Yo no quito el crucifijo

jueves, 26 de julio de 2012

Crisis, optimismo y auto-rescate



Quizás ya sean muy pocos quienes dudan de que en España estamos inmersos en una grave crisis económica y posiblemente en alguna crisis de otro tipo; pero es la de tipo económico la que se manifiesta de forma más preocupante en este momento.

En poco tiempo hemos pasado de ser ignorantes en macroeconomía a conocer el significado de varios términos relacionados con las cuentas del Estado, tales como: la deuda pública, el déficit presupuestario, la prima de riesgo, etc. Aunque tal vez estemos lejos de ser capaces de conocer correctamente el alcance de cada uno de ellos.

La deuda pública está constituida por miles de préstamos, a diferentes plazos y tipos de interés, que solicitaron para su financiación las Administraciones Públicas (Gobierno central, Autonomías, Municipios, Diputaciones), porque año tras año gastaban más de lo que ingresaban. Para pagar cada uno de esos préstamos hay que volver a solicitar otro. El gran problema que se tiene es que el interés de los nuevos préstamos es bastante mayor que el que se pagaba antes, y mayor que el que pagan otros países que no están en crisis. Ya se sabe, a perro flaco…
¿Cuánto se paga hoy en intereses por la deuda pública? Más de treinta mil millones de euros al año. Pero si el interés para todos esos préstamos fuera el que se está pagando en las últimas emisiones de deuda pública, que ronda el 7%, se tendrían que pagar más de sesenta mil millones al año a nuestros acreedores.

Para entender el alcance de lo que se paga en intereses por la deuda, tengamos en cuenta que treinta mil millones de euros es exactamente lo que costaría pagar un salario mensual de mil euros a dos millones y medio de personas. Es decir, que con lo que pagamos en intereses por la deuda nos daría para pagar a dos millones y medio de parados. Más aún, teniendo en cuenta que parte de estos parados ya cobran alguna ayuda por desempleo, serían muchos más de tres millones los parados que podrían dejar de estarlo, simplemente usando para ello el dinero que pagamos en intereses por la deuda pública junto con el que algunos están ya recibiendo por estar en paro.

Prácticamente no tendríamos crisis si no tuviésemos deuda, y no consuela el hecho de que otros países también tengan deuda, e incluso que en algún caso la suya sea mayor que la nuestra.

Pero la cruda realidad es que tenemos una deuda y que como los mercados no se fían de nosotros, cada vez nos piden más garantías para prestarnos dinero y, por tanto, cada vez pagamos más intereses para seguir financiándonos. Por otra parte, la deuda se incrementa por causa del déficit anual, salvo que se venda patrimonio para compensarlo.

En contraposición a esta situación desalentadora, se puede decir que, - en España -, existen hoy día razones para el optimismo. Así, sabemos que ha estallado la burbuja inmobiliaria pero a cambio hay vivienda construida y de calidad para todos. Por otra parte, al ser un país con una capacidad agrícola y ganadera destacada se puede vivir sin que nuestra alimentación esté en manos de otros países. Las vías de comunicación y el

parque automovilístico son muy aceptables, similares a los de países desarrollados de nuestro entorno. También contamos con un autoabastecimiento en buena parte de los productos que requieren un proceso industrial; y no digamos nuestro potencial turístico y el nivel de seguridad que se siente cuando paseamos por nuestras ciudades. Finalmente, en estas dosis de optimismo hemos de destacar el capital humano. Tenemos unas generaciones muy bien formadas; la mayoría de los nuevos parados son sistemáticamente titulados universitarios en todas las áreas del conocimiento. Así pues hay que ser optimistas y pensar que podemos salir adelante, pero ello requiere cambios importantes y unos años de esfuerzo por parte de todos. No hacerlo será mucho peor para todos.

Uno de esos cambios es el relativo a la forma de abordar la deuda pública. La solución, desde mi punto de vista, es cuantificarla de inmediato con total rigor, si queda algún resquicio, y tratar de minimizar su impacto, es decir reducir significativamente el coste que conlleva. No debiéramos estar a expensas de los mercados, pagando los intereses que ellos nos exijan. Incluso un rescate europeo nos pondrá intereses altos. Para salir de este problema una solución sería forzar un
auto-rescate, que consiste en obligar a todos los trabajadores a cobrar parte de sus salarios en deuda pública y a todas las empresas a invertir parte de sus beneficios en deuda pública. En ambos casos la deuda pública sería a interés tasado y muy bajo (por ejemplo al 1%). El porcentaje de salario (o de beneficio de las empresas) empleado en deuda pública sería progresivo y en el caso de las empresas estaría en función de sus gastos en personal, obligando a adquirir más cantidad de deuda a las que tengan menor gasto proporcional en personal, de forma que esta medida constituyese un incentivo a la contratación.

Así, a modo de ejemplo para los trabajadores, un trabajador recibiría sus primeros 500€ de salario íntegros, pero el 5% de los 500€ siguientes se le abonaría en deuda pública, así como el 10% de los 1000€ siguientes, y el 20% de lo que sobrepase de 2000€. De esta forma un trabajador cuyo salario sea de 2000€/mes cobraría 1875€ en efectivo y el tesoro público le daría deuda por valor de 125€ cada mes a pagar en el tiempo que determine la ley con un interés del 1% anual. Otro que ganase 4000€ al mes recibiría 3475 en efectivo y 525€ en deuda pública (ello supone al cabo del año más de lo equivalente a una paga extraordinaria). Los mejor pagados (deportistas de élite, directores de bancos, etc. recibirían casi el 20% de su sueldo en deuda pública). Porque la crisis afecta a todos los trabajadores (también a los no trabajadores), y no solo a los funcionarios que se han convertido en los últimos años en chivos expiatorios de los gobiernos. Incluso la medida se debía extender al resto de personas que reciban dinero por cualquier otro motivo (desempleo, intereses de cuentas bancarias, premios por loterías y juegos, incluso pensionistas). En el caso de los pensionistas se les aplicaría la deuda de menor duración (la de tres y seis meses).

Lo mismo haríamos con las empresas.

Las cifras anteriores son exclusivamente a modo de ejemplo, pero disponiendo de datos relativos al número de trabajadores de cada rango de salario, y datos de empresas podemos afinar en los números y saber con precisión la cuantía del porcentaje para cada caso.

En esto consistiría el auto-rescate que propongo. Lo soportaríamos entre todos y de forma progresiva. La deuda pública dejaría de ser un problema y de la prima de riesgo dejarían de hablarnos. Nos costaría un esfuerzo durante unos años pero, tal vez, ese esfuerzo sea menor que el que vamos a pagar por otras vías.

Al cabo de unos años, menos de diez, en lugar de pagar cerca de sesenta mil millones (o a saber cuántos) en intereses por la deuda pública puede ser que no pagásemos ni quince mil.

Y, quizás, a partir de ahora cuando alguien plantee cambiar una plaza, o construir un metro o un aeropuerto innecesario dejamos de aplaudirle. Cuando muchos tengamos que cobrar deuda pública sabremos que todo lo que hacen las administraciones públicas es a costa de nuestro dinero y seremos más exigentes con nuestros políticos.

Victoriano Ramírez González

Director de GIME (Grupo de Investigación en Métodos Electorales, Universidad de Granada
Dep. Matemática Aplicada. Univerisidad de Granada
tel. +34 958244158  Fax +34 958249513
web: http://www.ugr.es/local/sistemaelectoral

viernes, 25 de febrero de 2011

La sociedad perdida



“El secreto de una buena vejez, no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”
Gabriel García Márquez
Escritor colombiano, Premio Nobel de Literatura



En el Palacio de Congresos de Torremolinos, se ha elegido recientemente, por vez primera en nuestro país, la Abuela de España. No se trataba de un concurso de mises de edad más o menos madura. El objetivo de esta muestra, en la que han participado diecisiete abuelas españolas —una por cada comunidad autónoma— era exaltar y rendir homenaje a la entrañable figura de la abuela. La abuela de hoy, la de nuestros días. La abuela de España 2011, además de tener nietos y de reunir todos los atributos propios de la abuela tradicional, debía ser una abuela simpática, elegante, dinámica… Es decir: una abuela moderna y con carisma.

El conocimiento de esta iniciativa, me produjo una gran satisfacción. Por fin alguien se acordaba de los mayores. De esos mayores, con frecuencia tan olvidados. Tan olvidados, que no sabemos ni cómo hemos de llamarles. ¿Tercera edad? ¿Personas mayores? ¿Viejos? ¿Abuelos? ¿Ancianos? O algo tan cursi y relamido como ¿Edad dorada?... Cada denominación tiene sus condicionamientos y la disyuntiva no es trivial. En el fondo, el no saber como se les debe denominar, revela la perplejidad y desorientación ante el papel que debe estar llamada a desempeñar en la vida cotidiana la figura de nuestros mayores. ¿Dónde se les coloca? ¿Cómo se les valora? ¿Cómo se les ha de tratar? ¿Qué hacer para que no se automarginen, para que intervengan en el devenir de la sociedad?

Es una triste realidad comprobar como nuestra sociedad, esa sociedad que sobre todo valora la apariencia externa de la juventud, excluye a sus mayores y ellos mismos, resignados, parecen en muchos casos dispuestos a arrinconarse en el furgón de cola; el del farolillo rojo que anuncia el final.

Es como si la juventud hubiese de perdurar indefinidamente. Cada arruga es una repulsiva cicatriz que debemos ocultar, en lugar de experimentar la feliz constatación de que seguimos viviendo, disfrutando del enriquecimiento como seres humanos que siempre proporciona el paso del tiempo, gozando de otros placeres anteriormente desconocidos o insuficientemente valorados.

Creo sinceramente que nuestra sociedad está perdida, desorientada. Pienso que no encuentra el lugar adecuado para cada uno de nosotros. Sí, porque resulta un contrasentido absoluto el que cuando el hombre a descubierto el camino que ha de seguir para vivir más años y el número de mayores aumente y sea más numeroso, al mismo tiempo se le rechace y cada vez, a más temprana edad. Ese mismo hombre que ha empleado sus mejores recursos para lograr la prolongación de la vida, al mismo tiempo se afana en marginar a sus semejantes cuando llegan precisamente a la edad en que comienza el alargamiento de su existencia. A partir de determinada edad, se es rechazado y arrojado del tejido de la vida activa. Esta realidad, quien la constata con mayor amargura, es aquel que se queda en paro a los cincuenta años y —por más que llame— no encuentra ya lugar en el que le abran la puerta.

Para que la sociedad nos acepte, hemos de ser eternos triunfadores, brillar, ofrecer siempre una imagen impoluta, irreprochablemente atractiva. En una sociedad que ha dado la espalda a los valores de sus mayores, basada en lo puramente material y alimentada por la insaciable voracidad de la pugna competitiva, constituye un descrédito no ganar más cada día para poder ostentar las marcas de mayor prestigio; hemos reemplazado los valores por los productos de consumo de lujo.

Vivimos inmersos en el deseo, en el anhelo imaginado de atrapar y retener para siempre la juventud, un empeño tan estéril e irreal como la imagen que nos devuelve el espejo. Nos encontramos inmersos en una situación que me recuerda a Dorian Grey, el personaje de la célebre novela de Oscar Wilde, que vendió su alma al diablo a cambio de la eterna juventud. Él se mantenía joven y seductor, mientras en su alma se iba almacenando la putrefacción de una vida basada únicamente en los placeres materiales. Hoy día, donde quiera que nos encontremos, nos encontraremos con Dorian Grey.

Nuestra sociedad, parece haber reducido el ciclo de la existencia a una sola de sus fases: la del joven adulto, que después de largos años de estudio y trabajo, quiere gozar largo tiempo de sus bienes materiales y de los privilegios adquiridos. No nos damos cuenta de que los cuarenta son la vejez de la juventud y los cincuenta, la juventud de la vejez.

Es la nuestra, una sociedad en la que sus mayores, de alguna manera, se sienten “extraños” en un mundo del cual ya no comparten, ni los valores, ni las acciones. ¿Para qué hemos prolongado el ciclo de la vida, si hemos configurado una existencia en la que vivir más, se ha convertido en un problema?

Contrariamente al criterio que esa sociedad mantiene sobre los mayores, la madurez no es simplemente una etapa de quebrantos y declive; es un período de plenitud; es la edad del dar. En la niñez, la necesidad esencial es recibir, porque se está construyendo el edificio de la personalidad; la edad adulta, requiere compartir; es la etapa de los proyectos y las consecuciones; la madurez es la edad de dar y darnos a los que han de sucedernos. De entregar el relevo de la sabiduría. De devolver todo aquello que de la vida hemos recibido. El longevo está lleno de vida interior, experiencia y conocimiento, y la necesidad que tiene, es la de vaciarse, la de entregar todo aquello que ha recibido en el transcurso de su existencia, la de darse por entero a los demás.

Pero, ¡No! En vez de acoger a nuestros mayores para que sean un miembro más de todos nosotros, marcamos distancias hablando a espaldas de ellos; nos alejamos cuando hablamos por teléfono con nuestras amistades, porque no forman parte del núcleo de las mismas; les diferenciamos cuando comemos a distintas horas que ellos; les hacemos daño cuando no les contamos lo que nos pasa, sea bueno o malo. Les ignoramos al no contar con ellos para nada. Sí, están ahí, pero arrinconados como si fuesen un mueble viejo e inútil al que un día se llevará el camión de lo inservible. No nos preocupa que ellos necesiten sentirse un miembro más de la familia.

Están acompañados sí, pero nuestra actitud relegadora, les hace sentir en lo más profundo de su ser, como les cubre la gélida sombra de la soledad, viendo como se extingue el mundo para ellos, como se repliega y se desvanece.

¿Que sociedad es la nuestra que adora la vida, pero permite que se maten a los indefensos en el vientre de su madre? ¿Que sociedad es la nuestra que ha hecho de la juventud el valor supremo, pero le niega los medios para construir su futuro? ¿Que sociedad es la nuestra, que cada día reclama más derechos sociales, pero le vuelve la espalda a sus mayores?

César Valdeolmillos Alonso

jueves, 17 de febrero de 2011

La esclavitud del Siglo XXI




«No podemos pedir a los jóvenes ilusión y motivación si la sociedad no es capaz de ofrecerles las condiciones necesarias para que puedan planificar y desarrollar sus vidas y su trabajo con confianza y seguridad en el futuro.»
Felipe de Borbón y Grecia
Príncipe de Astúrias y de Gerona





De la inmensa floresta que a diario nos ofrece la actualidad, aun a riesgo de reiterarme en el tema, he vuelto a elegir quizá el más lacerante para cualquier ser humano en edad laboral. El paro.

¿Cuántas veces se nos ha hablado de los brotes verdes? ¿Cuántas veces se nos ha dicho que la crisis estaba tocando fondo? ¿Cuántas veces hemos oído decir que empezábamos a remontar? ¿Cuántas veces se nos han hecho concebir falsas esperanzas? Y lo que es peor. ¿Cuántas veces hemos creído todo esto porque España no se merecía un gobierno que le mintiera?

Pero no hay nada más inapelable que la realidad. Y la realidad es que una vez más, el paro en España ha seguido creciendo, alcanzando las cifras más altas de su historia. En el pasado mes de enero, 130.930 trabajadores se fueron a sus casas con el drama dándoles dentelladas en el alma. Nos estamos acercando a los cinco millones de parados.

Podría enredarme en el laberinto de las cifras, hacer múltiples interpretaciones, argumentar lo que no es argumentable, pero no quiero perderme en la frialdad de los números o porcentajes. Es mucho más trascendente ahondar en la significación moral de los hechos, porque el parado es un ser humano, no un guarismo más perdido en el marasmo de las estadísticas; el parado tiene nombre y apellidos; es una persona con necesidades perentorias inexcusables, con proyectos de vida que ahora se ven truncados, en muchos casos para siempre; cada renglón relleno en las listas de desempleados, es una vida con ilusiones, con aspiraciones que no tienen que ser solamente económicas. Cada línea escrita en ese libro maldito que nunca se debió escribir, es una tragedia, un hogar hundido, una existencia mutilada, con frecuencia multiplicada por dos o por tres, porque cuando el miembro de una familia se ve sumido en está terrible situación, no solo le afecta a él. Todos los integrantes de su hogar se ven afligidos por la desgracia, e incluso algunos, como los hijos en edad de formación, pueden ver amputados sus anhelos para toda la vida.

Nos lamentamos de los botellones; de la indiferencia que por los problemas sociales muestra una importante mayoría de nuestra juventud; de su alejamiento e incredulidad ante la política y los políticos; de su falta de ideales; de su pasividad ante la realidad general en la que están insertos. Ante un horizonte que vislumbran bastante más que incierto; ante los diarios ejemplos que una significativa parte de cínicos políticos que a diario solo les ofrecen engaños, ocultamientos, falsos proyectos y mentiras, ¿Nos puede extrañar que nuestra juventud, en medio del desánimo que les invade, dé la espalda a aquello que sus mayores les estamos dejando como herencia?

Afirma don Felipe de Borbón y Grecia, Príncipe de Asturias, que «No podemos pedir a los jóvenes ilusión y motivación si la sociedad no es capaz de ofrecerles las condiciones necesarias para que puedan planificar y desarrollar sus vidas y su trabajo con confianza y seguridad en el futuro.»

La juventud ama la vida y lo que tenemos que ofrecerle es la oportunidad de desarrollar sus aptitudes, de dar forma a su propio futuro, independizarse y madurar como personas. Al contrario de lo que por naturaleza ellos esperan, quienes rigen nuestros destinos se dedican a cerrarles todas las puertas. Un cuarenta por ciento de esos casi cinco millones de parados son jóvenes a los que se les ha hipotecado su futuro. El pacto de la reforma de pensiones supone la inviabilidad del mañana de la juventud española.

En vez buscar soluciones a los problemas que la evolución social nos está demandando claramente, los altos dirigentes se dedican a parchear en función de sus intereses personales y políticos consolidando el sistema y las desigualdades, haciéndolas aún más poderosas y estables. Los cuenta cuentos de turno, nos consideran analfabetos y utilizan grandilocuentes conceptos como el de "cohesionar a la sociedad", que no es mas que un encubierto intento de embaucarnos para lograr la aceptación de sus consignas.

Quienes ejercen el poder, demuestran cada día su absoluto desprecio por cualquier otra forma de pensar que no sea la suya.

Como en tantas otras cosas, estamos a la cola de los estados occidentales en el rendimiento escolar, a causa de unos planes educativos fracasados hace muchos años en otros países. Planes que al prescindir de materias vitales en la formación total de la persona; al ignorar las bases y fundamentos de nuestra cultura, impiden el desarrollo integral del intelecto, convirtiéndonos en elementos aptos para conducirnos dócilmente a través de su propaganda falaz.

Como consecuencia de este proceder, nuestra juventud está pagando un impuesto muy alto, más doloroso y duro que la de las naciones más adelantadas. Un impuesto de soledad y pesimismo, que descorazona no solo a quienes la soportan y padecen, sino a los que con afecto nos miramos en ella, porque mañana habrá de ser la llamada a dirigirnos y protegernos.

El pensamiento y palabras de Josep Pla, mantienen hoy toda su vigencia, y aplicándolas a la situación actual bien podríamos afirmar que como consecuencia de la sectaria ambición de los políticos, nuestra juventud ha estudiado menos de lo que le era preciso para su perfeccionamiento. Y como está absolutamente demostrado que las cosas no se improvisan, que la formación del ser humano es el resultado del aprendizaje, de la dedicación, del estímulo y el esfuerzo; que no hay genios ignorados, ni milagros humanos detrás de las esquinas, ahora nos enfrentamos con una inmadurez cultural, cuyo costo habremos de pagar durante generaciones.

El más preciado patrimonio que puede atesorar un pueblo, es una culta juventud. Lo contrario le conducirá irremisiblemente a la carencia de recursos frente al progreso, situación que provocará —como ya se está demostrando— el éxodo de los más preparados. Todo ello conllevará la falta de puestos de trabajo y consecuentemente, indigencia, miseria y pobreza que nos situará a merced de los países más desarrollados. Una situación que asegura y perpetúa el estado de privilegio de una élite política que no conducirá a ciudadanos, pero sí tendrá a su merced a un sumiso rebaño de súbditos. Esta es la esclavitud del Siglo XXI. Y es que como decía el senador demócrata Robert Kennedy: “El futuro no es un regalo, es una conquista”.



César Valdeolmillos Alonso

viernes, 28 de enero de 2011

Esperpento Nacional



“Si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje
también puede corromper el pensamiento”
            George Orwell
Escritor y periodista británico



Cuando el escritor argentino Jorge Luis Borges decidió llevar a su compañera María Kodama a que conociera Granada, ciudad de la que era un enamorado, al llegar al mirador del jardín de los Adarves, María se detuvo inquieta y angustiada al leer la placa de cerámica en el lugar colocada y cuyo texto reza así: “Dale limosna mujer, que no hay en la vida nada, como la pena de ser ciego en Granada”. Borges, que la había leído en su juventud, percibió inmediatamente su temor y con una inmensa ternura y refiriéndose a la ascendencia japonesa de María, cogiéndole la mano, le dijo: “No te sientas mal. Tú me la enseñarás con los ojos de otro Oriente". El escritor ciego, había captado el mudo mensaje de su acompañante.
Este pasaje de la vida de Borges, nos demuestra que no puede entenderse la existencia del ser humano como una  isla solitaria en medio del océano. El “yo”, no tendría sentido sin la presencia del “tú”. Pero tampoco tendría sentido contemplar al “yo” y al “tú” de forma aislada y sin conexión alguna, por lo que el contexto existente nos lleva forzosamente a considerar como una única realidad, el “nosotros”. Esta es la esencia que nos confiere una dimensión social que nos induce a relacionarnos. No sería posible el funcionamiento de las sociedades humanas sin la existencia de la comunicación.
Comunicar, significa transmitir ideas y pensamientos con el objetivo de ponerlos "en común" con otras personas. Cuando transmitimos un mensaje, lo hacemos con la intención y el deseo de que pueda ser entendido por aquel a quien va dirigido. Procuramos hacerlo en la forma y el modo en que el mismo pueda ser comprendido más claramente.
Para ello, los humanos hemos concebido una serie de mecanismos a los que hemos denominado como “lenguaje”, medio del que disponemos para desarrollar esa relación, por medio de la cual, nos transmitimos pensamientos, ideas, valores, educación, sensaciones y sentimientos.
El lenguaje no solo se circunscribe a una serie de sonidos emitidos o signos escritos. Nuestra capacidad para la relación social, nos permite expresarnos a través de muy diferentes vías, como puede ser el gesto, la mirada, el contacto corporal, la actitud y hasta por los silencios, como queda demostrado en el pasaje que hemos reproducido del escritor Jorge Luis Borges.
La lengua es la base de la comunicación entre los seres humanos. El vocablo comunicación emana del latín "comunis", que significa "común". El ser humano, nace, se desarrolla y crece en comunidad. Todo lo que llamamos “vida” o “existencia”, nos llega a través de otros: los cuidados de la infancia, el aprender a hablar, la formación como sujeto, la amistad, los afectos. No podemos definirnos sin contar con los seres con los que nos relacionamos.  Es innegable por tanto, que la calidad de la existencia, depende directamente de la calidad de las relaciones que establecemos.  De hecho, eso que llamamos “calidad de vida”, fundamentalmente, es una consecuencia de la “calidad de relaciones”.
En suma: comunicarse es  superar dificultades, eliminar obstáculos y allanar el camino que conduce del “yo” al “tú”.
Si en algún lugar deben aplicarse en profundidad, con rigor y sensatez estos principios, es en las instituciones públicas y especialmente en el Parlamento, lugar que la democracia ideó para parlamentar —de ahí procede su nombre—, para hablar, para intercambiar ideas. Las cámaras legislativas, son la sede de la intercomunicación de pensamientos, teorías, y proyectos, y con la aportación de sus miembros, lograr su perfeccionamiento para la aplicación de los mismos. Pero este objetivo difícilmente puede lograrse si el exponente no logra transmitir a sus interlocutores, por todos los medios que facilita la comunicación, la evidencia y seguridad en lo que se dice y de quién se expresa.
Pero claro, en un mundo en el que la globalización es un hecho incuestionable e inevitable, España sigue siendo diferente. Inexplicablemente y contra lo que dicta el más mínimo sentido común, aplicando el criterio más mezquino y miope de todo aquello que facilita el desarrollo y progreso de un
país, nadamos contra corriente y así nos va.
Con independencia de las diferencias ideológicas, aquí en vez de tender puentes, levantamos murallas, obstaculizamos el entendimiento y torpedeamos la comunicación, adoptando medidas tan patéticas y esperpénticas, como la de utilizar intérpretes para traducir idiomas —que solo son cooficiales en las comunidades autónomas en donde se utilizan por unas minorías— cuando la totalidad de los españoles, hablamos y nos entendemos en un idioma común que es utilizado por seiscientos millones de seres humanos en todo el mundo: el Español.
Y ello, con el evidente menoscabo que siempre comporta la mediación de un intérprete, que según su cultura y profundidad en el conocimiento del idioma, amén de mudar a veces el verdadero y exacto sentido de una frase, de un vocablo, de un concepto, su participación, inevitablemente resta frescura, espontaneidad, nervio y viveza al debate. Es decir: convierte el mismo en una farsa mal escrita, peor representada y difícilmente entendida.
Nuestros políticos, por causa de los espurios intereses de partido, dan la espalda a la lógica e ignoran interesadamente que la lengua es el medio natural de unión y conocimiento entre personas y no un elemento de separación, que al final no da otro fruto que el aislamiento y con él, el empobrecimiento  cultural y económico de un pueblo.
Pero hay una élite minoritaria, alimentadora de falsos nacionalismos, que para seguir usufructuando sus arraigados privilegios personales, siguen buscando en las lenguas un pretexto que los difieran del resto.
En el transcurso de los tiempos, la lengua nunca ha sido fundamento homogeneizador que de origen a una nacionalidad, ni identidad étnica alguna. El ejemplo lo tenemos en el inglés y el español que lo hablan cientos de millones de seres humanos y por esa causa no se sienten miembros de una unidad étnica, ni en la necesidad de considerarse miembros de una sola nación. Por tanto, este argumento no puede servir de sustento para aplicar ningún tipo de discriminación. Por el contrario, los anales de cualquier población, son consecuencia y demostración activa de una permanente mezcla entre pueblos y como consecuencia, de la diversidad enriquecedora en todas sus expresiones: racial, lingüística, tradición, legal y en no  menor grado, idiosincrasia. Como apéndice de estas reflexiones, incluimos numerosos ejemplos de países que como en Suiza, coexisten en perfecta concordia distintos idiomas sin que exista una lengua específicamente nacional, lo que no conlleva el más mínimo peligro para su desintegración. ¿Le vamos a negar por ello el concepto de nación?
Peter Moser, el que durante largo tiempo fuera presidente de las Cámaras alemanas, declaró a este respecto que un prusiano es totalmente diferente a un bávaro, lo que no es obstáculo para que ambos se sientan profundamente alemanes. Del mismo modo, hay catalanes muy flamencos como Peret y andaluces muy insípidos y anodinos, a cuyos prototipos, por cortesía, renuncio mencionar.
Creo suficientemente demostrado que la lengua no es un fundamento válido en el que  basarse para reivindicar privilegios diferenciadores y excluyentes entre hijos de un mismo estado.
Pero no nos engañemos. El esperpéntico espectáculo que España está dando ante el desconcierto de todo el mundo, con la instauración de traductores en el Senado —Cámara que por cierto no sirve para nada— para políticos de medio pelo que se entienden en un idioma común, que es el español, se debe a una demostración de fuerza y poder por parte de los partidos nacionalistas, gracias a una Ley Electoral que hace muchos años que debiera haberse modificado y que si no se ha hecho, ha sido a causa del complejo y los mezquinos intereses electoralistas de los dos grandes partidos ¿nacionales?.
Quizá el ciego escritor argentino, Jorge Luis Borges, para no ver hechos tan grotescos como estos, eligió Suiza para descansar. Y es que cuando él estudió en dicho país, quedó marcado para siempre por el respeto que presidía el comportamiento de su sociedad y el acto de fe y de inteligencia que demostraron sus habitantes, al fundar un país en el que conviven en paz, distintas religiones y diferentes lenguas.

César Valdeolmillos Alonso
Apéndice
1. Un número considerable de los países del mundo tienen una o más lenguas oficiales definidas. Algunos tienen un único idioma oficial, como en los casos de Albania, Alemania o Francia (aún cuando existen en el interior de su territorio otras lenguas nacionales).
2. Algunos estados tienen más de una lengua oficial en la totalidad o en parte del territorio, como es el caso de Afganistán, Bélgica, Bolivia, Canadá, España, Finlandia, Italia, Perú, Sudáfrica y Suiza, entre otros.
3. Algunos, como los Estados Unidos, no tienen una lengua oficial explícitamente declarada, pero sí está definida en algunas regiones. En el caso de Estados Unidos se impone el inglés como la lengua de uso cotidiano y de instrumento en la enseñanza.
4. Otros como México tienen multitud de lenguas oficiales con la misma validez legal en todo el territorio, generalmente la lengua que más se hable se consideraría oficial de facto para los extranjeros.
5. Finalmente hay algunos países como Eritrea, Luxemburgo, Reino Unido o Tuvalu que no tienen definida una lengua oficial.
Como consecuencia del colonialismo o del neocolonialismo en algunos países de África y en las Filipinas las lenguas oficiales y de la enseñanza (francés o inglés) no son las lenguas nacionales habladas por la mayoría de la población. Se pueden dar algunos casos como resultado del nacionalismo, como en la República de Irlanda donde la lengua oficial (el irlandés) es hablado sólo por una pequeña porción de la población, mientras que la lengua secundaria que goza de un estatus legal inferior, el inglés, es la lengua de la mayoría de la población, u al revés, como en Filipinas donde una de las lenguas oficiales (el inglés) es hablado sólo por una pequeña porción de la población, mientras una lengua no oficial que goza de un estatus legal inferior, el español, es la lengua de la mayoría de la población, junto con el Filipino.