Yo no quito el crucifijo

miércoles, 19 de mayo de 2010

Lo importante no es ser demócrata o dictador, sino ser de izquierdas



"La democracia es solo el primer paso hacia la consecución de la dictadura del proletariado. Que nadie dude que el poder será nuestro, por las buenas o por las malas".

Francisco Largo Caballero
(El Liberal, de Bilbao, 20 de enero de 1936).


El diario “La Gaceta”[1], bajo el epígrafe El tonto contemporáneo, publicó unas declaraciones del socialista Gregorio Peces Barba, en las que calificaba como un paréntesis en la democracia los Gobiernos de José María Aznar.

Me parece extremadamente grave que a estas alturas, el jurista que fue uno de los siete Padres de la actual Constitución española, Presidente del Congreso de los Diputados, Rector de la Universidad Carlos III de Madrid y Alto Comisionado para el Apoyo a las Víctimas del Terrorismo, ignore premeditadamente la etapa democrática de Adolfo Suárez y considere un paréntesis en la democracia española el período de los 8 años de gobierno del PP.

El demócrata que ejerció de inquisidor de la izquierda durante su rectorado en la Universidad Carlos III, boicoteando la actuación de un historiador que no coincidía con su pensamiento partidario y que como tal liquidó la Asociación de Víctimas del Terrorismo, cuando presumiblemente su misión era apoyar, representar y defender sus derechos y reivindicaciones, puede ser cualquier cosa menos tonto como le denomina La Gaceta.

Sus palabras denotan que para este demócrata socialista y otros que piensan como él, la democracia es únicamente patrimonio de la izquierda y me traen a la memoria aquel pronunciamiento de Francisco Largo Caballero, el sindicalista de la UGT que llegó a ser durante escasamente 9 meses Presidente del Consejo de Ministros de de la II República española y que por estar a favor de la Sovietización de nuestro país, llegó a ser denominado popularmente el «Lenin español», en el que manifestó: "Quiero decirles a las derechas, que si triunfamos, colaboraremos con nuestros aliados; pero si triunfan las derechas, nuestra labor habrá de ser doble: colaborar con nuestros aliados dentro de la legalidad, pero tendremos que ir a la Guerra Civil declarada. Que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo realizamos"[2].

Al menos, no se le podía acusar de hipócrita, farsante, tramposo, ni embustero como muchos de los que hoy ejercen el poder, cuando pronunció aquellas palabras, ni tampoco cuando más adelante aclaraba explícitamente: "La clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la Revolución".

Las manifestaciones de Peces-Barba ponen de relieve el sustrato que aún subyace en el ánimo la izquierda radical española, en relación con el sentido patrimonial que tiene de lo que ella entiende por democracia, que como se demuestra en el programa socialista, Madrid, 1910, ni creen en ella, ni la asumen, ni la soportan, ni la respetan. En el mismo se puede leer el siguiente comentario: “Es cierto que aspiramos a llevar representantes de nuestras ideas al municipio, a la diputación y al parlamento, pero jamás hemos creído, ni creemos que desde allí pueda destruirse el orden burgués y establecer el orden social que nosotros defendemos”.

En el VI Congreso del PSOE celebrado en Gijón, Pablo Iglesias proclamó: “Queremos la muerte de la Iglesia… para ello educamos a los hombres, y así les quitamos la conciencia… No combatimos a los frailes para ensalzar a los curas. Nada de medias tintas. Queremos que desaparezcan los unos y los otros"[3].

Consecuente con esta afirmación, Pablo Iglesias manifestó que la idea de elevar un monumento en el Cerro de los Ángeles, con el que Alfonso XIII consagraba España al Sagrado Corazón de Jesús era una “locura[4].

Milicianos fusilando la imagen del Sagrado Corazón de Jesús

Con el mismo talante abierto, conciliador y respetuoso para con sus semejantes, en similar sentido se expresó el fundador del PSOE en el Congreso de los Diputados cuando declaró: “El partido que yo aquí represento aspira a concluir con los antagonismos sociales,... esta aspiración lleva consigo la supresión de la magistratura, la supresión de la iglesia, la supresión del ejercito... Este partido está en la legalidad mientras la legalidad le permita adquirir lo que necesita; fuera de la legalidad cuando ella no le permita realizar sus aspiraciones"[5]

Estas y otras afirmaciones del mismo corte, solo se pueden interpretar a la luz de lo escrito por el filósofo francés Denis Diderot: “Del fanatismo a la barbarie, sólo media un paso”. Esa barbarie que produjo el frente popular antes del levantamiento del treinta y seis y que de forma mucho más refinada, pero siguiendo muy parecido guión, paso a paso, está desarrollando el actual ejecutivo español, capitaneado por el Sr. Rodríguez, que pudiera pensarse estar inspirado por aquellas manifestaciones de Francisco Ferrer Guardia[6], aquel socialista de triste memoria que dijo: “No nos interesa hacer buenos obreros y empleados, buenos comerciantes. Queremos destruir la sociedad actual desde sus comienzos”.

Con la Ley de Amnistía, la legalización del Partido Comunista y la aprobación por las Cortes y la ratificación por inmensa mayoría del pueblo español de la Constitución del 78, los españoles de buena voluntad creímos firmemente que, aunque permaneciesen las cicatrices, cerrábamos en ese momento las profundas heridas que nuestra horrible Guerra Civil había producido. Era un acto con el que nos perdonábamos mutuamente el salvajismo que ambas partes habían cometido. Un ejercicio de madurez y generosidad, en el que a partir del mismo, el pueblo español, sin distinción de ideologías, creencias, ni clases sociales, se daba la mano para caminar mirando hacia un horizonte común, basado en la concordia, el entendimiento, el progreso, la paz y el orden social, con el objetivo de conquistar definitivamente el lugar que en el contexto internacional a España le correspondía.

Existía un auténtico espíritu de fe en el futuro y aun a riesgo de repetirme, creo que es mi deber volver a dejar constancia de que jamás podré olvidar aquella conversación en la que el entonces Presidente Adolfo Suárez, por cierto, tan maltratado y silenciado por las altas instancias del Estado y la clase política que le ha sucedido, en la que mirándome fijamente a los ojos, me dijo: “…ya va siendo hora de que los españoles empecemos a querernos”.

Fue ese y no otro, el espíritu que permitió a la dirigente del PCE, Dolores Ibárruri “La Pasionaria”, sentarse de nuevo en el Congreso de los Diputados. La misma que a preguntas del diplomático Félix Schlayer, cónsul de la legación noruega en Madrid, sobre la posibilidad de que las dos mitades de España, separadas una de la otra por un odio abismal, pudieran vivir otra vez como un solo pueblo, respondió: “¡Eso es simplemente imposible! ¡No cabe más solución que la que una mitad de España extermine a la otra![7] o lo pronunciado en un mitin, “Más vale condenar a cien inocentes a que se absuelva a un solo culpable.

El sincero deseo de construir entre todos una España nueva y cerrar la puerta a tan triste página de nuestra historia, es lo que hizo posible volver a España y sentarse también en el Congreso de los Diputados a Santiago Carrillo, ese personaje que estando en el exilio, declaró a la periodista italiana Oriana Fallaci[8]: “Todo el abanico de fuerzas políticas españolas está de acuerdo para derribar al Régimen. De forma pacífica. Y si la derecha no nos ayuda, si el centro titubea, si la acción concordada no se realiza, dentro el plazo que ha dicho, entonces la Dictadura caerá de forma no pacífica. Quiero decir: que nos tendremos que doblar frente a la necesidad de derribarla con la violencia. Con una sublevación popular y contando con una parte del Ejército,”

»Yo soy un hombre político. Soy un comunista. Soy un revolucionario. Y la revolución no me da miedo. He crecido soñándola, preparándola. Pero cuando hablo de revolución no hablo de bombas y de guerrillas: hablo de abolir lo que se llama explotación del hombre por el hombre, hablo de la libertad y de los hombres. Y añado: yo no condeno la violencia, no estoy contra la violencia en cualquier caso. La acepto cuando es necesaria. Y si la revolución necesitara en España de la violencia, como ya la han necesitado en otros países, estaré listo para ejercerla. No podría jamás colocar una bomba bajo el automóvil de Carrero Blanco, pero puede estar segura de que si mañana fuera necesaria una insurrección usted me vería con el revólver en la mano.

»He hecho la guerrilla cuando creía en la guerrilla. Durante nueve años. No sé si soy un buen tirador, pero sé que apuntaba con cuidado: para matar. Y he matado. Y no estoy seguro de que esto me guste, aunque no me arrepiento de haberlo hecho”.

»¿Qué quiere que le diga de Juan Carlos? Es una marioneta que Franco manipula como quiere, un pobrecito incapaz de cualquier dignidad y sentido político. Es un tontín que está metido hasta el cuello en una aventura que le costará cara. … ¿Qué posibilidades tiene Juan Carlos? Todo lo más ser rey durante unos meses. Si hubiese roto hace tiempo con Franco, habría podido encontrar una base de apoyo. Ahora ya no tiene ni ésa, y es despreciado por todos. Yo preferiría que hiciese las maletas y se marchara junto a su padre diciendo: “Remito la Monarquía en las manos del pueblo”. Si no lo hace, acaba mal. Acaba realmente mal. Corre incluso el riesgo de que lo maten".

Como es fácil constatar, es en estas tan conciliadoras y moderadoras ideas, en las que se inspira el espíritu del socialismo al que estamos sometidos y que en el aspecto económico, ha llevado al hundimiento de España para muchos años; a la desmoralización de su tejido social; al punto más bajo de la formación de nuestra juventud que ve como pasan los años y no encuentra horizonte para sus naturales aspiraciones de futuro; a la reapertura indeseada por los españoles de esa brecha que provocó el enfrentamiento entre hermanos; a la destrucción de la estructura empresarial, que tardaremos mucho tiempo en reconstruir; a la invasión política de la justicia que produce la desconfianza y el descontento de los ciudadanos ante la aplicación de la Ley; al ataque constante y permanente a la Iglesia con el único objeto de invalidar y destruir todo principio moral y ético de la sociedad; a eliminar en la práctica la legítima patria potestad de los padres con respecto de sus hijos; a destruir la autoridad propia del magisterio de los docentes; a provocar cinco millones de dramas familiares que ven su vida truncada a causa del paro provocado por los despilfarros de un visionario nostálgico que jamás hubiera debido llegar al poder; a causar la ruina de cientos de miles de emigrantes que invirtieron todo su patrimonio ante el señuelo de los cantos de sirena del milagro económico español y “papeles para todos”, que ahora devolvemos a sus países de origen hundidos en la miseria más absoluta; al desprestigio más rotundo de España en el concierto internacional; a la desmembración incontrolada del Estado, en algún caso con efectos probablemente irreversibles; a la desesperanza, el miedo y el temor de cientos de miles de jubilados que ven como en premio a los esfuerzos de toda una vida, ahora se les castiga cruel e insolidariamente, mientras por otra parte se dilapidan los beneficios que a ellos en justicia les pertenecen, en la creación de castas privilegiadas destinadas a utilizarlas como punto de servil apoyo al régimen establecido, tales como sindicatos ideológicos, titiriteros de la ceja, lobbys y fundaciones de distinta índole y ONGs de muy dudosa utilidad social. Y todo ello, sobre la base de la legitimidad basada en la falsedad, la mentira, la manipulación, el ocultamiento y el engaño permanente y el apoyo de no pocos medios de comunicación que por intereses espurios han olvidado cual su auténtica misión y razón de ser, haciendo de la española, una sociedad enferma, incapaz de reaccionar ante tanta arbitrariedad, atropello e injusticia.

Que ahora, a la vuelta de 35 años quieran relatar de nuevo la historia, como si la Transición hubiera sido una bajada de pantalones de la izquierda; como si la amnistía del año 1977 no tuviera el refrendo de unas Cortes con diputados como Santiago Carrillo y la Pasionaria; como si lo que hemos vivido hubiera sido un sueño, es una inmoralidad que los españoles no nos merecemos.

Claudio Sánchez-Albornoz, socialista y uno de los más notables historiadores españoles, dijo bien claramente que: "El franquismo ha sido un mal menor al lado de lo que hubiera supuesto para España la victoria «republicana» y a su regreso del exilio, el sábado 24 de abril de 1976, a pie de pista en el aeropuerto de barajas, declaró: “Sólo tengo una palabra: paz. Ya nos hemos matado demasiado; entendámonos en un régimen de libertad poniendo todos de nuestra parte lo que sea necesario. Hay que hacer una España nueva entre todos los españoles. No soy más que un viejo predicador de la paz y la reconciliación. No tengo de rojo más que la corbata".

Si el Presidente del ejecutivo español careciese de la insuficiencia intelectual que ha demostrado poseer, jamás hubiese dejado que el pasado atacara al presente, sirviéndose de los implacables recuerdos. Por el contrario, debiera haber aprendido de la frase de su correligionario, el eminente filósofo español Miguel de Unamuno, que dijo: “Procuremos más ser padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado”.

Sin embargo y a pesar de todo lo expuesto, al actual ejecutivo le asiste una absoluta legitimidad en base a lo que la mayoría de los españoles decidieron en las urnas en las últimas elecciones generales. Y lo hicieron con pleno conocimiento, puesto que ya existía la experiencia de los excesos acontecidos en la legislatura anterior. No resulta coherente en estos momentos llamarse a engaño y lamentarse de los resultados, porque de aquellas aguas, vienen ahora estos lodos. Está muy claro que el pensamiento imperante entre los españoles, es el mal llamado progresista, si es que a la vista de los resultados, a lo que estamos soportando, se le puede llamar progreso. Parece ser que la mayoría del pueblo español está de acuerdo en que lo importante no es ser demócrata o dictador, sino ser de izquierdas.

César Valdeolmillos Alonso
___________________________
[1] La Gaceta”, 7 de mayo de 2010, página 2
[2] El Liberal, de Bilbao, 20 de enero de 1936.
[3] Recogido por Luis Gómez Llorente en su libro “Aproximación a la historia del socialismo español hasta   1921”, Cuadernos para el Dialogo, Madrid,1972, página 169
[4] Ricardo de la Cierva, “Historia actualizada de la II República y la Guerra de España, pag. 25
[5] Diario de Sesiones del 5 de Mayo de 1910
[6] Francisco Ferrer Guardia, terrorista y creador de la Escuela Moderna que tenía como lema "la destrucción del todo" y "Viva la dinamita", calificado por Miguel de Unamuno como "tonto, loco y criminal cobarde", instigador del atentado contra Alfonso XIII el día de su boda, fue considerado principal instigador de los hechos y condenado a muerte.
[7] “Matanzas en el Madrid republicano” (p. 242), del diplomático Félix Schlayer, publicado por Áltera.
[8] Semanario L’Europeo, de Milán, 10 de octubre de 1975


jueves, 6 de mayo de 2010

De engaños y engañadores



“Las grandes masas de gente caen más fácilmente víctimas de las grandes que de las pequeñas mentiras”

Adolph Hitler
Militar y político alemán de origen austriaco



La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahveh Dios había hecho. Y dijo a la mujer: "¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?" Respondió la mujer a la serpiente: "Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Mas del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte." Replicó la serpiente a la mujer: "De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal." Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores. Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín. Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: "¿Dónde estás?" Este contestó: "Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí." El replicó: "¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?" Dijo el hombre: "La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí."

La Biblia. Génesis III, 1-12

Como claramente se puede apreciar por este pasaje de las sagradas escrituras, el pecado original del hombre se debió a la inocencia de nuestros padres dada la inexistencia del mal en el paraíso. Tan inocentes eran, que ignoraban que estaban desnudos y como consecuencia del espíritu puro que hasta entonces poseían, creyeron de buena fe las palabras de la sierpe, ignorando la gravedad que encerraba la violación del mandato divino.

Si analizamos el hecho con rigor, observaremos que esa violación, no fue una pretensión, propósito o intención que germinase en su interior de forma instintiva y voluntaria, sino que se originó como consecuencia de un argumento falso, aunque aparentemente verdadero, que les indujo a error o engaño: una mentira: La mentira de la serpiente. ¿Acaso no será ese el verdadero pecado original de la humanidad, el cual arrastraremos hasta final de los tiempos?

La disyuntiva de esta hipótesis podría ser merecedora de una profundización filosófica mucho más amplia que por el momento no es el objeto de este trabajo. Sin embargo, lo que sí nos revela de forma incuestionable este pasaje del Génesis, es que la mentira —el arte de jugar con la verdad— el empeño del mal, encuentra su razón de ser en la destrucción del bien y desde la noche de los tiempos, constituye el origen de todas las desventuras sobrevenidas posteriormente al género humano.

A partir de aquel momento bíblico —asimílese esta referencia a los orígenes antropológicos de la humanidad— las sociedades humanas serán ya propiamente políticas y bajo la institucionalización y generalización de la verdad como instrumento de relación entre los hombres, la mentira queda establecida, pudiendo ya impregnar con amplias texturas, todas los capas de la sociedad.

El comportamiento de la serpiente, pone de manifiesto lo que hoy se denomina como ‘inteligencia maquiavélica’, es decir: la aptitud para el engaño y el contraengaño, que a partir de ese momento, constituiría un poder capital en la transformación de la conducta del hombre al inducirle tanto a imaginar mundos irreales, como a representarse el mundo desde un punto de vista distinto al existente. Es un comportamiento nuevo destinado a derrotar un esquema previo de conducta, una situación establecida o una realidad histórica.

No obstante, la mentira como acto social, no puede prescindir de la aberración del que, creyéndose poseedor de la verdad, la ignora. La mentira tiene las patas cortas ante la verdad dominada por el otro, pero camina ligera en los vastos campos de la credulidad del engañado, mostrando vislumbres de un inexistente resplandor proyectado; sombras interpretadas a la luz de una imagen falsa y deformada de la verdad, pero que no es la verdad misma. Solo al poeta, le es lícito usar la farsa por su carácter flexible para hacer entender lo que él imagina mas allá de los hechos ciertos.

Este comportamiento de alteración artificiosa de la verdad, como hace el enredador ilusionista, de hecho tiene por objeto inducir a las mentes menos ilustradas de la sociedad, a dar por cierto un contradiseño destinado a transformar la situación existente. Tal conducta, concebida con el fin de engañar a los demás, al igual que el camaleón, precisa de un gran poder de adaptación a las circunstancias cambiantes, con el fin de desactivar una realidad palpable por una situación irreal y engañosa.

Conviene señalar que el engañador, no sólo se finge ante los demás, sino también ante sí mismo, un acontecimiento inexistente. Pero distingamos que el hecho de fingir ante uno mismo, es por completo distinto a la de engañarse a sí mismo. Manejar una hipótesis cualquiera significa fingir durante cierto tiempo la verdad de una declaración cuya certeza desconocemos o se nos antoja improbable; sólo que, a diferencia del autoengaño, en todo momento sabemos que estamos fingiendo.

La impostura es una actitud embaucadora y charlatana propia de tahúres, fulleros y tramposos que exige una sobreactuación, al tiempo que presenta una imagen ennoblecida de sí mismo. Paralelamente y en un orden inverso, precisa de la ocultación de aquellos aspectos íntimos que pudieran mostrar una imagen negativa, depreciada, incluso opuesta a la que se ostenta, hasta el punto de que si estos se descubriesen, la persona que así actúe, sería irremisiblemente condenada a la inaceptación. Por ello y como blindaje de autodefensa ante este posible riesgo, es harto frecuente comprobar, como la cara más oculta e innoble del impostor, este la atribuye impúdicamente a personas de su entorno, normalmente rivales, adversarias o competidoras del mismo.

En el guante de Doña Blanca, Lope de Vega dice: "Que no hay tan diestra mentira, que no se venga a saber". Y lo peor es que las mentiras de estos pagados de sí mismos, con harta frecuencia no solamente no son diestras, sino que revelan una tosquedad, que si no fuera por la gravedad de las consecuencias que pueden acarrear, moverían a una hilaridad delirante.

Pero no nos engañemos, porque más allá de toda consideración moral, aquellas personas que hacen de la mentira la base y sustento de su proceder, han de ser maquiavélicamente inteligentes en su puesta en escena. Quien miente ha de pensar más que quien dice la verdad, pues por fuerza debe afianzar la coherencia de sus argumentos, controlar sus emociones y prestar atención a sus propios movimientos para no delatar su verdadero pensamiento, ya que de no acertar en el elogio de sus maniobras y jugarretas sin que los demás se aperciban de su hipocresía, sus palabras y sus actos pueden causar un efecto contrario de rechazo y terminar siendo objeto de la rechifla y mofa de quienes les escuchen, con el consiguiente descrédito y deshonra de su persona, pues quien miente en una cosa, faltará a la verdad en todas.

Generalmente estas actuaciones las protagonizan aquellas personas que están obsesionadas en negar deliberadamente la verdad efectiva y hacen de la mentira su afán cotidiano con la intención de cambiar un determinado estado de opinión.

Desde que Odiseo concibió la estrategia engañosa que encerraba el caballo de Troya, con la que los crédulos troyanos introdujeron al enemigo dentro de sus murallas causando con ello su propia destrucción, durante tres milenios y hasta nuestros propios días, los astutos y malintencionados cabecillas de la sociedad, han venido aplicando con notorio éxito por cierto, el elogio de un meditado y fraudulento talante bondadoso —como medio de enmascarar los intereses propios— y de este modo conseguir engañar a los ingenuos faltos de reflexión. Es la eterna emboscada de la astucia hipócrita, frente a al cándido e inconsciente idealismo.

Aparentemente, estas artimañas nos pueden parecer tan burdas como inverosímil el hecho de que puedan dar resultado, pues ‘pensar lo que no es’ resulta tan irreal como ‘ver lo que no hay’. No obstante, no debemos perder de vista de que sobre base tan tosca, pueden construirse sin embargo verdaderas obras de arte que nos hagan ver el día, noche y lo blanco, negro. Los hombres astutos como Odiseo son engañadores, no por simplicidad o insensatez como a primera vista, cándidamente pudiésemos creer, sino sobre la base de su maligna inteligencia. En este punto, no nos debe caber la más mínima duda de que saben perfectamente lo que hacen, y por eso obran taimadamente en punto a veracidad.

Es frecuente escuchar como a estas personas que niegan la realidad palpable y de forma impúdica y desvergonzada la sustituyen por la más grotesca e increíble de las mentiras, se les califica de forma irreflexiva de locos, ignorantes, incapaces o ineptos. Pienso que esta una forma instintiva y precipitada de apreciación. Sobre este punto, no estaría demás recordar el diálogo entre Sócrates e Hipias, cuando éste último, ante la afirmación socrática de que el mentiroso es un hombre inteligente y superior, se rebela, indignado y pregunta: “¿Cómo es posible que los que cometen injusticia voluntariamente, los que maquinan asechanzas y hacen mal intencionadamente, sean mejores que los que no tienen esa intención?” “Sería horrible, Sócrates, que los que obran mal voluntariamente, fueran mejores que los que obran mal contra su voluntad”

Sócrates al confesar su indecisión sobre la cuestión planteada, no solo no resuelve el dilema, sino que lo ahonda.

El aspecto más turbador de este callejón sin salida es su conclusión lógica: admitir la superioridad de quien miente con ocultas y taimadas intenciones, sobre quien simplemente se equivoca.

El aparente contrasentido de la conclusión a la que llegan Hipias y Sócrates, radica en que tanto uno como otro, al aceptar el concepto de superioridad, no distinguieron entre la supremacía intelectual y la excelencia moral, hecho que tan decisivo resulta en el caso que nos ocupa.

Al obrar como lo hizo la serpiente del paraíso, se revela la superioridad inmoral de quien actúa mal a conciencia, a diferencia de quien actúa mal por ignorancia. Es ésta una conclusión certera, aunque de inaceptables consecuencias éticas y morales. Esta diferenciación, hemos de tenerla muy presente en el momento de analizar las palabras y los hechos de las personas que así obran, ya que seducir a los hombres que no poseen la capacidad suficiente de apreciar el intelecto, sea propio o ajeno, es una práctica corriente cuando la incultura consigue su exaltación gracias al apoyo de quienes gobiernan un país.

Hay una sentencia que dice que la rosa no florece en el pantano, lo que nos viene a indicar que la miseria, es el campo fértil en el que anida el mal. El mal, hijo poderoso del rencor, es la peor consecuencia de la propia incapacidad y del conocimiento de nuestra propia insolvencia, nace el miedo. De ahí que quienes causan el mal conscientemente, no lo hagan porque sean fuertes, sino por todo lo contrario. Es entonces cuando para lograr los intereses bastardos perseguidos, sustituimos nuestra insuficiencia por la hipocresía y la falsedad, ocultándolas tras la máscara de la ingenuidad, que es la mayor de las maldades.

PD.- Cualquier semejanza o paralelismo que de las ideas expresadas en este artículo pueda establecerse con situaciones o personas conocidas, obedecerá a la exclusiva interpretación que el lector haga de las mismas.

César Valdeolmillos Alonso

lunes, 12 de abril de 2010

Catarsis



Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos.
Viktor Frankl
Neurólogo y psiquiatra austriaco

¡Crisis! En la TV, en la radio, en la prensa, en la calle, en la empresa, en el seno de nuestra familia, escuchamos constantemente esta palabra. Una realidad en la que nos encontramos hundidos desde hace tiempo. Una situación que se ha establecido en nuestro ánimo y que de forma implacable, al igual que el martillo lo hace sobre el yunque, golpea nuestro espíritu de forma constante. Pero este hecho, ¿nos hace ser conscientes de que nos encontramos ante un problema que nos sitúa a todos en una situación tan delicada, que inevitablemente promoverá una transformación importante de nuestra situación social?.

En cualquier sociedad sólidamente establecida, el desarrollo de este proceso, da lugar a una inestabilidad emocional del individuo que produce el temor ante un futuro desconocido. La suma de los temores de cada uno de los miembros de la colectividad de la que formamos parte, es la que origina una atmósfera global de lógica duda e inseguridad en el tejido social, de la que solo es posible salir cuando se hace un análisis correcto de la realidad y valientemente se adoptan las medidas correctoras necesarias que conduzcan al objetivo más adecuado de los posibles.

Pero cuando hablamos de “crisis”, ¿a que “crisis” nos referimos? Es cierto que se ha producido una quiebra global en orden financiero. Pero esta fractura del sistema económico mundial, no es más que la manifestación externa de una catarsis global que atraviesa todos los ámbitos de nuestra existencia; el concepto de la vida y de la muerte; la consideración del individuo como ser único, singular e irrepetible; la educación y la cultura entendidas en un sentido universal y de respeto; el reconocimiento del fruto que inevitablemente proporcionan la dedicación, el sacrificio y el esfuerzo; el valor insustituible de la familia; el prestigio de las instituciones basado en la ejemplaridad de aquellos que las representan y la recuperación de los valores humanistas, perdidos en aras del relativismo, que nos ha establecido en un materialismo deshumanizador y egoísta que solo nos conduce a ninguna parte en un estado de permanente insatisfacción.

Es innegable que hay hombres inicuos que cuidadosamente nos han llevado al abismo y algunos de los cuales —como es el caso de España— empecinadamente continúan perseverando en ese camino. Pero no es menos cierto, que de algún modo, todos hemos participado en esa empresa. Y no nos hagamos trampas al solitario. Muy pocos eran los que no intuían que algo tenía que pasar.

La crisis es una manifestación que ha convulsionado al mundo entero, mucho más duramente en los países regidos por el socialismo, sin distinción de clases sociales. Vivimos obsesionados con señalar a los culpables —lo que no está demás— sin preguntarnos cual es la causa que ha dado lugar a esta situación.

La raíz de la misma, encuentra su origen en nuestra cómoda instalación en un entorno en el que todo es basura; desde la comida a la televisión, pasando por principios tan importantes como el olvido —cuando no el rechazo— del testimonio heredado de nuestros mayores, a quienes en no pocos casos llegamos a considerar un impedimento o hasta un estorbo para nuestros planes.

El resultado de esta realidad ha derivado con más frecuencia de lo deseable, en una dejación de nuestros deberes como padres en la formación[1] de nuestros hijos, depositando esta responsabilidad en manos de quien no le corresponde, el Estado, el cual ha encontrado la situación propicia para moldear las conciencias de los mismos[2] y adaptar a sus intereses la realidad histórica de los pueblos, haciendo de ellos fieles y presionados súbditos, en vez de libres ciudadanos con capacidad para pensar y discernir por sí mismos.

Cuando comprobamos a diario, que por intereses bastardos, el sistema se asienta con una casi absoluta impunidad en el fraude, la agresión, el engaño, la ocultación y la mentira permanentemente, nos invade un sentimiento negativo de impotencia que se extiende como una mancha de aceite, apoderándose de la sociedad un descreimiento generalizado.

En este proceso, es importante señalar el trascendental papel que juegan, los que Julián Marías denominó, “medios de desinformación”, censurando, vetando, ocultando, magnificando, minimizando, parcializando, dirigiendo, sacando fuera de contexto, fomentando, atacando o equiparando situaciones claramente diferenciadas y todo ello en función de sus propios intereses.

Este escenario es el que ha provocado que vivamos sumidos en una profunda crisis cultural y social. Crisis que significa la pérdida de convicción, de certeza. Somos invadidos por el sentimiento de que es imposible hacer pie en nada firme. Ello nos hace vagar sin rumbo sumidos en la convicción de no poder dar una orientación a nuestras vidas. La consecuencia es una crecida aparición de depresiones, estados de ansiedad y angustia, que nos instalan en la desconfianza.

La nave del progreso material y el mal llamado “estado de bienestar”, nos ha arribado a un puerto en el que solo hemos encontrado una gran pérdida de la calidad del ser humano y sus relaciones interpersonales.

La masa de la que hablaba Ortega y Gasset se ha transformado en una multitud más crítica que, desorientadamente busca soluciones.

Pienso y creo, que para salir de la confusión, el primer paso es tener una idea clara de lo que es y lo que representa el ser humano, al que ahora no se le da valor alguno y sobre la invocación de una supuesta demanda social, cual esclavo de los tiempos de Roma, se ve sometido a la voluntad del césar de turno.

Nos decía Ortega y Gasset que cuando estamos perdidos y ahogándonos en un mar de incertidumbres e incredulidades, hay algo de lo que no podemos dudar: de nuestra propia vida, nuestra vida concreta, la de cada uno. Según sus palabras, "vivir es lo que nos pasa, desde pensar o soñar o conmovernos, hasta jugar a la bolsa o ganar batallas. Pero, bien entendido, nada de lo que hacemos sería nuestra vida si no nos diéramos cuenta de ello. Todo vivir es vivirse, sentirse vivir, saberse existiendo". El ser humano se encuentra inmerso, por una parte en su propio “yo” y por otra, en el contexto en el que ese yo debe desarrollar su existencia. De ahí la universal expresión que el filósofo incluye en Meditaciones del Quijote: "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo".

El objetivo del ser humano, no es él en sí mismo, sino la tarea, el proyecto, ese algo que ha venido a desarrollar y se va forjando a medida que se realiza. El ser humano es un proyecto que lucha por realizarse en una situación concreta, pero cambiante al mismo tiempo. Decía Alexis Carrel “Lo mismo que un río: el hombre es cambio y permanencia”. Por ello se hace precisa la búsqueda permanente de alternativas en la contienda de la vida. Del hallazgo de esas opciones, dependerá el estado de satisfacción, sufrimiento, angustia, tristeza o alegría en que nos situemos.

Si es un hecho que la mayor parte de las veces no está en nuestras manos adecuar a nuestro gusto las circunstancias, no nos quedan mas que dos opciones: amoldarnos al contexto en que nos encontramos inmersos, sin someternos a sus dictados, conservando los propósitos esenciales de nuestro proyecto y optar por alguna de las opciones de acción que se presenten o en caso extremo, determinar un cambio radical de proyecto, lo que requiere un serio ejercicio de reflexión.

El hecho es que, cual volcán que ha comenzado a entrar en erupción, bajo lo que estimamos como una mera crisis económica, germina el estallido de toda una revolución socio-cultural y como decía Rabindranath Tagore “Para que una revolución tenga éxito, debe redescubrir valores ya olvidados y adaptarlos a las exigencias de la época”.

César Valdeolmillos Alonso

[1] No hay que confundir formación con educación

[2] En España promulgando leyes como Educación para la ciudadanía, Memoria histórica, Matrimonios homosexuales, Aborto y otras de semejante cariz orientadas a destruir la familia y la supresión de todo tipo de valores humanistas.



lunes, 15 de marzo de 2010

La ética de la conveniencia




“Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes fueron de oro puro, sino de oropel y hoja de lata”
Miguel de Cervantes Saavedra
Príncipe de los Ingenios



Solo la gran insignificancia del ser humano y la inmensa ruindad que es capaz de albergar en su interior, me permiten entender las felicitaciones y los aplausos de los parlamentarios socialistas, cuando el pasado 24 de febrero, el Senado español dio luz verde a la nueva ley del aborto.

¿Alborozo y satisfacción por los cientos de miles de criaturas inocentes e indefensas que esta injusta Ley va a permitir que nunca lleguen a ser? Decía el gran sofista griego Protágoras, que: “El hombre, es la medida de todas las cosas” y por tanto, también del mal.

La vida es el supremo bien que estamos obligados a preservar y defender. Consecuentemente, ningún crimen, sea cualquiera la causa que nos indujese a cometerlo, puede encontrar fundamento razonable para realizarlo y por ende, por ninguno de los supuestos que contempla la nueva Ley.

No es cuestión ahora de entrar en la falaz discusión de en que momento comienza la vida humana, por cuanto la ciencia ha demostrado de forma irrefutable que este hecho se produce en el mismo instante de la concepción.

Desde el momento que una mujer queda embarazada, lo que hace es albergar en su seno una vida independiente de la de sí misma y sobre la cual, aun cuando pudiera existir grave riesgo para su vida o salud, no tiene la menor potestad. De ahí que cualquier acción que lleve a cabo contra esa vida, constituya un asesinato sin ningún tipo de atenuante.

El otro supuesto que contempla la nueva norma, el de que existan graves anomalías en el feto, tampoco nos otorga el menor derecho a disponer de ese ser. La vida de un ser humano, es algo infinitamente más grandioso que un cuerpo con todas sus limitaciones, al estar dotada de una inteligencia para pensar, razonar, crear y desarrollarnos y que nunca podremos saber lo que será capaz de aportar al verdadero progreso de la humanidad. Si se hubiese producido esta circunstancia en el caso del gran físico, cosmólogo y divulgador científico inglés, Stephen Hawking, sus conocimientos y sabias aportaciones, jamás hubieran visto la luz, de haberle sido aplicada la nueva legislación española sobre el tema que nos ocupa y que entrará en vigor el próximo cinco de julio.

Pero es que no hace falta ninguno de estos supuestos, porque la mayor perversión de esta Ley, es que permite la degradación de que, a partir de los dieciséis años y “sin intervención de terceros”, una madre destruya a su propio hijo a su libre albedrío.

La inconmensurable indignidad y egoísmo del ser humano, es lo que al filósofo y escritor indio, Rabindranath Tagore, le hizo afirmar que: “El hombre es peor que una bestia, cuando la bestia domina en él”.

La mayor de las maldades, se produce cuando la hipocresía, la falsedad y los intereses bastardos, se ocultan tras la máscara de la legalidad, pero la verdad es que un aborto provocado siempre será un asesinato y seguirá siendo verdad, aunque se piense o nos quieran hacer ver lo contrario y el mal seguirá siendo el mal, aunque todo el mundo lo practique, mientras que el bien seguirá siendo el bien, aunque nadie lo hiciera.

Se ha presentado este inconcebible contrasentido, como un progreso en el derecho de la mujer, cuando la va a convertir de por vida, en esclava de su propia acción. ¿Qué progreso femenino es el que proporciona al hombre carta blanca sin responsabilidad alguna, ya que ni siquiera se tiene en cuenta su paternidad a la hora de decidir el futuro de la vida que él ha promovido?

Decía Albert Einstein que: “La palabra progreso no tiene ningún sentido mientras haya niños infelices” y cabría añadir: cuanto más, si los matamos cuando son absolutamente indefensos.

La realidad es que la nueva norma fue aprobada por mayoría en las Cortes Españolas y tal y como señala la Constitución, le fue presentada a la firma a Su Católica Majestad, Juan Carlos I.

La Constitución española, dice que el Jefe del Estado, sancionará las leyes que hayan sido aprobadas por el parlamento, pero no cita “obligatoriamente”, lo que le permite negarse en un caso como este, en el que supuestamente la norma, como cristiano católico, contradice lo que se presume que son sus propias creencias y principios.

No se puede ignorar que, ciertamente, una negativa a firmar, produciría una crisis institucional, que podría costarle al monarca la corona. Pero tampoco un católico puede desconocer y hacer caso omiso de que la Ley Divina, está por encima de las leyes de los hombres. Volvemos como siempre al eterno contencioso entre Becket y Enrique II Plantagenet, Rey de Inglaterra.

Me vienen ahora a la memoria las figuras de los presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República Española, Nicolás Salmerón Alonso, político y filósofo español, que dimitió por negarse a firmar una pena de muerte y la de Estanislao Figueras y Moragas, que presidiendo un Consejo de Ministros, harto de debates estériles, mostrando toda la delicadeza y finura de su espíritu, llegó a gritar en catalán: «Senyors, ja no aguanto més. Vaig a serlos franc: estic fins als collons de tots nosaltres!». «Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!». Tan harto que el 10 de junio dejó disimuladamente su dimisión en su despacho en la Presidencia, En aquel tiempo en la actualmente desaparecida Casa de los Heros, en la calle Alcalá número 34,.se fue a dar un paseo por el parque del Retiro y, sin decir una palabra a nadie, tomó el primer tren que salió de la estación de Atocha. No se bajó hasta llegar a París.

La moral no es nuestras creencias, sino la forma que damos a nuestra vida con nuestros hechos. Es preciso saber lo que se quiere; hay que tener el valor de decirlo y cuando se dice, es menester tener el coraje de hacerlo, porque los pueblos son grandes, no por el tamaño de su territorio, ni por el número de sus habitantes. Ellos son grandes, cuando sus hombres tienen conciencia cívica y fuerza moral suficiente, que los haga dignos de una civilización y cultura que los conduzca al progreso del perfeccionamiento moral y humano.

En España se ha pasado de la ética de los principios, a la ética de la conveniencia y lo cierto es que, evocando el Evangelio, cuando el Gran Sanhedrín o lo que es igual, nuestro parlamento, sometió a la decisión del Prefecto, nuestro Rey, la suerte del inocente indefenso, no hubo un Poncio Pilato que tratase de salvarlo.

César Valdeolmillos Alonso

sábado, 16 de enero de 2010

La ceguera de Europa


"Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven."

José Saramago


La separación e independencia del poder temporal y el poder divino fue establecida cuando los fariseos, intentando sorprender a Jesús, le enviaron a sus discípulos con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres. Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario. Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la inscripción? Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. (Mateo 22:16 a 22:21).

Es precisamente esta filosofía la que promueve la libertad religiosa, entendiendo por ella no sólo la libertad de cada ciudadano para profesar la religión que crea verdadera, sino también la “libertad frente a la religión” misma, que ampara incluso a quienes no deseen profesar ninguna. Esta concepción de la libertad de la persona, es tan amplia y absoluta, que hace evidente que la profesión de una fe religiosa, bajo ningún concepto puede constituir un agravio para quienes profesan otro credo o para quienes no profesan ninguno.

El litigio entre la autoridad secular y la religiosa —que jamás ha dejado de estar vigente— ha adquirido notoria relevancia con el pronunciamiento de la Corte de Derechos Humanos europea, al establecer el pasado 4 de noviembre que la presencia de crucifijos en las escuelas públicas de Italia, viola las libertades religiosas y de educación. Este fallo, fue criticado por el Vaticano y generó la reacción del gobierno italiano, ya que el mismo contempla la laicidad, no como neutralidad del Estado ante el hecho religioso o ideológico, sino como ausencia de visibilidad de la religión. El veredicto crea una situación falsa y engañosa que posibilitará un escenario carente de toda concepción creyente, pero no, sin embargo, libre de otras filosofías antirreligiosas de impacto ético equiparable, orientadas a desencadenar la eliminación de las conciencias. Una posición que está siendo alentada por poderosos sectores con extraordinario poder mediático, interesados en moldear la opinión pública conforme a ideologías que se ajustan sus particulares intereses, comprometidos con los egoísmos políticos y económicos y no con la búsqueda de la verdad y del bien común.

Es esta una sentencia histórica, al ser la primera vez que el tribunal se pronuncia sobre la presencia de símbolos religiosos en las escuelas. En ella, concede razón a una ciudadana italiana de origen finlandés, enérgica defensora de su libertad, a la cual ofende la presencia de una Cruz colgada en la pared o puesta sobre la mesa de una escuela pública. Y ante tal decisión de la Corte Europea de Derechos Humanos, cabe preguntarse: ¿Qué derechos humanos y de quien, son los que defiende esta corte? ¿Qué instancia vela la tutela de la libertad religiosa en el mundo? ¿Dónde queda la libertad de millones de europeos a los cuales en modo alguno ofende la Cruz en las escuelas, porque —con independencia de las creencias religiosas individuales— la misma, recuerda y constata la identidad de todo el mundo occidental. Una identidad enraizada en la tradición histórica, filosófica y cultural del humanismo judeocristiano.

Si la causa por la que la Corte de Derechos Humanos de Estrasburgo ha sentenciado que la presencia de un Crucifijo en una escuela es «contraria a la libertad religiosa», se debe a que el símbolo se encuentra ubicado en un lugar público, en virtud de ese mismo principio, cabe deducir que es «contraria a la libertad religiosa» la exhibición cualquier símbolo confesional —no solo los cristianos— en cualquier espacio público de cualquier país europeo y consecuentemente, en base a este veredicto, habrían de eliminarse los mismos, para que nadie se sienta agraviado.

Como si de una historia de ciencia ficción se tratase, de aplicarse finalmente los fundamentos de esta inverosímil sentencia —jurídicamente muy discutible y en la práctica, de irrealizable aplicación— Europa mudaría su faz de tal suerte que quedaría irreconocible y convertida en suelo yermo, a merced de los ocultos y bastardos intereses que se esfuerzan en que de la civilización occidental, se adueñe un falso y fingido laicismo.

El pronunciamiento es muy discutible, porque la libertad de la ciudadana italo-finlandesa, termina donde comienza la de otros muchos millones de ciudadanos que sí quieren mantener la presencia de la cruz, porque ésta constituye la evidencia reveladora de sus señas de identidad heredadas de sus antepasados. A la sombra de las mismas han nacido, crecido, jugado, educado y desarrollado y las sienten como parte de sí mismos, porque irremisiblemente y para siempre, forman ya parte de sus vidas. ¿En que calle o plazuela no hemos jugado de pequeños, ante la presencia de la imagen de una virgen o una cruz?

Decían los griegos que no es humana una vida inanalizada. Si observamos los principios fundamentales de las cinco grandes religiones del mundo conocido: Budismo, Judaísmo, Cristianismo, Islamismo e Hinduismo, observaremos, que salvo particularidades propias de las características sociológicas de los pueblos y las épocas en las que éstas encuentran su origen, todas ellas intentan dar respuesta a los enigmas de la existencia del ser humano: su naturaleza; el sentido y propósito de su vida; el concepto del bien y el mal; la causa y el fin del sufrimiento; el camino hacia la felicidad, la muerte y el misterio que envuelve su origen y su destino. Consciente o subconscientemente, el sentimiento religioso impregna y da sentido a la existencia de cada uno de nosotros, incluso de aquellos que se declaran agnósticos, porque la propia negación de Dios, constituye la implícita afirmación de su existencia. El hecho religioso trasciende de la persona; se proyecta a través de sus deseos y objetivos, y se manifiesta en la totalidad de sus acciones. Es de este modo como se forja un concepto de la vida y con ella un modelo de sociedad.

Nadie que profundice en el hecho religioso con rigor y conocimiento, podrá negar la penetrante y decisiva influencia que este ha tenido en el desarrollo de la civilización humana. De hecho, toda cultura se constituye y articula, en sus elementos principales, en referencia al núcleo religioso de la misma. Prueba de ello es que, como tal, históricamente no se conoce ninguna cultura atea o agnóstica. Es una realidad incuestionable, que desde el comienzo de los tiempos, la religión ha arraigado, cual vigorosa raíz, en las profundidades de ese campo rico y fecundo que es el espíritu del hombre, soplo de Dios que nos hace humanos y nos distingue del resto de los seres vivos de la Creación.

Es una raíz que se adhiere a nuestras entrañas y de nuestra propia esencia, toma la savia que genera el tronco vigoroso de nuestra vida, dando respuesta a la eterna cuestión del sentido de nuestra existencia, de nuestro origen y pertenencia; la pertenencia de la que brotarán las ramas que trascienden a la esfera social y pública, a través de nuestra obra que es la que configura los profundos surcos de la historia.

Quienes pretenden reducir la religión –o la ética– al ámbito exclusivamente “privado” de la existencia humana, no han entendido su verdadera dimensión. Aristóteles sí lo entendió: “Ninguna de estas dos cosas puede privatizarse”. La religión no puede circunscribirse al ámbito material de los centros de culto, como la política no puede ser encerrada en el ámbito estrictamente material de los foros oficiales, porque una y otra tienen una proyección e incidencia tan profunda sobre todos y cada uno de los miembros de la sociedad, que entrambas configuran nuestro pensamiento y modelo de vida.

Resultará una empresa estéril pretender ignorar nuestros orígenes greco romanos, de los que hace más de dos mil años nació el humanismo cristiano, que es la concepción de vida y modelo de sociedad en que se basan nuestras leyes –Derecho Romano- nuestra historia, costumbres, rituales, tradiciones, fiestas, arte, cultura y hasta la propia arquitectura de nuestras ciudades.

¿Con cuantas hornacinas, pequeñas ermitas, imágenes y cruces nos encontramos por los caminos de Europa —lugares públicos— dispuestas para que caminantes y peregrinos pudiesen orar durante el desarrollo de sus largas y duras jornadas? ¿Qué haremos con nuestros cementerios que están plagados de cruces e imágenes? Al ser lugares públicos, ¿habremos de arrasar con todas ellas?

Quizá convendría recordar en este punto la interesada y desmedida resonancia mediática que en diversos países ha alcanzado la persistente pretensión de alguna niña musulmana, de asistir a clase en un colegio público, con el chador, foulard o hiyab islámico. No creo que la defensa de estas creencias por parte de quienes las practican, sean compatibles con el laicismo rampante que se yergue sobre Occidente.

Sin embargo, incongruentemente, para defender la libertad de ateos, agnósticos, masones y seguidores de otras religiones y no ofenderles, se pretende que los cristianos circunscribamos nuestra confesión al ámbito de lo estrictamente privado. ¿Habremos por consiguiente de desguazar nuestros museos que son lugares públicos plagados de célebres obras de arte de carácter religioso? ¿Eliminaremos de nuestras bibliotecas públicas toda obra inspirada o que haga referencia al humanismo cristiano? ¿Las eliminaremos de las librerías que son establecimientos públicos? De nuestros teatros, que son recintos públicos, ¿eliminaremos la representación de toda joya teatral o musical para no ofender a los no creyentes o devotos de otras confesiones? A las fiestas de Navidad y Semana Santa —que se celebran en todo el mundo occidental— ¿habremos de llamarles “fiestas del solsticio de invierno o de primavera” para no incomodar a quienes no compartan nuestras creencias? ¿Habremos de eliminar, procesiones y romerías, consustanciales con nuestra cultura, historia y tradiciones? En esta misma línea, al Papa y sus pastores, tendrían que recluirse en el recinto del Vaticano y sus parroquias para no irritar a los no creyentes y desde luego habrían de suprimirse las misiones y toda la obra benefactora que han realizado a lo largo de su historia. Como no sea en la intimidad de nuestro hogar, ya no podríamos escuchar en un auditorio público la obra profundamente religiosa de Bach, el Mesías de Haendel o los Requiem de Verdi, Mozart o Brahms —por no citar más que algunos ejemplos de las grandes obras maestras de la música— para no herir la sensibilidad de los que no comulgan con nuestras creencias.

Llegando a las últimas consecuencias del absurdo, en virtud de los principios de esta sentencia de la Corte de Derechos Humanos de Estrasburgo, debería de abolirse el actual calendario gregoriano, oriundo de Europa, basado en el origen de la era cristiana, considerado tan extraordinario avance científico, que se ha erigido en uno de los más valiosos patrimonios de la cultura occidental, actualmente utilizado de manera oficial en todo el mundo.

Es evidente que el cristianismo ha configurado la cultura y el pasado de Europa. La cuestión es saber si esa herencia cultural pertenece, definitiva y exclusivamente, al pasado, o si puede desempeñar aún un papel configurador en el futuro de nuestro continente. En otras palabras, si el cristianismo declina, lenta, pero inexorablemente, hasta convertirse en un residuo marginal o si, por el contrario, es capaz de revitalizar estas viejas estructuras; si Europa como tal, puede sobrevivir prescindiendo del cristianismo, o no.

De llegar a culminarse el proyecto laicista imperante entre el mundo de la progresía, ¿Podríamos realmente llamarnos europeos? Nunca como hasta ahora, estas cuestiones han adquirido tanta fuerza e importancia. Sin embargo, como señala el filósofo italiano Giovanni [1], es precisamente ahora cuando resultan más esquivas. Si no se quiere reducir Europa a un mero desafío político o económico, es necesario tener el valor de lanzar una mirada al origen de nuestra historia, a la posibilidad de renovar al hombre europeo, reviviendo de forma nueva sus raíces históricas, culturales y espirituales.

Como ha reconocido el profesor Jürgen Habermas [2], la supervivencia del Estado democrático y liberal únicamente será posible merced a ciertas actitudes y aptitudes morales y cívicas que hoy en día tan sólo atesoran las tradiciones religiosas, y en Europa particularmente el cristianismo, afirmando al mismo tiempo de manera inequívoca, que es contrario a la esencia misma del Estado democrático y liberal, promover el laicismo desde el poder.

Mientras que la fe parece ser más sentida que nunca en todo el mundo, Dios parece ser considerado por muchos, un absurdo anacronismo en Europa. Ya en el verano de 1999, el semanario estadounidense «Newsweek» publicaba una interesante y provocadora investigación en la que reconocía que en el final del pasado milenio, en el viejo continente, las estadísticas revelaban una indiscutible crisis de espiritualidad. El 39% de los franceses se declaraba sin religión; el 56% de los ingleses creía en un Dios personal. En algunos países, como en la República Checa, la práctica dominical no llegaba al 3 por ciento, dato que se repetía también en otros países de la Europa occidental. Los maravillosos templos que marcan la unidad arquitectónica de Europa están en buena parte vacíos, hasta el extremo de que en Holanda, se han vendido iglesias que ahora son utilizadas como mezquitas.

La fuerza del proceso de integración europea, como vieron lúcidamente sus fundadores (Adenauer, de Gasperi o Schumann), depende de la capacidad para crear «una comunidad homogénea», es decir, de su solidaridad y de su subsidiariedad.

Las conclusiones del informe emitido por los cerca de cincuenta intelectuales más prestigiosos de Europa, hombres y mujeres del mundo de la cultura y del pensamiento occidental que intervinieron en el Simposio presinodal europeo, organizado por el Consejo Pontificio para la Cultura, señalan que es en este punto en el que se hace presente la aportación cristiana. En el mismo se manifiesta que no será posible la verdadera unidad Europa, si antes no tenemos conciencia de que primero debe producirse una comunión de identidades y principios, evolución que no puede basarse simplemente en el legado histórico y cultural del pasado, sino que debe encontrar su auténtico fundamento en los valores esenciales aportados por el cristianismo al viejo continente: substancialmente, la consideración del ser humano como persona, los conceptos de libertad y de igualdad. Estas concepciones, son ininteligibles si antes no abandonamos la sustitución realizada del telón de acero, por la cultura de la gran ciudad que sumerge al hombre en el materialismo consumista y el anonimato de la secularización, aún más impenetrable que el anterior. La nueva Europa, no se puede construir implantando un laicismo que nos conducirá irremisiblemente hacia el individualismo salvaje y el vacío colectivista, sino por el contrario, creando un modelo social más humano, capaz de abrir espacios para una nueva cultura.

Estamos al borde de reducir nuestro viejo continente, al mercado de los analistas de mercado. El profesor Schambeck [3] denunció hace ya más de una década el ocaso de la idea europeísta y su transformación en pura aritmética económica que, si bien la convierte en una potencia comercial, reduce las metas éticas a la mera posesión de bienes materiales, y entierra los valores humanos bajo la lógica implacable del mercado.

Se trata de revitalizar el árbol haciendo que se nutra de sus raíces originarias, devolviéndole la savia que le dio vida y forjó su razón de ser, impidiendo que se marchite mediante el ataque de la nueva idolatría del materialismo egoísta. Es vital para nuestro continente reencontrarse con sus raíces. No para recrear la cristiandad medieval, sino para volver a beber de las fuentes que la hicieron fecunda, y sin las cuales corre el grave riesgo de terminar por desaparecer.

Una sociedad sin trascendencia no es viable, y la demostración tangible de esta aseveración la ofreció la caída del comunismo en 1989, que tuvo un significado espiritual inmenso.

Recordemos que al igual que tras la reconquista de Granada por parte de los Reyes Católicos —al contrario de lo que está ocurriendo en estos momentos— la unidad de España se produjo en base a una profunda unidad espiritual, Europa sólo podrá sobrevivir reencontrándose consigo misma, con sus valores y principios inspirados en el humanismo cristiano. No se puede separar el tronco de sus raíces a partir de las cuales nacieron los frutos —las naciones y las culturas europeas— sin que este muera. Como dice Saramago: "Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.

Por ello, a este continente desilusionado, al que la libertad reencontrada no ha traído la felicidad, Juan Pablo II, en la inauguración del Sínodo de los Obispos de 1999, quiso lanzar este sentido llamamiento: «Europa del tercer milenio; no te quedes con los brazos caídos; no cedas ante el desaliento; no te resignes ante las maneras de pensar y de vivir que no tienen futuro, pues no se fundamentan en la sólida certeza de la palabra de Dios».

César Valdeolmillos Alonso
______________________
 
[1] Giovanni Reale, (2005). Raíces culturales y espirituales de Europa. Herder


[2] Filósofo y teórico social alemán cuyo pensamiento entronca con la Teoría Crítica de la Escuela de Fráncfort. Su obra se enfoca en las bases de la teoría social, la epistemología y el análisis de las sociedades del capitalismo avanzado.

[3] Herbert Schambeck es un miembro de las Academias de Ciencias de Padua, Madrid, Dusseldorf y Milán, así como la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, consultor del Pontificio Consejo para la Familia y Gentilhombre di Su Santidad en el Vaticano. Miembro Honorario de la Sociedad Checa aprendidas en Praga, y Presidente Honorario de la Comisión de Juristas de Austria. Ha publicado varios libros y también ha participado activamente como editor. Su lista de publicaciones incluye más de 700 publicaciones sobre derecho público, ciencias políticas y filosofía de la ley.

jueves, 3 de diciembre de 2009

El grito silencioso

Yo imagino que el grito de esos pobrecitos que son asesinados antes de nacer,
debe llegar hasta Dios.
Madre Teresa de Calcuta


El doctor Gerome Lejeune, uno de los mayores genetistas de la historia, fue invitado por el Senado de Francia hace unos veinte años, para que ofreciese su documentada opinión sobre el tema del aborto. Una de las opiniones fuertemente arraigada en dicha cámara, era la que sostenía que hay embarazos que deben ser interrumpidos, cuando los antecedentes o el pronóstico parecen ser irreversiblemente malos. Cuando se le otorgó la palabra al Dr. Lejeune, planteó un caso: "Tenemos —dijo— un matrimonio en el que el marido es sifilítico terciario incurable, y además decididamente alcohólico. La mujer está desnutrida y sufre tuberculosis avanzada. El primer hijo de esa pareja muere al nacer; el segundo sobrevive, pero con serios defectos congénitos. Al tercer hijo le ocurre lo mismo y se le suma el hecho de ser infradotado mentalmente. La mujer queda embarazada por cuarta vez. ¿Qué aconsejan ustedes hacer en un caso así?". Un senador del bloque socialista manifestó categóricamente que la única solución para evitar males mayores, era practicar un "aborto terapéutico" inmediato. Lejeune hizo un largo y notorio silencio; bajó la cabeza por unos segundos en medio de su expectante mutismo; volvió a alzarla y dijo: "Señores Senadores, pónganse de pie, porque este caballero acaba de matar a Ludwig van Beethoven".

El hecho real al que acabo de referirme, podría aplicarse a otros muchos de similares circunstancias, que tuvieron después por protagonistas a personajes muy célebres en la historia de la humanidad, lo que desmonta de forma irrefutable la justificación de un asesinato bajo el mal llamado “aborto terapéutico”.

Y es que, como decía en el primer artículo que dediqué a este tema, “Cuando nace un niño, nace un mundo nuevo”, y su aniquilación, constituye la destrucción irreparable de parte del futuro del universo. Es igual que llegue a ser un genio o no. Lo verdaderamente importante, es que es un ser humano único e irrepetible, que vivirá si le dejamos, en un mundo que puede o no ser exactamente igual al nuestro, pero que siente y que padece, que tiene sus ilusiones y sentimientos, que ama y le gusta sentirse amado y que en el fondo, desea ser aceptado y hará todo lo posible por integrarse en nuestra sociedad.

Demagógicamente se suele argumentar por aquellos que fomentan la cultura de la muerte —aborto y eutanasia— que es inhumano no legalizar el "aborto terapéutico"; que este debería realizarse cuando el embarazo pone a la mujer en peligro de muerte o de un mal grave y permanente

Terapéutico procede de "terapia", que significa curar y el aborto, no solamente no cura nada, sino que mata directamente a un ser humano inocente e indefenso y produce unas secuelas sicológicas en la madre, que perdurarán durante toda su vida. Por otro lado, el código de ética médica, señala que en el caso de complicaciones en el embarazo, deben hacerse los esfuerzos proporcionados para salvar a madre e hijo y nunca tener como salida la muerte premeditada de uno de ellos, porque eso convertiría a los médicos —cuya misión es preservar la vida curando las enfermedades— en sicarios a sueldo.

Pero, de momento, no es mi intención demostrar las falacias del incongruente y ¿mal informado?, “progresismo”. Porque el asesinato, jamás puede constituir ninguna forma de progreso.

El objetivo de mis últimos artículos, es concienciar a quien tenga la oportunidad de leerme, del valor que tiene toda vida humana; del decisivo y noble papel que desempeña la mujer en la transmisión de la existencia; concienciarla de que, a quien lleva —no lo que lleva— dentro de su vientre, no es su propio cuerpo —simplemente está alojado en él— y por tanto, no tiene el menor derecho a decidir sobre una vida que no es la propia; del irremediable daño que de por vida se haría así misma, de atentar contra la inocente criatura que ella misma ha creado; de que alumbrando a ese nuevo ser, justifica su propia razón de ser como mujer, que es la más noble misión y la culminación del privilegio de que la dotó la naturaleza. En definitiva, porque la muerte solo significa destrucción, una vez más, quiero transmitir un mensaje positivo de amor, fe, fortaleza y esperanza.

Sin embargo, no podemos ignorar la existencia de un opresivo y arbitrario “progresismo” que persigue el logro de una sociedad amorfa, mediante la despersonalización del individuo, la eliminación del “tú” y el “yo”, con todo lo que de excepcional conllevan estos conceptos; la supresión de “marido” y “mujer”, sustituyéndolo por cónyuge A y B. Partiendo de este principio, en el trascendente acto de la procreación, ya no seremos “padre” y “madre”, sino progenitor “A” y “B”. Realmente ¿nos estamos dando cuenta de la profunda gravedad que constituye esta perversión del lenguaje y a donde nos puede conducir esta deshumanización en el futuro, si llegamos a aceptarlo como algo normal y cotidiano? Entre otras muchas consecuencias, si con el paso del tiempo, esta forma de pensar prende en la sociedad, se producirá un vacío insensibilizador que nos conducirá a la nada, con capacidad de contagiarlo todo, lo que permitirá al Estado, el adueñamiento de los derechos fundamentales del ser humano, convirtiéndose en señor absoluto y manipulador de cuerpos y conciencias, último fin del totalitarismo laicista.

Quienes patrocinan, fomentan y legislan basándose en estos bastardos e insolidarios intereses ideológicos y económicos, están colocando a España en la primera línea del sacrificio infantil, presentando el aborto como un derecho y liberación de la mujer. Una liberación que, al marginar a los padres, deja sola a una niña de dieciséis, diecisiete años —al fin y al cabo una adolescente que necesita la protección de quienes verdaderamente la aman y deben velar por protección y por su bien— aterrada por las consecuencias de una relación sexual inmadura, para que elija sola un futuro en el que solo estará acompañada de por vida, por la angustia, el sentimiento de culpabilidad, la ansiedad, los terrores nocturnos, la depresión, los trastornos de alimentación o de su vida sexual futura, secuelas que habitualmente aparecen y permanecen, incluso años después de haber abortado.

La ministra de ¿Igualdad?, Bibiana Aído, dijo el 18 del pasado mes de mayo: "Un feto es un ser vivo, pero no podemos hablar de ser humano". [1]

Lo que una mujer lleva en su seno materno desde el mismo instante de la concepción, es un nuevo ser humano en desarrollo y no solamente un ser vivo. Como si de un embrión o un feto humano, pudiese surgir una salamanquesa.

El Dr. Bernard Nathanson, ginecólogo norteamericano, cuenta en su autobiografía haber realizado más de 60,000 abortos. En su libro confiesa que era un paria en la profesión médica. “Se me conocía como el rey del aborto… Llegué incluso a abortar a mi propio hijo", declaró el médico en una conferencia llorando amargamente. Ese suceso cambió su vida. Dejó la clínica abortista y pasó a ser jefe de obstetricia del Hospital de St. Luke´s. La nueva tecnología del ultrasonido hacía su aparición en el ámbito médico. El día en que Nathanson escuchó el corazón del feto en los monitores electrónicos, comenzó a plantearse por vez primera "qué era lo que estábamos haciendo verdaderamente en la clínica". Decidió reconocer su error y en la revista médica The New England Journal of Medicine, escribió un artículo sobre su experiencia con los ultrasonidos, reconociendo que en el feto existía vida humana desde el mismo momento de la concepción. Incluía declaraciones como la siguiente: "el aborto debe verse como la interrupción de un proceso que de otro modo habría producido un ciudadano del mundo. Negar esta realidad, es el más craso tipo de evasión moral". Había llegado a la conclusión de que no había nunca razón alguna para abortar: “…el aborto es un crimen”. Con los ultrasonidos hizo un documental que llenó de admiración y horror al mundo. Se titulaba "El grito silencioso". Nathanson había abandonado su antigua profesión de "carnicero humano". Hoy, Bernard Nathanson, es un judío convertido al catolicismo.

Por activa y por pasiva, Bibiana Aído, la ministra que ha promovido el nuevo proyecto de Ley del aborto, ha tratado de justificar el mismo, argumentando que es para evitar que vaya a la cárcel aquella mujer que aborte. Ciertamente no se conoce un solo caso en que por este hecho se haya aplicado tal condena, pero sí es cierto que la mujer que aborta, queda para siempre aprisionada entre rejas; las rejas morales de su propia culpabilidad, que en algún recoveco de su alma, le aprisiona y no le deja dormir.

En cualquier tipo de circunstancias en las que se produzca un embarazo, la respuesta no está en el raciocinio, si no en las indescriptibles sensaciones de amor y de ternura que ese nuevo ser que la madre alberga dentro de sí misma, le hace sentir.

Cuando una mujer se encuentra ante un embarazo en circunstancias adversas, hemos de tener en cuenta que es un ser humano, que tiene que enfrentarse, en medio de su íntima soledad, al dilema de escoger entre la Vida o la muerte; ahora le llaman “Derecho Reproductivo”. Este dilema no lo comparte, lo decide en medio de la desesperación, la angustia y el miedo, y cuando finalmente decide por la muerte del hijo, lo hace en medio de un dolor indescriptible, sin que nadie le informe adecuadamente de que la vida le ofrece otras salidas y de que en ese momento se está embarcando en la nave de un drama, en la que se verá prisionera y navegará durante el resto de sus días.

Hundir en ese abismo a una criatura que se enfrenta a una incertidumbre tan trágica, no es otorgarle un “derecho”, ni abrirle las puertas de una embaucadora “liberación”: es una auténtica villanía, tras la que se esconden infames intereses.

Todos los científicos y clase médica, coinciden en el hecho incuestionable en que, ante el atroz ataque que un bebé sufre el transcurso de un aborto provocado, el niño reacciona ante el dolor e incluso emite lo que muchos han llamado, el “grito silencioso”. Silencioso porque no se escucha fuera de su hábitat natural, pero que su infinito dolor ante la salvajada que con él se está cometiendo, nunca dejará de escuchar el corazón de su madre.

La Divina Naturaleza, hizo del vientre de la mujer, el más fértil campo destinado a dar el más maravilloso y sobrenatural fruto de la creación. No permitamos que tan prodigioso origen de la vida, el aborto lo convierta en un lóbrego ataúd, reino eterno del dolor y del silencio.

César Valdeolmillos Alonso
__________________________________
[1] PÚBLICO.ES - Madrid - 19/05/2009 09:13

lunes, 2 de noviembre de 2009

El privilegio de ser Madre




Dios no podía estar en todas partes a la vez, y por eso creó a las madres
Anónimo.

En homenaje a mi Madre
y a todas las Madres del mundo.



Cuenta una antigua leyenda que un niño estaba por nacer y le dijo un día a Dios:

"Me dicen que me vas a enviar mañana a la Tierra, pero ¿cómo viviré allí tan pequeño e indefenso como soy yo?"

Dios le dijo: "Entre muchos ángeles escogí uno para ti que te está esperando, El te cuidará".

El niño le pregunta: "Pero dime, aquí en el cielo no hago mas que cantar y sonreír y eso me basta para ser feliz, pero allí...

Dios le responde: Tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tu sentirás su amor y serás feliz".

El niño le dice: "Y ¿cómo entenderé cuando la gente me hable? Si yo no conozco el idioma que hablan los hombres de la Tierra...."

Dios le contesta:" Tu ángel te dirá las palabras más dulces y tiernas que puedas escuchar y con mucho cariño y paciencia te enseñará a hablar".

El niño, muy preocupado: Y... ¿qué haré cuando quiera hablar contigo?

Dios le dice:"Tu ángel te juntará las manitas y te enseñará a hablar.

El niño le pregunta: También me han dicho que en la Tierra hay hombres malos, ¿quién me defenderá?

Dios le tranquiliza: "tu ángel te defenderá a costa de su propia vida".

El niño insiste: "Pero estaré muy triste..., porque ya no te veré más".

Dios le contesta: "Tu ángel te hablará de mi y te enseñará el camino para que regreses a mi presencia, aunque Yo estaré siempre a tu lado".

En ese instante, una gran paz reinaba en el cielo, pero ya se oían voces de la Tierra....

El niño, entre sollozos, repetía suavemente: "Dios mío, ya me voy, dime su nombre, ¿cómo se llama mi ángel?

Dios sonriendo, le contesta susurrando: "Su nombre no importa, tú sólo le dirás MAMÁ"

No he encontrado explicación más hermosa que esta leyenda, para ilustrar la cita que precede a las reflexiones que me dispongo a exponer sobre el privilegio que supone el milagro de ser Madre. Sí, porque el hecho de concebir una nueva vida, es un generoso prodigio que excede de la voluntad del ser humano. Es un don reservado a la mujer, que no siempre le es concedido; que trasciende de nosotros mismos; que nos ennoblece y quizá el único por el que se justifica nuestra propia existencia.

Por una y simple básica razón —incluso si queremos egoísta— no puedo entender de forma racional, por muchas explicaciones y argumentos progresistas que me expongan, que haya personas que puedan defender el aborto voluntario, porque si en el momento de su concepción, su Madre hubiese decidido interrumpir su embarazo —como eufemísticamente denominan las izquierdas el asesinato premeditado de criaturas inocentes e indefensas— esas personas no existirían, ni tampoco su obra. Y aún lo entiendo menos, cuando quien defiende esa execrable acción, es una mujer.

¿En qué oscuro e ignorado lugar han quedado los valores humanos? ¿En qué profundo y oscuro lugar de su corazón ha escondido el ser humano la piedad, el amor y la misericordia? No puedo comprender como aquellos que defienden con tanto empeño y ardor al colorín bicéfalo del Orinoco, a la raposa rubia de Madagascar o la manzanilla tricolor del Everest —lo que me parece muy bien— tienen una roca por corazón, ante la sangre derramada de miles de seres inocentes e indefensos. Tantos que han colmado la copa del dolor y que si tan sensibles son ante los dones de la naturaleza, de rodillas tendrían que pedir que cese tanta masacre.

EL INSTINTO MATERNO

Es una desvergonzada e impúdica falacia decir que abortar es un derecho de la mujer. El único derecho irrenunciable que tiene una mujer como tal, es el de ser Madre, porque le permite consumar la función de su naturaleza y experimentar unas sensaciones y sentimientos sublimes, que de otro modo jamás hubiese conocido.

Morrison-Clutton, es una bibliotecaria galesa de 32 años que tras dar a luz a su hijo sufrió una infección por Escherichia Coli, tras ingerir comida en mal estado lo que le provocó caer en coma durante sesenta y siete días.

Ante esta situación, el marido, que día tras día le iba explicando los progresos del bebé, decidió probar con el llanto de su hijo. Grabó un vídeo con su bebé como protagonista y se lo puso a Karen, que comenzó a luchar por su vida desde ese momento.

Según explicó la Madre tras despertar “quería morir, pero después escuché a Ollie y me dije ‘quiero vivir”.

Se trata sin duda de una noticia asombrosa que demuestra la fuerza que puede llegar a tener el reclamo de un bebé sobre los instintos de su Madre, al despertarle la necesidad de cuidar de su hijo

Benito Pérez Galdós pone en boca de Daniel Morton, personaje principal de su novela “Gloria”, estas palabras dirigidas a su propia Madre a la que se enfrenta por razones religiosas: “No podrás, aunque lo quieras, ser dueña de tus sentimientos de Madre, y me amarás aunque sea en silencio; me consagrarás todos tus pensamientos, me tendrás siempre en la memoria, aunque sólo sea para orar por mí. Antes de que hubiera religiones, hubo Naturaleza”

EL VALOR DE SER MADRE

Por culpa del azar o de un desliz, cualquier mujer puede convertirse en Madre soltera. Si eres una de esas mujeres, no pienses que no vales nada porque tu pareja te haya abandonado. Al contrario; vales el doble. Vales por mamá y papá, porque tú, en vez de deshacerte de esa nueva vida que engendraste en tu seno, sí tuviste el valor suficiente para enfrentar la realidad. Atesoraste el suficiente amor para sacar adelante a tu hijo y soportaste el dolor del desengaño. Eres fuerte y valiente, con los pies en la tierra.

Dios ha dotado a la mujer del “instinto maternal” de forma tan enraizada, con la finalidad de preservar la especie.

Si no fuera por eso, lo que ella haría al ver a esa criatura minúscula, arrugada y chillona, sería arrojarla a la basura. Pero gracias a ese instinto tan asombroso que le otorgó la naturaleza, la mira embobada, la encuentra preciosa y se dispone a velar por ella durante toda su vida.

Ser Madre no es fácil y es estar siempre preguntándose si se está haciendo bien. Es dejar de sentir el propio cuerpo, cuando el fruto de sí misma está sobre su pecho buscando donde agarrarse. Es el momento en el que el tiempo se rompe y los minutos que antes parecían horas se convierten en segundos, porque antes de contemplar su rostro, todo eran miedos, inquietudes y zozobras que desaparecen al mirarle y le hacen sentir el goce de ser mujer.

Ser Madre es considerar que es mucho más noble sonar narices y lavar pañales, que terminar los estudios, triunfar en una carrera o mantenerse delgada. Es ejercer la vocación sin descanso, siempre con la cantinela de que se laven los dientes, se acuesten temprano, saquen buenas notas, no fumen, tomen su vaso de leche. Es preocuparse de las vacunas, la limpieza de las orejas, los estudios, las palabrotas, los novios y las novias; sin ofenderse cuando la mandan callar o le dan con la puerta en las narices. Es quedarse desvelada esperando que vuelva la hija de la fiesta y, cuando llega hacerse la dormida para no fastidiar. Pero en la mesa está preparado el mantel y la comida aún caliente.

Ser Madre, es temblar cuando el hijo aprende a conducir, se compra una moto, se afeita, se enamora, tiene un examen o le quitan las amígdalas. Es llorar cuando ve a los niños contentos y apretar los dientes y sonreír cuando los ve sufriendo. Es servir de niñera, maestra, chofer, cocinera, lavandera, médico, policía, confesor y mecánico, sin cobrar sueldo alguno. Es entregar su amor y su tiempo sin esperar nada a cambio. Es decir que “son cosas de la edad” cuando le dicen que no entiende ya nada.

Madre es alguien que nos quiere y nos cuida todos los días de su vida y que llora de emoción porque uno se acuerda de ella una vez al año: el Día de la Madre.

Todo esto es cierto, por eso no es de extrañar que hoy en día, el 80% de las mujeres huyan de tales responsabilidades.

Sin embargo, no hay nada más bello que llegar a casa, agotada después de un duro día laboral y ser recibidas por gritos de júbilo y enormes sonrisas, porque ya vino mamá. No hay nada más reconfortante que el fuerte abrazo y beso de ese hijo, que una Madre sabe y siente, que le ama más que a nadie en el mundo y para el cual ella es la mejor y más bella de todas las personas del universo.

De niños creemos que mamá todo lo puede, que no siente cansancio, que no sufre... esa imagen que guardamos de ella con el tiempo no coincide con la que vemos cuando pasan los años. Es entonces cuando descubrimos que mamá también sufre, se cansa, esta triste, no tiene fuerza, calla ocultando el dolor. La vemos como un héroe sobrevivir a grandes tragedias, llevarnos de la mano conteniéndonos y mostrándonos la vida siempre del lado más bello. De niños no entendemos sus lágrimas, cuando sus manos, por aliviarnos de nuestras angustias y problemas, nos sacan las espinas y se las clavan en ellas. Así como nosotros necesitamos tantas veces de la protección de esos brazos fuertes, de la comprensión de nuestros gestos, de nuestros silencios o de nuestro dolor, ella también nos necesita. Por eso debemos detenernos y observarla, abrazarla y hacer que sienta que estamos allí, junto a ella, aunque sea en la distancia; que nos importa; que es valiosa para nosotros. Solo de esta forma, le devolveremos el más hermoso sentimiento de que, desde nuestra concepción nos impregnó; el sentimiento que proporciona paz y tranquilidad en los momentos difíciles de la vida; el que nos contiene; el que minimiza el dolor; el que nos hace luchar por nuestros sueños e ideales; pero sobre todo, nos enseña a dar sin pedir nada a cambio: El Amor.

SER MADRE

Madre es una mujer que entrelazó sus manos con las del hombre amado, al que se entregó en cuerpo y alma para formar entre ambos una cuna. ¿Puede haber algo más hermoso?

Una Madre, es una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor, y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados. ¿Puede haber entrega más plena?

Nuestra Madre, que con una mirada sabe leer en lo más profundo de nuestra alma, es una mujer que, si es insuficiente en sus conocimientos, descubre los secretos de la vida con más acierto que un sabio, y, si es instruida, se impregna como nadie del candor y la necesidad de su hijo.

Madre es una mujer que, siendo vigorosa, se estremece con el llanto del fruto de sus entrañas y siendo débil, sabe revestirse —si es preciso— con la bravura de una leona. ¿Habrá algo más admirable y digno de admiración?

Nuestra Madre es una mujer que, tal vez nos enseñe pocas cosas, pero aquellas que de ella aprendemos, son las que marcan el sentido de nuestras vidas. ¿Habrá algo más venerable?

La Madre, es una mujer, con un poder tan grande, que solo ella es capaz de borrar del espíritu de sus hijos, el triste sentimiento de la orfandad. ¿Habrá algo más noble?

Y por último, Madre es una mujer con un destino y vocación tan ineludibles, que hasta el mismo Dios quiso sentir la cálida emoción de necesitar una. ¿Podemos encontrar en este miserable mundo algo más grande y más hermoso a la vez?

De nuestra Madre, solo una cosa hay de la que a menudo nos tenemos que lamentar, y es que nos deje antes de que nos demos cuenta que hemos sido tan egoístas, que no hemos tenido tiempo de devolverle tan solo una pequeña parte de todo su sacrificio, de su permanente entrega y del infinito amor que ella nos entregó.

Solo cuando la perdemos, nos sentimos culpables, nos vemos desvalidos e irremisiblemente huérfanos.

Por suerte, el Sumo Hacedor, solo nos dio una. Nadie aguantaría el dolor de perderla dos veces.

César Valdeolmillos Alonso