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viernes, 28 de diciembre de 2012
viernes, 30 de noviembre de 2012
jueves, 26 de julio de 2012
Crisis, optimismo y auto-rescate
Quizás ya sean muy pocos quienes dudan de que en España estamos inmersos en una grave crisis económica y posiblemente en alguna crisis de otro tipo; pero es la de tipo económico la que se manifiesta de forma más preocupante en este momento.
En poco tiempo hemos pasado de ser ignorantes en macroeconomía a conocer el significado de varios términos relacionados con las cuentas del Estado, tales como: la deuda pública, el déficit presupuestario, la prima de riesgo, etc. Aunque tal vez estemos lejos de ser capaces de conocer correctamente el alcance de cada uno de ellos.
La deuda pública está constituida por miles de préstamos, a diferentes plazos y tipos de interés, que solicitaron para su financiación las Administraciones Públicas (Gobierno central, Autonomías, Municipios, Diputaciones), porque año tras año gastaban más de lo que ingresaban. Para pagar cada uno de esos préstamos hay que volver a solicitar otro. El gran problema que se tiene es que el interés de los nuevos préstamos es bastante mayor que el que se pagaba antes, y mayor que el que pagan otros países que no están en crisis. Ya se sabe, a perro flaco… ¿Cuánto se paga hoy en intereses por la deuda pública? Más de treinta mil millones de euros al año. Pero si el interés para todos esos préstamos fuera el que se está pagando en las últimas emisiones de deuda pública, que ronda el 7%, se tendrían que pagar más de sesenta mil millones al año a nuestros acreedores.
Para entender el alcance de lo que se paga en intereses por la deuda, tengamos en cuenta que treinta mil millones de euros es exactamente lo que costaría pagar un salario mensual de mil euros a dos millones y medio de personas. Es decir, que con lo que pagamos en intereses por la deuda nos daría para pagar a dos millones y medio de parados. Más aún, teniendo en cuenta que parte de estos parados ya cobran alguna ayuda por desempleo, serían muchos más de tres millones los parados que podrían dejar de estarlo, simplemente usando para ello el dinero que pagamos en intereses por la deuda pública junto con el que algunos están ya recibiendo por estar en paro.
Prácticamente no tendríamos crisis si no tuviésemos deuda, y no consuela el hecho de que otros países también tengan deuda, e incluso que en algún caso la suya sea mayor que la nuestra.
Pero la cruda realidad es que tenemos una deuda y que como los mercados no se fían de nosotros, cada vez nos piden más garantías para prestarnos dinero y, por tanto, cada vez pagamos más intereses para seguir financiándonos. Por otra parte, la deuda se incrementa por causa del déficit anual, salvo que se venda patrimonio para compensarlo.
En contraposición a esta situación desalentadora, se puede decir que, - en España -, existen hoy día razones para el optimismo. Así, sabemos que ha estallado la burbuja inmobiliaria pero a cambio hay vivienda construida y de calidad para todos. Por otra parte, al ser un país con una capacidad agrícola y ganadera destacada se puede vivir sin que nuestra alimentación esté en manos de otros países. Las vías de comunicación y el
parque automovilístico son muy aceptables, similares a los de países desarrollados de nuestro entorno. También contamos con un autoabastecimiento en buena parte de los productos que requieren un proceso industrial; y no digamos nuestro potencial turístico y el nivel de seguridad que se siente cuando paseamos por nuestras ciudades. Finalmente, en estas dosis de optimismo hemos de destacar el capital humano. Tenemos unas generaciones muy bien formadas; la mayoría de los nuevos parados son sistemáticamente titulados universitarios en todas las áreas del conocimiento. Así pues hay que ser optimistas y pensar que podemos salir adelante, pero ello requiere cambios importantes y unos años de esfuerzo por parte de todos. No hacerlo será mucho peor para todos.
Uno de esos cambios es el relativo a la forma de abordar la deuda pública. La solución, desde mi punto de vista, es cuantificarla de inmediato con total rigor, si queda algún resquicio, y tratar de minimizar su impacto, es decir reducir significativamente el coste que conlleva. No debiéramos estar a expensas de los mercados, pagando los intereses que ellos nos exijan. Incluso un rescate europeo nos pondrá intereses altos. Para salir de este problema una solución sería forzar un auto-rescate, que consiste en obligar a todos los trabajadores a cobrar parte de sus salarios en deuda pública y a todas las empresas a invertir parte de sus beneficios en deuda pública. En ambos casos la deuda pública sería a interés tasado y muy bajo (por ejemplo al 1%). El porcentaje de salario (o de beneficio de las empresas) empleado en deuda pública sería progresivo y en el caso de las empresas estaría en función de sus gastos en personal, obligando a adquirir más cantidad de deuda a las que tengan menor gasto proporcional en personal, de forma que esta medida constituyese un incentivo a la contratación.
Así, a modo de ejemplo para los trabajadores, un trabajador recibiría sus primeros 500€ de salario íntegros, pero el 5% de los 500€ siguientes se le abonaría en deuda pública, así como el 10% de los 1000€ siguientes, y el 20% de lo que sobrepase de 2000€. De esta forma un trabajador cuyo salario sea de 2000€/mes cobraría 1875€ en efectivo y el tesoro público le daría deuda por valor de 125€ cada mes a pagar en el tiempo que determine la ley con un interés del 1% anual. Otro que ganase 4000€ al mes recibiría 3475 en efectivo y 525€ en deuda pública (ello supone al cabo del año más de lo equivalente a una paga extraordinaria). Los mejor pagados (deportistas de élite, directores de bancos, etc. recibirían casi el 20% de su sueldo en deuda pública). Porque la crisis afecta a todos los trabajadores (también a los no trabajadores), y no solo a los funcionarios que se han convertido en los últimos años en chivos expiatorios de los gobiernos. Incluso la medida se debía extender al resto de personas que reciban dinero por cualquier otro motivo (desempleo, intereses de cuentas bancarias, premios por loterías y juegos, incluso pensionistas). En el caso de los pensionistas se les aplicaría la deuda de menor duración (la de tres y seis meses).
Lo mismo haríamos con las empresas.
Las cifras anteriores son exclusivamente a modo de ejemplo, pero disponiendo de datos relativos al número de trabajadores de cada rango de salario, y datos de empresas podemos afinar en los números y saber con precisión la cuantía del porcentaje para cada caso.
En esto consistiría el auto-rescate que propongo. Lo soportaríamos entre todos y de forma progresiva. La deuda pública dejaría de ser un problema y de la prima de riesgo dejarían de hablarnos. Nos costaría un esfuerzo durante unos años pero, tal vez, ese esfuerzo sea menor que el que vamos a pagar por otras vías.
Al cabo de unos años, menos de diez, en lugar de pagar cerca de sesenta mil millones (o a saber cuántos) en intereses por la deuda pública puede ser que no pagásemos ni quince mil.
Y, quizás, a partir de ahora cuando alguien plantee cambiar una plaza, o construir un metro o un aeropuerto innecesario dejamos de aplaudirle. Cuando muchos tengamos que cobrar deuda pública sabremos que todo lo que hacen las administraciones públicas es a costa de nuestro dinero y seremos más exigentes con nuestros políticos.
Victoriano Ramírez González
Director de GIME (Grupo de Investigación en Métodos Electorales, Universidad de Granada
Dep. Matemática Aplicada. Univerisidad de Granada
tel. +34 958244158 Fax +34 958249513
web: http://www.ugr.es/local/sistemaelectoral
viernes, 25 de febrero de 2011
La sociedad perdida
“El secreto de una buena vejez, no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”
Gabriel García Márquez
Escritor colombiano, Premio Nobel de Literatura
En el Palacio de Congresos de Torremolinos, se ha elegido recientemente, por vez primera en nuestro país, la Abuela de España. No se trataba de un concurso de mises de edad más o menos madura. El objetivo de esta muestra, en la que han participado diecisiete abuelas españolas —una por cada comunidad autónoma— era exaltar y rendir homenaje a la entrañable figura de la abuela. La abuela de hoy, la de nuestros días. La abuela de España 2011, además de tener nietos y de reunir todos los atributos propios de la abuela tradicional, debía ser una abuela simpática, elegante, dinámica… Es decir: una abuela moderna y con carisma.
El conocimiento de esta iniciativa, me produjo una gran satisfacción. Por fin alguien se acordaba de los mayores. De esos mayores, con frecuencia tan olvidados. Tan olvidados, que no sabemos ni cómo hemos de llamarles. ¿Tercera edad? ¿Personas mayores? ¿Viejos? ¿Abuelos? ¿Ancianos? O algo tan cursi y relamido como ¿Edad dorada?... Cada denominación tiene sus condicionamientos y la disyuntiva no es trivial. En el fondo, el no saber como se les debe denominar, revela la perplejidad y desorientación ante el papel que debe estar llamada a desempeñar en la vida cotidiana la figura de nuestros mayores. ¿Dónde se les coloca? ¿Cómo se les valora? ¿Cómo se les ha de tratar? ¿Qué hacer para que no se automarginen, para que intervengan en el devenir de la sociedad?
Es una triste realidad comprobar como nuestra sociedad, esa sociedad que sobre todo valora la apariencia externa de la juventud, excluye a sus mayores y ellos mismos, resignados, parecen en muchos casos dispuestos a arrinconarse en el furgón de cola; el del farolillo rojo que anuncia el final.
Es como si la juventud hubiese de perdurar indefinidamente. Cada arruga es una repulsiva cicatriz que debemos ocultar, en lugar de experimentar la feliz constatación de que seguimos viviendo, disfrutando del enriquecimiento como seres humanos que siempre proporciona el paso del tiempo, gozando de otros placeres anteriormente desconocidos o insuficientemente valorados.
Creo sinceramente que nuestra sociedad está perdida, desorientada. Pienso que no encuentra el lugar adecuado para cada uno de nosotros. Sí, porque resulta un contrasentido absoluto el que cuando el hombre a descubierto el camino que ha de seguir para vivir más años y el número de mayores aumente y sea más numeroso, al mismo tiempo se le rechace y cada vez, a más temprana edad. Ese mismo hombre que ha empleado sus mejores recursos para lograr la prolongación de la vida, al mismo tiempo se afana en marginar a sus semejantes cuando llegan precisamente a la edad en que comienza el alargamiento de su existencia. A partir de determinada edad, se es rechazado y arrojado del tejido de la vida activa. Esta realidad, quien la constata con mayor amargura, es aquel que se queda en paro a los cincuenta años y —por más que llame— no encuentra ya lugar en el que le abran la puerta.
Para que la sociedad nos acepte, hemos de ser eternos triunfadores, brillar, ofrecer siempre una imagen impoluta, irreprochablemente atractiva. En una sociedad que ha dado la espalda a los valores de sus mayores, basada en lo puramente material y alimentada por la insaciable voracidad de la pugna competitiva, constituye un descrédito no ganar más cada día para poder ostentar las marcas de mayor prestigio; hemos reemplazado los valores por los productos de consumo de lujo.
Vivimos inmersos en el deseo, en el anhelo imaginado de atrapar y retener para siempre la juventud, un empeño tan estéril e irreal como la imagen que nos devuelve el espejo. Nos encontramos inmersos en una situación que me recuerda a Dorian Grey, el personaje de la célebre novela de Oscar Wilde, que vendió su alma al diablo a cambio de la eterna juventud. Él se mantenía joven y seductor, mientras en su alma se iba almacenando la putrefacción de una vida basada únicamente en los placeres materiales. Hoy día, donde quiera que nos encontremos, nos encontraremos con Dorian Grey.
Nuestra sociedad, parece haber reducido el ciclo de la existencia a una sola de sus fases: la del joven adulto, que después de largos años de estudio y trabajo, quiere gozar largo tiempo de sus bienes materiales y de los privilegios adquiridos. No nos damos cuenta de que los cuarenta son la vejez de la juventud y los cincuenta, la juventud de la vejez.
Es la nuestra, una sociedad en la que sus mayores, de alguna manera, se sienten “extraños” en un mundo del cual ya no comparten, ni los valores, ni las acciones. ¿Para qué hemos prolongado el ciclo de la vida, si hemos configurado una existencia en la que vivir más, se ha convertido en un problema?
Contrariamente al criterio que esa sociedad mantiene sobre los mayores, la madurez no es simplemente una etapa de quebrantos y declive; es un período de plenitud; es la edad del dar. En la niñez, la necesidad esencial es recibir, porque se está construyendo el edificio de la personalidad; la edad adulta, requiere compartir; es la etapa de los proyectos y las consecuciones; la madurez es la edad de dar y darnos a los que han de sucedernos. De entregar el relevo de la sabiduría. De devolver todo aquello que de la vida hemos recibido. El longevo está lleno de vida interior, experiencia y conocimiento, y la necesidad que tiene, es la de vaciarse, la de entregar todo aquello que ha recibido en el transcurso de su existencia, la de darse por entero a los demás.
Pero, ¡No! En vez de acoger a nuestros mayores para que sean un miembro más de todos nosotros, marcamos distancias hablando a espaldas de ellos; nos alejamos cuando hablamos por teléfono con nuestras amistades, porque no forman parte del núcleo de las mismas; les diferenciamos cuando comemos a distintas horas que ellos; les hacemos daño cuando no les contamos lo que nos pasa, sea bueno o malo. Les ignoramos al no contar con ellos para nada. Sí, están ahí, pero arrinconados como si fuesen un mueble viejo e inútil al que un día se llevará el camión de lo inservible. No nos preocupa que ellos necesiten sentirse un miembro más de la familia.
Están acompañados sí, pero nuestra actitud relegadora, les hace sentir en lo más profundo de su ser, como les cubre la gélida sombra de la soledad, viendo como se extingue el mundo para ellos, como se repliega y se desvanece.
¿Que sociedad es la nuestra que adora la vida, pero permite que se maten a los indefensos en el vientre de su madre? ¿Que sociedad es la nuestra que ha hecho de la juventud el valor supremo, pero le niega los medios para construir su futuro? ¿Que sociedad es la nuestra, que cada día reclama más derechos sociales, pero le vuelve la espalda a sus mayores?
César Valdeolmillos Alonso
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