto laicista imperante entre el mundo de la progresía, ¿Podríamos realmente llamarnos europeos? Nunca como hasta ahora, estas cuestiones han adquirido tanta fuerza e importancia. Sin embargo, como señala el filósofo italiano Giovanni [1], es precisamente ahora cuando resultan más esquivas. Si no se quiere reducir Europa a un mero desafío político o económico, es necesario tener el valor de lanzar una mirada al origen de nuestra historia, a la posibilidad de renovar al hombre europeo, reviviendo de forma nueva sus raíces históricas, culturales y espirituales.

Como ha reconocido el profesor Jürgen Habermas [2], la supervivencia del Estado democrático y liberal únicamente será posible merced a ciertas actitudes y aptitudes morales y cívicas que hoy en día tan sólo atesoran las tradiciones religiosas, y en Europa particularmente el cristianismo, afirmando al mismo tiempo de manera inequívoca, que es contrario a la esencia misma del Estado democrático y liberal, promover el laicismo desde el poder.

Mientras que la fe parece ser más sentida que nunca en todo el mundo, Dios parece ser considerado por muchos, un absurdo anacronismo en Europa. Ya en el verano de 1999, el semanario estadounidense «Newsweek» publicaba una interesante y provocadora investigación en la que reconocía que en el final del pasado milenio, en el viejo continente, las estadísticas revelaban una indiscutible crisis de espiritualidad. El 39% de los franceses se declaraba sin religión; el 56% de los ingleses creía en un Dios personal. En algunos países, como en la República Checa, la práctica dominical no llegaba al 3 por ciento, dato que se repetía también en otros países de la Europa occidental. Los maravillosos templos que marcan la unidad arquitectónica de Europa están en buena parte vacíos, hasta el extremo de que en Holanda, se han vendido iglesias que ahora son utilizadas como mezquitas.

La fuerza del proceso de integración europea, como vieron lúcidamente sus fundadores (Adenauer, de Gasperi o Schumann), depende de la capacidad para crear «una comunidad homogénea», es decir, de su solidaridad y de su subsidiariedad.

Las conclusiones del informe emitido por los cerca de cincuenta intelectuales más prestigiosos de Europa, hombres y mujeres del mundo de la cultura y del pensamiento occidental que intervinieron en el Simposio presinodal europeo, organizado por el Consejo Pontificio para la Cultura, señalan que es en este punto en el que se hace presente la aportación cristiana. En el mismo se manifiesta que no será posible la verdadera unidad Europa, si antes no tenemos conciencia de que primero debe producirse una comunión de identidades y principios, evolución que no puede basarse simplemente en el legado histórico y cultural del pasado, sino que debe encontrar su auténtico fundamento en los valores esenciales aportados por el cristianismo al viejo continente: substancialmente, la consideración del ser humano como persona, los conceptos de libertad y de igualdad. Estas concepciones, son ininteligibles si antes no abandonamos la sustitución realizada del telón de acero, por la cultura de la gran ciudad que sumerge al hombre en el materialismo consumista y el anonimato de la secularización, aún más impenetrable que el anterior. La nueva Europa, no se puede construir implantando un laicismo que nos conducirá irremisiblemente hacia el individualismo salvaje y el vacío colectivista, sino por el contrario, creando un modelo social más humano, capaz de abrir espacios para una nueva cultura.

Estamos al borde de reducir nuestro viejo continente, al mercado de los analistas de mercado. El profesor Schambeck [3] denunció hace ya más de una década el ocaso de la idea europeísta y su transformación en pura aritmética económica que, si bien la convierte en una potencia comercial, reduce las metas éticas a la mera posesión de bienes materiales, y entierra los valores humanos bajo la lógica implacable del mercado.

Se trata de revitalizar el árbol haciendo que se nutra de sus raíces originarias, devolviéndole la savia que le dio vida y forjó su razón de ser, impidiendo que se marchite mediante el ataque de la nueva idolatría del materialismo egoísta. Es vital para nuestro continente reencontrarse con sus raíces. No para recrear la cristiandad medieval, sino para volver a beber de las fuentes que la hicieron fecunda, y sin las cuales corre el grave riesgo de terminar por desaparecer.

Una sociedad sin trascendencia no es viable, y la demostración tangible de esta aseveración la ofreció la caída del comunismo en 1989, que tuvo un significado espiritual inmenso.

Recordemos que al igual que tras la reconquista de Granada por parte de los Reyes Católicos —al contrario de lo que está ocurriendo en estos momentos— la unidad de España se produjo en base a una profunda unidad espiritual, Europa sólo podrá sobrevivir reencontrándose consigo misma, con sus valores y principios inspirados en el humanismo cristiano. No se puede separar el tronco de sus raíces a partir de las cuales nacieron los frutos —las naciones y las culturas europeas— sin que este muera. Como dice Saramago: "Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.

Por ello, a este continente desilusionado, al que la libertad reencontrada no ha traído la felicidad, Juan Pablo II, en la inauguración del Sínodo de los Obispos de 1999, quiso lanzar este sentido llamamiento: «Europa del tercer milenio; no te quedes con los brazos caídos; no cedas ante el desaliento; no te resignes ante las maneras de pensar y de vivir que no tienen futuro, pues no se fundamentan en la sólida certeza de la palabra de Dios».

César Valdeolmillos Alonso
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[1] Giovanni Reale, (2005). Raíces culturales y espirituales de Europa. Herder


[2] Filósofo y teórico social alemán cuyo pensamiento entronca con la Teoría Crítica de la Escuela de Fráncfort. Su obra se enfoca en las bases de la teoría social, la epistemología y el análisis de las sociedades del capitalismo avanzado.

[3] Herbert Schambeck es un miembro de las Academias de Ciencias de Padua, Madrid, Dusseldorf y Milán, así como la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, consultor del Pontificio Consejo para la Familia y Gentilhombre di Su Santidad en el Vaticano. Miembro Honorario de la Sociedad Checa aprendidas en Praga, y Presidente Honorario de la Comisión de Juristas de Austria. Ha publicado varios libros y también ha participado activamente como editor. Su lista de publicaciones incluye más de 700 publicaciones sobre derecho público, ciencias políticas y filosofía de la ley.